Eduardo Garcia
Cuando la convivencia se resiente, ¿quién protege al ciudadano?
Hay momentos en los que una sociedad percibe que algunas de sus preocupaciones no están siendo suficientemente escuchadas. No necesariamente porque haya perdido la compasión o dejado de comprender el sufrimiento ajeno, en este caso la inmigración,sino porque teme que sus propios problemas, derechos y necesidades queden relegados.
Es una inquietud que puede aparecer de forma silenciosa: en quien desea volver a casa sin sobresaltos, en quien quiere que sus hijos crezcan en un entorno tranquilo o en quien cumple las normas y espera que los demás también los respeten, son los valores con los que hemos crecido la mayoría de nosotros.
Cuando se repiten determinados conflictos o aumenta la sensación de inseguridad, surge una pregunta legítima: ¿cómo deben responder las instituciones para proteger a la ciudadanía y preservar la convivencia perdida?
Desde la Confederación Española de Policía tenemos la seguridad de que lo que representamos, la policía, ha estado a la altura muy por encima de los estándares conocidos, si bien muchos responsables políticos presuntamente no lo han estado y todos sabemos porqué.
Es un cansancio silencioso. El de quien sale a la calle y desea regresar a casa sin sobresaltos. El de quien quiere que sus hijos crezcan en un barrio tranquilo. El de quien respeta las normas, cumple con sus obligaciones y espera, sencillamente, que los demás hagan lo mismo.
Y cuando esa tranquilidad se deteriora, cuando los conflictos se repiten y la sensación de inseguridad se instala en la vida cotidiana, surge una pregunta que no debería incomodar a nadie: ¿quién protege al ciudadano cuando siente que la convivencia se está rompiendo? O nuestro lema en la CEP desde hace años “QUIEN NOS PROTEGE”
Hablar de inmigración es hablar de personas. De hombres y mujeres que abandonan sus hogares buscando una oportunidad, huyendo en ocasiones de la miseria, la violencia o la desesperanza. Sería injusto negar ese sufrimiento. Sería inhumano cerrar los ojos ante él Pero también sería injusto pedir a quienes ya viven aquí que renuncien a su tranquilidad, que silencien sus preocupaciones o que acepten como inevitable aquello que consideran intolerable. Pocos están dispuestos, sobre todo porque no todos los que vienen traen buenas intenciones
La humanidad no puede ser una obligación para unos y una concesión para otros. La convivencia necesita reciprocidad. Necesita respeto, responsabilidad y voluntad de compartir un espacio común bajo unas mismas reglas ( que hay que cumplir)
Porque llegar a un país buscando una vida mejor no puede significar vivir al margen de las normas que permiten que millones de personas convivan. La necesidad merece comprensión; el comportamiento individual, responsabilidad. Y ninguna circunstancia personal convierte la falta de respeto en norma.
En medio de esta realidad están los agentes de policía.Hombres y mujeres que, cuando la tensión estalla en una calle, cuando una discusión amenaza con convertirse en una agresión o cuando alguien se niega a obedecer una orden legítima, tienen que intervenir. Son ellos quienes deben mantener la calma cuando otros la han perdido, quienes deben actuar bajo presión y quienes, demasiadas veces, terminan en el centro de una confrontación que no han provocado.
Se les exige firmeza, pero también prudencia.
Que actúen con rapidez, pero que no se equivoquen. Que impongan la autoridad, pero que soporten insultos, provocaciones y desafíos sin perder el control.
Y después, cuando termina el servicio, también regresan a sus casas. También tienen familias. También sienten miedo. También son personas.
¿Qué ocurre cuando un agente es increpado, amenazado o agredido mientras intenta hacer cumplir la ley? ¿Qué mensaje recibe la sociedad si la autoridad parece incapaz de proteger a quienes la representan? ¿Qué confianza puede mantener el ciudadano cuando percibe que las normas existen, aunque no siempre, y hacerlas respetar resulta cada vez más difícil?
La policía no debería convertirse en el símbolo de una batalla entre culturas Su función es proteger a todos, sin distinciones, y actuar conforme a la ley. Precisamente por eso, necesita respaldo institucional, medios adecuados y la certeza de que las agresiones y amenazas tendrán una respuesta proporcionada y efectiva.
Respetar a la policía no significa otorgarle un poder ilimitado. Significa comprender que sin una autoridad legítima, sometida a la ley y capaz de hacerla cumplir, los más vulnerables suelen ser quienes más sufren en ocasiones.
Hay algo especialmente doloroso en cualquier sociedad: comprobar que el respeto parece haberse convertido en una debilidad.
Cuando alguien responde a una petición razonable con desprecio, cuando convierte una intervención policial en un desafío personal o cuando actúa como si las reglas comunes no fueran con él, no está ejerciendo su libertad. Está deteriorando el espacio compartido del que todos dependemos.
Lo preocupante no es el origen de quien se comporta así. Lo preocupante es la conducta y la sensación de impunidad que puede acompañarla y el consiguiente deterioro para una Comunidad, en este caso la Ceutí.
