Óscar Muñiz Fortes
Mientras Ceuta gritaba, ellos y ellas escuchaban
Hay algo que me lleva molestando muchos años. Y no es algo que haya descubierto ahora, después de lo ocurrido en Ceuta. Es una sensación que arrastro desde hace tiempo y que, por mucho que lo intento, nunca he terminado de aceptar o incluso comprender.
Cuando sucede una emergencia importante, cuando una ciudad atraviesa momentos difíciles o cuando una intervención consigue evitar una desgracia, llegan los agradecimientos. Se habla de los bomberos, de la Policía, de los servicios sanitarios, de Protección Civil y de todos aquellos que han participado. Aparecen fotografías, declaraciones institucionales y reconocimientos públicos.
Y me parece bien. Me parece justo y necesario. Conozco el trabajo que realizan esos profesionales y sé perfectamente lo que se juegan en muchas de sus intervenciones.
Pero siempre termino echando de menos a alguien.
A quienes estaban trabajando mucho antes de que llegara el primer vehículo de emergencias, quienes recibieron la llamada de una persona que necesitaba ayuda y tuvieron que averiguar qué estaba ocurriendo, dónde y qué recursos había que movilizar.
Hablo de mis compañeros y compañeras del 112 de Ceuta.
No sé cuántas veces habré visto reconocer públicamente una intervención sin que nadie se acordara de ellos. Tampoco sabría decir cuántas veces he pensado que aquello no era justo. Lo que sí sé es que, después de tantos años vinculado a este servicio, hay silencios que empiezan a cansar.
Y este es uno de ellos, porque hay una parte de lo ocurrido que también merece ser contada.
El 30 de julio de 2026 marcó el comienzo de una etapa especialmente difícil para Ceuta. Los acontecimientos que se sucedieron a partir de esa fecha alteraron la vida de nuestra ciudad y dejaron a muchos ciudadanos con una sensación de miedo e incertidumbre que se prolonga aún en el tiempo.
Había preocupación en las familias, personas que no sabían qué estaba pasando, que dudaban si salir de casa, que temían por sus hijos o que simplemente necesitaban que alguien les explicara qué estaba ocurriendo.
Y cuando el miedo se instala en una ciudad, el teléfono de emergencias acaba convirtiéndose en uno de los lugares donde desemboca buena parte de esa angustia.
Eso fue lo que tuvieron que afrontar mis compañeros y compañeras.
Al otro lado de cada llamada había una persona distinta, con su problema, sus nervios y su manera de reaccionar. Algunas podían explicar lo que les sucedía. Otras apenas conseguían ordenar las palabras. También estaban quienes llamaban enfadados, quienes exigían respuestas que nosotros no podíamos dar y quienes descargaban su impotencia sobre la primera persona que les atendía. Y mientras todo eso ocurría, el teléfono seguía sonando.
Hay algo que conviene explicar porque, desde fuera, puede pasar desapercibido. Una situación extraordinaria no hace desaparecer las emergencias de todos los días. Los accidentes de tráfico continúan, las personas siguen enfermando, los incendios se producen y hay ciudadanos que necesitan ayuda por motivos completamente ajenos a lo que está sucediendo en la ciudad.
Nada de eso se detiene.
Y alguien tiene que seguir atendiendo esas llamadas, valorar cada situación y trasladar la información a los organismos que deben intervenir.
Lo complicado es que quienes están sentados delante de esas pantallas tampoco viven al margen de lo que ocurre.
Mis compañeros y compañeras, no son maquinas sin sentimientos, no son personas que llegan a trabajar desde otra ciudad y regresan a ella cuando termina su turno. Viven aquí, sus familias están aquí, sus hijos salen a las mismas calles, sus padres tienen las mismas preocupaciones y sus casas forman parte de la misma Ceuta que atraviesa momentos tan difíciles.
A veces parece que se nos olvida algo tan sencillo como eso.
Que detrás de unos auriculares hay una persona.
Una persona que puede estar preocupada por lo que sucede fuera, que quizá lleva horas soportando una presión enorme o que acaba de atender una llamada especialmente dura. Y que, a pesar de todo, cuando entra la siguiente llamada tiene que responder con la serenidad y la profesionalidad que exige su trabajo.
No siempre es fácil. Lo sé bien.
