Viernes, 23 de Octubre de 2026

Actualizada Viernes, 23 de Octubre de 2026 a las 20:37:36 horas

Antonio Palomar García Antonio Palomar García
Viernes, 23 de Octubre de 2026

En busca de la conciencia nacional

La eliminación de la conciencia nacional o la disolución de ésta en el Estado, nos está llevando a la situación que vivimos, la pretensión de algunos de instalación de una absoluta desidia generalizada hacia lo que nos une.

 

Tal disolución desarma al pueblo de sus valores y principios, en favor de esos nuevos tótems que promociona el Estado, y con los que libra de responsabilizar a la población de cualquier objetivo de presente y de futuro en común. Nada hay que compartir en pro de seguir disfrutando del status de mantenido con el que se conforma a la ciudadanía, carente de aspiraciones más allá de tener cubiertas sus necesidades fundamentales (y un poco más para algún capricho, y que no se sienta  sometida al sostenimiento estatal definitivo), mientras el Estado quiera y pueda, evidentemente. Cuando no pueda, veremos… 

 

La desaparición o, mejor, la inversión de los valores y principios que, per secula, definían a nuestra Patria, se ha demostrado como el objetivo a alcanzar y a depurar cada día por parte de los distintos gobiernos, especialmente, los progresistas - lo de socialista debe haber pasado a ser considerado algo opresivo para el mundo woke -, abriendo de par en par las puertas, cuando no imponiendo por ley cualquier tendencia de la causa woke que contribuyese al atontamiento poblacional respecto de lo que siempre fuimos. Objetivo conseguido sólo en parte, y esa es nuestra suerte, ya que la parte aún no sometida se obceca, concienzuda y felizmente, en hacer que la esperanza prevalezca, y se empeñe en desvelar, casi exorcizar, precisamente, conciencias. Y ya conocemos la reacción primera de cualquier exorcizado…

 

La perentoria invocación a la necesidad de recuperación de la conciencia nacional debe, pues, su urgencia a la posibilidad manifiesta, más pronta que remota, de disolución no sólo de los valores y principios que nos dan coherencia como nación, sino también de la extinción del propio País como tal, a la luz de las evidentes cesiones de un gobierno condicionado por unos socios independentistas, ajenos por naturaleza a cualquier devenir positivo para España que, por lo mismo, contribuya a su mayor y mejor cohesión como nación y como estado.

 

No le falta compañero de viaje a este gobierno. Un nuevo fascismo, disfrazado de víctima para autoproclamarse antifascista, como vemos estos días en el exterior y también en España, se suma a este tipo de predisposición gubernativa, muta las banderas y desvirtúa el propio marco constitucional, queman Europa creyendo salvar a Europa, y prosiguen, embebidos del nihilismo como principio que les dirige a esa ninguna parte que tanto anhelan, porque nadie - posiblemente ni ellos - sabe lo que quieren. Tal vez, tampoco lo quieran saber.

 

Como verán, no reclamo una nueva conciencia nacional. No se trata de invenciones, ni de esa cursilada actual que llaman reinventarse, no es nada tan complejo. Porque, además, explorar nuevas formas de ser para una nación sería, para que también los disfrazados me entiendan, alienarse, otrorizarse para ser qué... Seguramente para terminar por ser nada, y vuelta a empezar. España no necesita ser otra.

 

La conciencia nacional se gesta durante siglos, no es asunto de  laboratorio, ni de sesudos raciocinios que terminan proponiendo naciones Frankenstein, escasas de fondo y yermas de futuro.

 

En ese sentido, España es el mejor ejemplo de lo contrario que deberíamos aplicarnos, para reconducirnos frente a toda esta nada que se nos ofrece, y que nos mantiene como narcotizados puertas adentro e, incluso, camino del aislamiento respecto de nuestros todavía socios europeos.

 

Miremos un poco hacia atrás, quizá aún no estemos demasiado lejos.

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