“El milagrero” prohibido en Ceuta
Todavía no era el tiempo marcado por el destino para coger el timón del barco de papel. Aún no.
Cómo marinero, aquella etapa de aprendizaje práctico del oficio, me llenó mucho más que, años después, ya como director, investigando asuntos de interés periodístico, al amparo de una democracia, que apareció en escena llena de ilusiones, pero duró menos que la Transición, al mamoneo.
Creo la sección " Por las barriadas de Ceuta", y Antonio Fernández Márquez, Pepe Berlanga, Antonio Recio ( éstos dos últimos crearon lo de la curva del plátano).
Antonio Márquez, el poeta, escritor de cuentos, la mejor pluma que ha tenido la ciudad; Berlanga también escribía bonito; y Recio era el único fotógrafo que no cerraba los ojos, para pulsar el disparador del objetivo, lo que le permitía un mayor campo visual. No se le escapaba ni un gol, cuando cubría los partidos de fútbol. Lo usual, lo normal, es que cerremos un ojo al sacar una foto, con una cámara clásica.
En Algeciras, está la noticia. Miles de personas, llegadas desde todas partes, acuden a la fe. En ese ambiente de sensibilidades, la mayoría de los que asisten, por miles, salen respirando armonía. Otros, no logran lo que buscaban. Todo es gratis.
Se habla de un curandero, un supuesto milagrero. No recuerdo ya las veces que fui. Al principio, tuve un recibimiento frío, receloso, ante lo que fuera a contar. Sobre todo, en el detalle de que no tergiversara, manipulara, los hechos, sobre los que nunca nadie me indicó su tratamiento o forma de enfocar.
La exigencia no era la creencia, era el respeto, la seriedad, solamente. Que no fuera a cubrir la novedad, desde el cachondeo.
No fue óbice para publicar y publicar, entrevistas, observaciones, testimonios de primera mano, datos. El producto del trabajo, hecho desde la humildad, tuvo resultado. Un día, al llegar, una persona se dirige a mí y me pide pasar hasta donde se encontraba el protagonista. Me estaba esperando en una habitación, sin la compañía de sus colaboradores más estrechos, que le rodeaban a cada momento. Deseaba conocerme. Así fue como Vicente Rojas, “el milagrero” de Algeciras, me ofreció su afecto.
Tan fue así, que ese hombre que no hacía otra cosa que rezar, que sanar a personas desconocidas que aportaban sus certificaciones de desahucio, por motivos misteriosos, que escapaban a mi observación racional como periodista, en cierta ocasión, pasado el tiempo del conocimiento mutuo, me habla de la idea de venir a Ceuta.
Siempre será parte de mis trabajos periodísticos y de mi experiencia personal y profesional. Por teléfono recibo su llamada. La Delegación del Gobierno de Ceuta, le impide embarcar.
Le dijeron que era por motivos de alteración del orden público. Era su deseo desplazarse, a estar con nosotros, para rezar y curar. Es decir, argumentos de peso para no hacer daño a nadie, desde luego.
Ceuta filtrando los perfiles. No se fueron por los cerros con el hombre bueno del Cerro del Sagrado Corazón de Jesús, de Algeciras. Monte siempre abarrotado de fieles seguidores de sus palabras de cariño. En una ocasión, con un diluvio propio de Noé, ni un alma se movió del lugar.
No era su intención, no estaba en sus planes, venir a Ceuta. Asumo culpa, Vicente.
Eran años de juventud. Todavía no sabía, no había madurado lo suficiente, cómo para saber quién puede honrarnos con su grata presencia.
Pasé muchas horas junto a Vicente Rojas, observando cómo cuando nos acercamos a un mago para pillar el truco. Yo, por lo menos, no logré descubrir la trampa. La gente, miles de personas, eran contenta. Es más, si había engaño, es un decir, que vengan muchos más, con aquellos deseos de ayudar.
Que, con ganas bestiales de hacer daño, de hundir, de arruinar, estamos cansados, agotados, de las malditas apariciones en nuestras vidas, en los caminos que salen al paso, para mandarnos a la depresión.
Y es que anda tanto grato suelto presumiendo por Ceuta.