Conozco a mis compañeros y compañeras desde hace años. He compartido con ellos muchas jornadas de trabajo, conversaciones, preocupaciones y también momentos buenos. Sé cómo son. Conozco sus virtudes y sus defectos, igual que ellos conocen los míos.
No voy a cometer el error de presentarnos como personas perfectas, porque no lo son. Ninguno lo somos.
Hay días mejores y peores. Hay errores, diferencias de criterio, cansancio y situaciones que nos ponen a prueba. Sería poco creíble contar otra cosa.
Pero también hay una responsabilidad que se asume cada vez que comienza un turno. Y hay un trabajo que exige bastante más de lo que muchos imaginan.
Atender una llamada de emergencias no consiste simplemente en descolgar un teléfono, y pasar un aviso como muchas personas piensan equivocadamente. Hay que escuchar, preguntar, interpretar lo que te están contando y obtener información que, en determinadas circunstancias, puede resultar decisiva.
A veces quien llama no sabe explicar dónde se encuentra. Otras veces está tan nervioso o nerviosa que resulta complicado entenderlo. Hay situaciones en las que cada segundo importa y otras en las que es necesario tener paciencia, mucha paciencia, para conseguir que la persona que está al otro lado pueda explicar lo que necesita.
Y cuando esa llamada termina, no siempre hay tiempo para pensar en ella.
Puede que la siguiente esté entrando ya.
Esa es una realidad que conozco y que me gustaría que también conocieran quienes lean estas páginas.
Durante este tiempo, la presión sobre el servicio ha sido especialmente importante.
Pero las estadísticas tienen un límite…
Pueden decirnos cuántas llamadas se atendieron, cuántos expedientes se gestionaron o en qué momentos hubo mayor actividad. Lo que no pueden explicar es cómo termina una persona después de una jornada especialmente complicada.
No reflejan el desgaste de escuchar durante horas a ciudadanos preocupados. No cuentan lo que supone intentar tranquilizar a alguien cuando tú mismo estás pendiente de lo que ocurre fuera. Tampoco muestran esas pequeñas cosas que suceden entre compañeros y que ayudan a sobrellevar los turnos más difíciles.
Y, sin embargo, todo eso también forma parte del trabajo.
A mí me importa especialmente que no se pierda esa parte de la historia.
Porque sería muy fácil escribir sobre los acontecimientos limitándome a ordenar fechas, recopilar noticias y presentar estadísticas. Podría hacerlo.
Pero me parecería incompleto.
Detrás de cada expediente hubo una situación que alguien tuvo que atender. Y detrás de muchas de aquellas llamadas había ciudadanos que buscaban ayuda, orientación o una respuesta a lo que estaban viviendo.
En el otro extremo del teléfono estaban mis compañeros y compañeras.
Personas a las que, probablemente, muchos de aquellos ciudadanos y ciudadanas nunca conocerán. No sabrán cómo se llaman, cuántos años llevan trabajando o si aquella noche estaban pasando por un momento personal complicado.
Tampoco sabrán si, después de atenderlos, tuvieron que enfrentarse inmediatamente a otra situación igual de difícil.
Y no tienen por qué saberlo. Quien llama al 112 necesita ayuda, no conocer la vida de quien le atiende, pero quienes conocemos el servicio sí sabemos lo que hay detrás. Y precisamente por eso creo que tengo la obligación de contarlo.
Hay otra cuestión que quiero dejar clara desde el principio. No escribo estas palabras para restar mérito a ningún organismo de emergencias. Sería injusto y, además, absurdo por mi parte. Sé perfectamente que la respuesta ante cualquier situación grave depende de muchas personas y de una coordinación que resulta imprescindible.
Lo que me cuesta entender es que, cuando llega el momento de reconocer ese trabajo conjunto, siempre se olvide a quienes recibieron las primeras llamadas.
No pido privilegios, ni homenajes permanentes, tampoco que alguien tenga que dar las gracias por cada expediente gestionado. Pido algo bastante más sencillo.
Que se reconozca que el 112 también estuvo allí, aportando su granito de arena.
Que se entienda que, antes de muchas intervenciones, hubo una voz que atendió a alguien que pedía ayuda. Una persona que tuvo que mantener la calma, hacer las preguntas necesarias y conseguir que aquella información llegara a quien correspondía.
