José Antonio Carbonell Buzzian
Quien manda, responde
Tras el choque de Urda, el ministro Óscar Puente compareció desde el centro de control de Adif y dijo que no pensaba en sí mismo, sino en esclarecer lo ocurrido. Atribuyó la tragedia a decisiones "inexplicables" de una persona de ese centro, y descartó dimitir.
Conviene separar lo que se sabe de lo que se opina. Se sabe que un AVE de Renfe alcanzó a un tren de Iryo que estaba detenido en la vía. Se sabe que Iryo contradice al ministro: asegura que su maquinista no recibió orden de reanudar la marcha y seguía esperando instrucciones. Y se sabe que el sindicato CSIF acusa al ministro de usar a un trabajador como chivo expiatorio, recuerda que la investigación acaba de empezar y habla de un fallo informático inicial. La causa sigue en manos de un juzgado de Orgaz y de la comisión técnica de accidentes ferroviarios.
Lo que sigue es mi opinión. Aunque ese operario se hubiera equivocado, un sistema ferroviario bien hecho no puede depender de que una sola persona no falle nunca. Si depende, el fallo es del sistema, y el sistema tiene un responsable político con nombre y apellidos. Señalar al último eslabón de la cadena mientras los de arriba se apartan no es esclarecer nada. Es limpiarse las manos.
Y no es la primera vez. Tras la tragedia de Adamuz, en enero, nadie asumió responsabilidades. Hoy, según ha publicado El Español, las cajas negras de aquel accidente siguen sin analizarse y Adif defiende que las anomalías de la vía estaban dentro de los límites de seguridad. Otra vez, familias esperando respuestas y nadie que dé la cara.
El presidente Sánchez ha respaldado a su ministro y ha prometido llegar hasta el final. Pero la transparencia democrática exige una vara de medir única. Si se reclama la salida de Marlaska por lo ocurrido en Ceuta, con el mismo criterio hay que reclamar la de Puente por esto. Aplicar la exigencia según de qué ministro se trate no es ética, es conveniencia.
Dimitir no devuelve la vida a nadie. Pero asumir la responsabilidad es lo mínimo que se debe a quienes han perdido a los suyos. Un ministro que culpa a un trabajador sin esperar a la investigación debería preguntarse cómo duerme. Y quien lo mantiene en el cargo, también.
Tras el choque de Urda, el ministro Óscar Puente compareció desde el centro de control de Adif y dijo que no pensaba en sí mismo, sino en esclarecer lo ocurrido. Atribuyó la tragedia a decisiones "inexplicables" de una persona de ese centro, y descartó dimitir.
Conviene separar lo que se sabe de lo que se opina. Se sabe que un AVE de Renfe alcanzó a un tren de Iryo que estaba detenido en la vía. Se sabe que Iryo contradice al ministro: asegura que su maquinista no recibió orden de reanudar la marcha y seguía esperando instrucciones. Y se sabe que el sindicato CSIF acusa al ministro de usar a un trabajador como chivo expiatorio, recuerda que la investigación acaba de empezar y habla de un fallo informático inicial. La causa sigue en manos de un juzgado de Orgaz y de la comisión técnica de accidentes ferroviarios.
Lo que sigue es mi opinión. Aunque ese operario se hubiera equivocado, un sistema ferroviario bien hecho no puede depender de que una sola persona no falle nunca. Si depende, el fallo es del sistema, y el sistema tiene un responsable político con nombre y apellidos. Señalar al último eslabón de la cadena mientras los de arriba se apartan no es esclarecer nada. Es limpiarse las manos.
Y no es la primera vez. Tras la tragedia de Adamuz, en enero, nadie asumió responsabilidades. Hoy, según ha publicado El Español, las cajas negras de aquel accidente siguen sin analizarse y Adif defiende que las anomalías de la vía estaban dentro de los límites de seguridad. Otra vez, familias esperando respuestas y nadie que dé la cara.
El presidente Sánchez ha respaldado a su ministro y ha prometido llegar hasta el final. Pero la transparencia democrática exige una vara de medir única. Si se reclama la salida de Marlaska por lo ocurrido en Ceuta, con el mismo criterio hay que reclamar la de Puente por esto. Aplicar la exigencia según de qué ministro se trate no es ética, es conveniencia.
Dimitir no devuelve la vida a nadie. Pero asumir la responsabilidad es lo mínimo que se debe a quienes han perdido a los suyos. Un ministro que culpa a un trabajador sin esperar a la investigación debería preguntarse cómo duerme. Y quien lo mantiene en el cargo, también.
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