Todavía no era el tiempo marcado por el destino para coger el timón del barco de papel. Aún no.
Cómo marinero, aquella etapa de aprendizaje práctico del oficio, me llenó mucho más que, años después, ya como director, investigando asuntos de interés periodístico, al amparo de una democracia, que apareció en escena llena de ilusiones, pero duró menos que la Transición, al mamoneo.
Creo la sección " Por las barriadas de Ceuta", y Antonio Fernández Márquez, Pepe Berlanga, Antonio Recio ( éstos dos últimos crearon lo de la curva del plátano).
Antonio Márquez, el poeta, escritor de cuentos, la mejor pluma que ha tenido la ciudad; Berlanga también escribía bonito; y Recio era el único fotógrafo que no cerraba los ojos, para pulsar el disparador del objetivo, lo que le permitía un mayor campo visual. No se le escapaba ni un gol, cuando cubría los partidos de fútbol. Lo usual, lo normal, es que cerremos un ojo al sacar una foto, con una cámara clásica.
En Algeciras, está la noticia. Miles de personas, llegadas desde todas partes, acuden a la fe. En ese ambiente de sensibilidades, la mayoría de los que asisten, por miles, salen respirando armonía. Otros, no logran lo que buscaban. Todo es gratis.
Se habla de un curandero, un supuesto milagrero. No recuerdo ya las veces que fui. Al principio, tuve un recibimiento frío, receloso, ante lo que fuera a contar. Sobre todo, en el detalle de que no tergiversara, manipulara, los hechos, sobre los que nunca nadie me indicó su tratamiento o forma de enfocar.
La exigencia no era la creencia, era el respeto, la seriedad, solamente. Que no fuera a cubrir la novedad, desde el cachondeo.
No fue óbice para publicar y publicar, entrevistas, observaciones, testimonios de primera mano, datos. El producto del trabajo, hecho desde la humildad, tuvo resultado. Un día, al llegar, una persona se dirige a mí y me pide pasar hasta donde se encontraba el protagonista. Me estaba esperando en una habitación, sin la compañía de sus colaboradores más estrechos, que le rodeaban a cada momento. Deseaba conocerme. Así fue como Vicente Rojas, “el milagrero” de Algeciras, me ofreció su afecto.
Tan fue así, que ese hombre que no hacía otra cosa que rezar, que sanar a personas desconocidas que aportaban sus certificaciones de desahucio, por motivos misteriosos, que escapaban a mi observación racional como periodista, en cierta ocasión, pasado el tiempo del conocimiento mutuo, me habla de la idea de venir a Ceuta.
Siempre será parte de mis trabajos periodísticos y de mi experiencia personal y profesional. Por teléfono recibo su llamada. La Delegación del Gobierno de Ceuta, le impide embarcar.
Le dijeron que era por motivos de alteración del orden público. Era su deseo desplazarse, a estar con nosotros, para rezar y curar. Es decir, argumentos de peso para no hacer daño a nadie, desde luego.
Ceuta filtrando los perfiles. No se fueron por los cerros con el hombre bueno del Cerro del Sagrado Corazón de Jesús, de Algeciras. Monte siempre abarrotado de fieles seguidores de sus palabras de cariño. En una ocasión, con un diluvio propio de Noé, ni un alma se movió del lugar.
No era su intención, no estaba en sus planes, venir a Ceuta. Asumo culpa, Vicente.
Eran años de juventud. Todavía no sabía, no había madurado lo suficiente, cómo para saber quién puede honrarnos con su grata presencia.
Pasé muchas horas junto a Vicente Rojas, observando cómo cuando nos acercamos a un mago para pillar el truco. Yo, por lo menos, no logré descubrir la trampa. La gente, miles de personas, eran contenta. Es más, si había engaño, es un decir, que vengan muchos más, con aquellos deseos de ayudar.
Que, con ganas bestiales de hacer daño, de hundir, de arruinar, estamos cansados, agotados, de las malditas apariciones en nuestras vidas, en los caminos que salen al paso, para mandarnos a la depresión.
Y es que anda tanto grato suelto presumiendo por Ceuta.
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