Y que ese trabajo, aunque no aparezca en una fotografía, también tiene un enorme valor.
No sé si alguna vez les he dicho a mis compañeros lo suficiente lo mucho que respeto y valoro lo que hacen. Seguramente no.
En el día a día estamos demasiado pendientes de resolver problemas, de cumplir con nuestras obligaciones y de sacar adelante el trabajo. A veces damos por hecho cosas que merecerían unas palabras de reconocimiento. Y cuando queremos darnos cuenta, han pasado los años.
Quizá por eso necesitaba escribir estas líneas. Porque hay agradecimientos que no deberían quedarse pendientes.
A quienes estuvieron trabajando durante aquellas jornadas, a quienes soportaron la preocupación de tantos ciudadanos y a quienes siguieron atendiendo las emergencias habituales mientras Ceuta atravesaba duros momentos, quiero decirles que su esfuerzo no pasó desapercibido para todos.
Yo lo vi, conozco vuestro trabajo y sé la responsabilidad que asumís cada día, sé también que no siempre recibís el reconocimiento que merecéis. Y me gustaría que estas líneas sirvieran, al menos, para corregir una pequeña parte de esa injusticia.
No pretendo hablar en nombre de todos ni apropiarme de experiencias que pertenecen a cada uno de mis compañeros. Esta es mi manera de contar lo que vivieron, lo que pude conocer de cerca y lo que considero que no debería caer en el olvido.
Habrá quien comparta mi visión y quien discrepe de ella. Lo acepto. No escribo para conseguir que todo el mundo esté de acuerdo conmigo.
Escribo porque creo que lo sucedido en Ceuta merece especial atención y porque hay personas cuyo esfuerzo no quiero que desaparezca entre las cifras, las noticias y los recuerdos de lo que han pasado.
Cuando pase el tiempo, cuando todo esto se estudie con la distancia que dan los años, seguramente se hablará de las decisiones políticas, de las consecuencias sociales y de los acontecimientos que marcaron nuestra ciudad.
Me gustaría que también quedara constancia de lo que sucedió dentro de la sala del 112, de las horas de trabajo, responsabilidad, presión y de las personas que continuaron atendiendo el teléfono mientras fuera se acumulaban los problemas.
Porque el servicio no termina cuando acaba un turno. Unos compañeros y compañeras se marchan a casa, otros y otras ocupan sus puestos. Cambian las caras, cambian las voces, pero las llamadas siguen entrando.
Así funciona el 112. De día, de noche, los fines de semana y los festivos. También cuando una ciudad atraviesa una situación que nadie hubiera querido vivir.
Y así tiene que seguir funcionando.
Antes de acabar, quiero dirigirme directamente a mis compañeros y compañeras.
No sé si estas líneas llegarán a muchas personas. Tampoco sé qué opinión tendrán de ellas quienes decidan leerlo. Lo que sí tengo claro es que no quería dejar pasar ni un minuto más, de quienes lleváis tantos años formando parte del servicio y de quienes os habéis incorporado después. De quienes habéis vivido situaciones especialmente difíciles y de quienes seguís aprendiendo cada día.
Gracias por vuestro trabajo, por vuestra paciencia y por la responsabilidad con la que afrontáis una profesión que no siempre resulta fácil y gracias, especialmente, por todo aquello que hacéis y que casi nadie llega a conocer.
Puede que dentro de unos años muchas personas recuerden lo que ocurrió en Ceuta durante el verano de 2026. Puede que se sigan discutiendo las causas, las consecuencias y las decisiones que se adoptaron, pero habrá algo que difícilmente aparecerá en esos debates, el nombre de la persona que atendió una llamada cuando alguien tenía miedo, la voz que intentó tranquilizar a un ciudadano. El operador o la operadora que, después de una jornada agotadora, se quitó los auriculares, terminó su turno y regresó a casa con sus propias preocupaciones.
Yo no quiero que esa parte de la historia se pierda.
Porque mientras Ceuta gritaba, había alguien al otro lado del teléfono escuchando.
Y creo que ya era hora de que alguien hablara también de ellos y ellas, mis compañeros y compañeras.
