José Antonio Carbonell Buzzian
Gracias Vigilantes de Seguridad
Cuando una ciudad vive días como los que ha vivido Ceuta desde la entrada masiva del 30 y 31 de julio, la atención se la llevan las imágenes grandes. Casi nadie mira a la persona que, con un uniforme sencillo, sigue en su puesto cuando todo lo demás se mueve.
Como auditor de seguridad, he aprendido que un sistema no se mide por lo que ocurre cuando todo va bien, sino por lo que aguanta cuando todo se complica. Y en ese momento, el primer eslabón suele ser una persona concreta: el vigilante. No tiene la autoridad de un agente ni lo pretende. La ley le encarga proteger personas y bienes y avisar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad cuando la situación lo exige. Trabajar con esa frontera clara, en el lugar donde la tensión llega antes que a nadie, tiene un mérito enorme.
Su mejor trabajo, además, es invisible. Cuando un vigilante de seguridad hace bien su labor, no pasa nada. No hay titular, no hay foto y nadie lo agradece, justo porque no ocurrió lo que podía haber ocurrido.
Son vigilantes de centros, de comercios, de recintos, de instalaciones sanitarias y sociales, de calles y de accesos. Cada uno en su puesto, con turnos largos, con cansancio y con la responsabilidad de mantener la calma cuando más falta hace. Han sostenido una situación que no eligieron y la han sostenido con profesionalidad.
Como nadie los felicita, lo hago yo. Lo hago como profesional de la seguridad y porque comprendo su trabajo: sé lo que cuesta, lo que se exige y lo poco que se agradece. Mi felicitación es para todos los vigilantes de seguridad de Ceuta, sin excepción y sin importar la empresa ni el puesto.
Quiero decirles, con la mayor sencillez, que se les ve, que su labor cuenta y que esta ciudad les debe algo más que un silencio.
Gracias por estar.
Cuando una ciudad vive días como los que ha vivido Ceuta desde la entrada masiva del 30 y 31 de julio, la atención se la llevan las imágenes grandes. Casi nadie mira a la persona que, con un uniforme sencillo, sigue en su puesto cuando todo lo demás se mueve.
Como auditor de seguridad, he aprendido que un sistema no se mide por lo que ocurre cuando todo va bien, sino por lo que aguanta cuando todo se complica. Y en ese momento, el primer eslabón suele ser una persona concreta: el vigilante. No tiene la autoridad de un agente ni lo pretende. La ley le encarga proteger personas y bienes y avisar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad cuando la situación lo exige. Trabajar con esa frontera clara, en el lugar donde la tensión llega antes que a nadie, tiene un mérito enorme.
Su mejor trabajo, además, es invisible. Cuando un vigilante de seguridad hace bien su labor, no pasa nada. No hay titular, no hay foto y nadie lo agradece, justo porque no ocurrió lo que podía haber ocurrido.
Son vigilantes de centros, de comercios, de recintos, de instalaciones sanitarias y sociales, de calles y de accesos. Cada uno en su puesto, con turnos largos, con cansancio y con la responsabilidad de mantener la calma cuando más falta hace. Han sostenido una situación que no eligieron y la han sostenido con profesionalidad.
Como nadie los felicita, lo hago yo. Lo hago como profesional de la seguridad y porque comprendo su trabajo: sé lo que cuesta, lo que se exige y lo poco que se agradece. Mi felicitación es para todos los vigilantes de seguridad de Ceuta, sin excepción y sin importar la empresa ni el puesto.
Quiero decirles, con la mayor sencillez, que se les ve, que su labor cuenta y que esta ciudad les debe algo más que un silencio.
Gracias por estar.
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