Eduardo García
Portavoz de la CEP en Ceuta
Hay momentos en los que una sociedad percibe que algunas de sus preocupaciones no están siendo suficientemente escuchadas. No necesariamente porque haya perdido la compasión o dejado de comprender el sufrimiento ajeno, en este caso la inmigración,sino porque teme que sus propios problemas, derechos y necesidades queden relegados.
Es una inquietud que puede aparecer de forma silenciosa: en quien desea volver a casa sin sobresaltos, en quien quiere que sus hijos crezcan en un entorno tranquilo o en quien cumple las normas y espera que los demás también los respeten, son los valores con los que hemos crecido la mayoría de nosotros.
Cuando se repiten determinados conflictos o aumenta la sensación de inseguridad, surge una pregunta legítima: ¿cómo deben responder las instituciones para proteger a la ciudadanía y preservar la convivencia perdida?
Desde la Confederación Española de Policía tenemos la seguridad de que lo que representamos, la policía, ha estado a la altura muy por encima de los estándares conocidos, si bien muchos responsables políticos presuntamente no lo han estado y todos sabemos porqué.
Es un cansancio silencioso. El de quien sale a la calle y desea regresar a casa sin sobresaltos. El de quien quiere que sus hijos crezcan en un barrio tranquilo. El de quien respeta las normas, cumple con sus obligaciones y espera, sencillamente, que los demás hagan lo mismo.
Y cuando esa tranquilidad se deteriora, cuando los conflictos se repiten y la sensación de inseguridad se instala en la vida cotidiana, surge una pregunta que no debería incomodar a nadie: ¿quién protege al ciudadano cuando siente que la convivencia se está rompiendo? O nuestro lema en la CEP desde hace años “QUIEN NOS PROTEGE”
Hablar de inmigración es hablar de personas. De hombres y mujeres que abandonan sus hogares buscando una oportunidad, huyendo en ocasiones de la miseria, la violencia o la desesperanza. Sería injusto negar ese sufrimiento. Sería inhumano cerrar los ojos ante él Pero también sería injusto pedir a quienes ya viven aquí que renuncien a su tranquilidad, que silencien sus preocupaciones o que acepten como inevitable aquello que consideran intolerable. Pocos están dispuestos, sobre todo porque no todos los que vienen traen buenas intenciones
La humanidad no puede ser una obligación para unos y una concesión para otros. La convivencia necesita reciprocidad. Necesita respeto, responsabilidad y voluntad de compartir un espacio común bajo unas mismas reglas ( que hay que cumplir)
Porque llegar a un país buscando una vida mejor no puede significar vivir al margen de las normas que permiten que millones de personas convivan. La necesidad merece comprensión; el comportamiento individual, responsabilidad. Y ninguna circunstancia personal convierte la falta de respeto en norma.
En medio de esta realidad están los agentes de policía.Hombres y mujeres que, cuando la tensión estalla en una calle, cuando una discusión amenaza con convertirse en una agresión o cuando alguien se niega a obedecer una orden legítima, tienen que intervenir. Son ellos quienes deben mantener la calma cuando otros la han perdido, quienes deben actuar bajo presión y quienes, demasiadas veces, terminan en el centro de una confrontación que no han provocado.
Se les exige firmeza, pero también prudencia.
Que actúen con rapidez, pero que no se equivoquen. Que impongan la autoridad, pero que soporten insultos, provocaciones y desafíos sin perder el control.
Y después, cuando termina el servicio, también regresan a sus casas. También tienen familias. También sienten miedo. También son personas.
¿Qué ocurre cuando un agente es increpado, amenazado o agredido mientras intenta hacer cumplir la ley? ¿Qué mensaje recibe la sociedad si la autoridad parece incapaz de proteger a quienes la representan? ¿Qué confianza puede mantener el ciudadano cuando percibe que las normas existen, aunque no siempre, y hacerlas respetar resulta cada vez más difícil?
La policía no debería convertirse en el símbolo de una batalla entre culturas Su función es proteger a todos, sin distinciones, y actuar conforme a la ley. Precisamente por eso, necesita respaldo institucional, medios adecuados y la certeza de que las agresiones y amenazas tendrán una respuesta proporcionada y efectiva.
Respetar a la policía no significa otorgarle un poder ilimitado. Significa comprender que sin una autoridad legítima, sometida a la ley y capaz de hacerla cumplir, los más vulnerables suelen ser quienes más sufren en ocasiones.
Hay algo especialmente doloroso en cualquier sociedad: comprobar que el respeto parece haberse convertido en una debilidad.
Cuando alguien responde a una petición razonable con desprecio, cuando convierte una intervención policial en un desafío personal o cuando actúa como si las reglas comunes no fueran con él, no está ejerciendo su libertad. Está deteriorando el espacio compartido del que todos dependemos.
Lo preocupante no es el origen de quien se comporta así. Lo preocupante es la conducta y la sensación de impunidad que puede acompañarla y el consiguiente deterioro para una Comunidad, en este caso la Ceutí.
Eduardo García
Portavoz de la CEP en Ceuta
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