Óscar Muñiz Fortes
Hay algo que me lleva molestando muchos años. Y no es algo que haya descubierto ahora, después de lo ocurrido en Ceuta. Es una sensación que arrastro desde hace tiempo y que, por mucho que lo intento, nunca he terminado de aceptar o incluso comprender.
Cuando sucede una emergencia importante, cuando una ciudad atraviesa momentos difíciles o cuando una intervención consigue evitar una desgracia, llegan los agradecimientos. Se habla de los bomberos, de la Policía, de los servicios sanitarios, de Protección Civil y de todos aquellos que han participado. Aparecen fotografías, declaraciones institucionales y reconocimientos públicos.
Y me parece bien. Me parece justo y necesario. Conozco el trabajo que realizan esos profesionales y sé perfectamente lo que se juegan en muchas de sus intervenciones.
Pero siempre termino echando de menos a alguien.
A quienes estaban trabajando mucho antes de que llegara el primer vehículo de emergencias, quienes recibieron la llamada de una persona que necesitaba ayuda y tuvieron que averiguar qué estaba ocurriendo, dónde y qué recursos había que movilizar.
Hablo de mis compañeros y compañeras del 112 de Ceuta.
No sé cuántas veces habré visto reconocer públicamente una intervención sin que nadie se acordara de ellos. Tampoco sabría decir cuántas veces he pensado que aquello no era justo. Lo que sí sé es que, después de tantos años vinculado a este servicio, hay silencios que empiezan a cansar.
Y este es uno de ellos, porque hay una parte de lo ocurrido que también merece ser contada.
El 30 de julio de 2026 marcó el comienzo de una etapa especialmente difícil para Ceuta. Los acontecimientos que se sucedieron a partir de esa fecha alteraron la vida de nuestra ciudad y dejaron a muchos ciudadanos con una sensación de miedo e incertidumbre que se prolonga aún en el tiempo.
Había preocupación en las familias, personas que no sabían qué estaba pasando, que dudaban si salir de casa, que temían por sus hijos o que simplemente necesitaban que alguien les explicara qué estaba ocurriendo.
Y cuando el miedo se instala en una ciudad, el teléfono de emergencias acaba convirtiéndose en uno de los lugares donde desemboca buena parte de esa angustia.
Eso fue lo que tuvieron que afrontar mis compañeros y compañeras.
Al otro lado de cada llamada había una persona distinta, con su problema, sus nervios y su manera de reaccionar. Algunas podían explicar lo que les sucedía. Otras apenas conseguían ordenar las palabras. También estaban quienes llamaban enfadados, quienes exigían respuestas que nosotros no podíamos dar y quienes descargaban su impotencia sobre la primera persona que les atendía. Y mientras todo eso ocurría, el teléfono seguía sonando.
Hay algo que conviene explicar porque, desde fuera, puede pasar desapercibido. Una situación extraordinaria no hace desaparecer las emergencias de todos los días. Los accidentes de tráfico continúan, las personas siguen enfermando, los incendios se producen y hay ciudadanos que necesitan ayuda por motivos completamente ajenos a lo que está sucediendo en la ciudad.
Nada de eso se detiene.
Y alguien tiene que seguir atendiendo esas llamadas, valorar cada situación y trasladar la información a los organismos que deben intervenir.
Lo complicado es que quienes están sentados delante de esas pantallas tampoco viven al margen de lo que ocurre.
Mis compañeros y compañeras, no son maquinas sin sentimientos, no son personas que llegan a trabajar desde otra ciudad y regresan a ella cuando termina su turno. Viven aquí, sus familias están aquí, sus hijos salen a las mismas calles, sus padres tienen las mismas preocupaciones y sus casas forman parte de la misma Ceuta que atraviesa momentos tan difíciles.
A veces parece que se nos olvida algo tan sencillo como eso.
Que detrás de unos auriculares hay una persona.
Una persona que puede estar preocupada por lo que sucede fuera, que quizá lleva horas soportando una presión enorme o que acaba de atender una llamada especialmente dura. Y que, a pesar de todo, cuando entra la siguiente llamada tiene que responder con la serenidad y la profesionalidad que exige su trabajo.
No siempre es fácil. Lo sé bien.
Conozco a mis compañeros y compañeras desde hace años. He compartido con ellos muchas jornadas de trabajo, conversaciones, preocupaciones y también momentos buenos. Sé cómo son. Conozco sus virtudes y sus defectos, igual que ellos conocen los míos.
No voy a cometer el error de presentarnos como personas perfectas, porque no lo son. Ninguno lo somos.
Hay días mejores y peores. Hay errores, diferencias de criterio, cansancio y situaciones que nos ponen a prueba. Sería poco creíble contar otra cosa.
Pero también hay una responsabilidad que se asume cada vez que comienza un turno. Y hay un trabajo que exige bastante más de lo que muchos imaginan.
Atender una llamada de emergencias no consiste simplemente en descolgar un teléfono, y pasar un aviso como muchas personas piensan equivocadamente. Hay que escuchar, preguntar, interpretar lo que te están contando y obtener información que, en determinadas circunstancias, puede resultar decisiva.
A veces quien llama no sabe explicar dónde se encuentra. Otras veces está tan nervioso o nerviosa que resulta complicado entenderlo. Hay situaciones en las que cada segundo importa y otras en las que es necesario tener paciencia, mucha paciencia, para conseguir que la persona que está al otro lado pueda explicar lo que necesita.
Y cuando esa llamada termina, no siempre hay tiempo para pensar en ella.
Puede que la siguiente esté entrando ya.
Esa es una realidad que conozco y que me gustaría que también conocieran quienes lean estas páginas.
Durante este tiempo, la presión sobre el servicio ha sido especialmente importante.
Pero las estadísticas tienen un límite…
Pueden decirnos cuántas llamadas se atendieron, cuántos expedientes se gestionaron o en qué momentos hubo mayor actividad. Lo que no pueden explicar es cómo termina una persona después de una jornada especialmente complicada.
No reflejan el desgaste de escuchar durante horas a ciudadanos preocupados. No cuentan lo que supone intentar tranquilizar a alguien cuando tú mismo estás pendiente de lo que ocurre fuera. Tampoco muestran esas pequeñas cosas que suceden entre compañeros y que ayudan a sobrellevar los turnos más difíciles.
Y, sin embargo, todo eso también forma parte del trabajo.
A mí me importa especialmente que no se pierda esa parte de la historia.
Porque sería muy fácil escribir sobre los acontecimientos limitándome a ordenar fechas, recopilar noticias y presentar estadísticas. Podría hacerlo.
Pero me parecería incompleto.
Detrás de cada expediente hubo una situación que alguien tuvo que atender. Y detrás de muchas de aquellas llamadas había ciudadanos que buscaban ayuda, orientación o una respuesta a lo que estaban viviendo.
En el otro extremo del teléfono estaban mis compañeros y compañeras.
Personas a las que, probablemente, muchos de aquellos ciudadanos y ciudadanas nunca conocerán. No sabrán cómo se llaman, cuántos años llevan trabajando o si aquella noche estaban pasando por un momento personal complicado.
Tampoco sabrán si, después de atenderlos, tuvieron que enfrentarse inmediatamente a otra situación igual de difícil.
Y no tienen por qué saberlo. Quien llama al 112 necesita ayuda, no conocer la vida de quien le atiende, pero quienes conocemos el servicio sí sabemos lo que hay detrás. Y precisamente por eso creo que tengo la obligación de contarlo.
Hay otra cuestión que quiero dejar clara desde el principio. No escribo estas palabras para restar mérito a ningún organismo de emergencias. Sería injusto y, además, absurdo por mi parte. Sé perfectamente que la respuesta ante cualquier situación grave depende de muchas personas y de una coordinación que resulta imprescindible.
Lo que me cuesta entender es que, cuando llega el momento de reconocer ese trabajo conjunto, siempre se olvide a quienes recibieron las primeras llamadas.
No pido privilegios, ni homenajes permanentes, tampoco que alguien tenga que dar las gracias por cada expediente gestionado. Pido algo bastante más sencillo.
Que se reconozca que el 112 también estuvo allí, aportando su granito de arena.
Que se entienda que, antes de muchas intervenciones, hubo una voz que atendió a alguien que pedía ayuda. Una persona que tuvo que mantener la calma, hacer las preguntas necesarias y conseguir que aquella información llegara a quien correspondía.
Y que ese trabajo, aunque no aparezca en una fotografía, también tiene un enorme valor.
No sé si alguna vez les he dicho a mis compañeros lo suficiente lo mucho que respeto y valoro lo que hacen. Seguramente no.
En el día a día estamos demasiado pendientes de resolver problemas, de cumplir con nuestras obligaciones y de sacar adelante el trabajo. A veces damos por hecho cosas que merecerían unas palabras de reconocimiento. Y cuando queremos darnos cuenta, han pasado los años.
Quizá por eso necesitaba escribir estas líneas. Porque hay agradecimientos que no deberían quedarse pendientes.
A quienes estuvieron trabajando durante aquellas jornadas, a quienes soportaron la preocupación de tantos ciudadanos y a quienes siguieron atendiendo las emergencias habituales mientras Ceuta atravesaba duros momentos, quiero decirles que su esfuerzo no pasó desapercibido para todos.
Yo lo vi, conozco vuestro trabajo y sé la responsabilidad que asumís cada día, sé también que no siempre recibís el reconocimiento que merecéis. Y me gustaría que estas líneas sirvieran, al menos, para corregir una pequeña parte de esa injusticia.
No pretendo hablar en nombre de todos ni apropiarme de experiencias que pertenecen a cada uno de mis compañeros. Esta es mi manera de contar lo que vivieron, lo que pude conocer de cerca y lo que considero que no debería caer en el olvido.
Habrá quien comparta mi visión y quien discrepe de ella. Lo acepto. No escribo para conseguir que todo el mundo esté de acuerdo conmigo.
Escribo porque creo que lo sucedido en Ceuta merece especial atención y porque hay personas cuyo esfuerzo no quiero que desaparezca entre las cifras, las noticias y los recuerdos de lo que han pasado.
Cuando pase el tiempo, cuando todo esto se estudie con la distancia que dan los años, seguramente se hablará de las decisiones políticas, de las consecuencias sociales y de los acontecimientos que marcaron nuestra ciudad.
Me gustaría que también quedara constancia de lo que sucedió dentro de la sala del 112, de las horas de trabajo, responsabilidad, presión y de las personas que continuaron atendiendo el teléfono mientras fuera se acumulaban los problemas.
Porque el servicio no termina cuando acaba un turno. Unos compañeros y compañeras se marchan a casa, otros y otras ocupan sus puestos. Cambian las caras, cambian las voces, pero las llamadas siguen entrando.
Así funciona el 112. De día, de noche, los fines de semana y los festivos. También cuando una ciudad atraviesa una situación que nadie hubiera querido vivir.
Y así tiene que seguir funcionando.
Antes de acabar, quiero dirigirme directamente a mis compañeros y compañeras.
No sé si estas líneas llegarán a muchas personas. Tampoco sé qué opinión tendrán de ellas quienes decidan leerlo. Lo que sí tengo claro es que no quería dejar pasar ni un minuto más, de quienes lleváis tantos años formando parte del servicio y de quienes os habéis incorporado después. De quienes habéis vivido situaciones especialmente difíciles y de quienes seguís aprendiendo cada día.
Gracias por vuestro trabajo, por vuestra paciencia y por la responsabilidad con la que afrontáis una profesión que no siempre resulta fácil y gracias, especialmente, por todo aquello que hacéis y que casi nadie llega a conocer.
Puede que dentro de unos años muchas personas recuerden lo que ocurrió en Ceuta durante el verano de 2026. Puede que se sigan discutiendo las causas, las consecuencias y las decisiones que se adoptaron, pero habrá algo que difícilmente aparecerá en esos debates, el nombre de la persona que atendió una llamada cuando alguien tenía miedo, la voz que intentó tranquilizar a un ciudadano. El operador o la operadora que, después de una jornada agotadora, se quitó los auriculares, terminó su turno y regresó a casa con sus propias preocupaciones.
Yo no quiero que esa parte de la historia se pierda.
Porque mientras Ceuta gritaba, había alguien al otro lado del teléfono escuchando.
Y creo que ya era hora de que alguien hablara también de ellos y ellas, mis compañeros y compañeras.
Óscar Muñiz Fortes
La opinión de Ceuta Ahora se refleja únicamente en sus editoriales. La libertad de expresión, la libertad en general, es una máxima de filosofía de este medio que puede compartir o no las opiniones de sus articulistas






















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