El 12 de octubre y Ceuta
Llegada esta fecha, es obligado hablar de la Hispanidad para compensar el olvido deliberado de nuestra historia por parte de las instituciones desde hace mucho tiempo. Hay que rememorarla para que la gente sea consciente de lo que fuimos, sepamos dónde estamos y valoremos adónde queremos ir. Para ello, lo mejor es dejar a un lado tanto la patriotería verbenera como los prejuicios trasnochados.
Lo primero que habría que destacar es que buena parte de la América que encontraron los descubridores fue un mundo hostil donde la guerra y la esclavitud eran habituales y el canibalismo estaba presente en diversas culturas y territorios. Allí, la monarquía hispánica construyó un mundo civilizador y de progreso, un amplio espacio de convivencia e integración donde se mezclaron razas y pueblos sin perder sus lenguas, culturas y tradiciones. Su política, por tanto, se adaptó a las circunstancias y a la idiosincrasia de cada lugar, dando forma a lo que terminó conociéndose como «las Españas».
No obstante, se nos achacan cosas que no hicimos o se exageran nuestros errores mientras se pasan por alto las atrocidades de otros imperios y países. Si analizamos el mundo en el que vivimos, aún existen tiranías, guerras, genocidios, trata de personas, violaciones, abusos sexuales en todos los ámbitos, corrupción generalizada en las clases políticas… Incluso se han creado nuevos monstruos sociales, como son las mafias, el tráfico ilegal de inmigrantes, el narcotráfico y los narcoestados. Todo acaba siendo aceptado como algo consustancial a la historia del mundo actual, pero caemos en la incongruencia de que a la España de aquel tiempo —hace ya más de cinco siglos— se le exige una conducta intachable, como si eso fuera posible. No basta con que las leyes y el espíritu de la monarquía hispánica fuesen justos e integradores, adelantados a su tiempo. Tampoco se tiene en cuenta la extensión del territorio que había que administrar, con dos océanos de por medio, ni la carencia de medios en muchos casos. Se nos exige un diez en Historia cuando la mayoría de los países que dirigen el mundo la suspendieron y siguen con la asignatura pendiente; otros apenas puntuaron o no se presentaron al examen. Nosotros mismos somos nuestros mayores críticos: unos, por un complejo de inferioridad y otros, por un exceso de rigor moral. Eso no quiere decir que no hubiese abusos, corrupción…, pero los hubo en toda Europa y, en algunos casos, incluso en mayor cuantía, como ocurrió en la Francia anterior a la Revolución francesa. Los grandes países saben embellecer y vender hasta sus vergüenzas, y nosotros nos dedicamos a pisotear y menospreciar todo lo que nos enaltece.
España se puso a la cabeza del mundo no solo en el campo militar, sino también en la ciencia, en el comercio —que hizo de América uno de los grandes centros económicos del mundo, de algunas de sus ciudades unas de las más prósperas de Occidente en el momento de su independencia y del real de a ocho la moneda internacional— y en la cultura, llenando sus virreinatos de catedrales, hospitales, colegios y universidades, que hicieron posible una labor educativa, sanitaria y cultural difícilmente comparable con la desarrollada por las potencias coloniales, preocupadas principalmente por la adquisición de riquezas.
Pero, además, fue pionera en derechos humanos: las Leyes de Indias constituían una de las legislaciones más avanzadas de su tiempo y se anticiparon en siglos a muchos derechos fundamentales que ya entonces protegían a los indios, reconociéndolos como súbditos de la Corona, al igual que a los propios españoles. Para ello fue esencial la Escuela de Salamanca, que llegó a negar el derecho de España a apropiarse de las tierras de los indios y reconoció el derecho de estos a ser libres. Estas ideas revolucionarias fueron fundamentales para que Carlos I suspendiera temporalmente la conquista de América en 1550 para debatir en la Junta de Valladolid la legitimidad de España en dicha empresa. Sus planteamientos resultaron determinantes en la política de la Corona a favor de los nativos y en el posterior desarrollo del derecho internacional sobre los derechos humanos.
Uno de los muchos ejemplos de la política de la monarquía española en América lo encontramos en Texas, Nuevo México y otros estados de la zona. Poca gente sabe que muchas de las situaciones que vimos de pequeños en las películas de indios y vaqueros ya las habían vivido los hispanos en los siglos anteriores. Hubo colonos que se establecieron en aquellas tierras —indios e hispanos— como agricultores, ganaderos, artesanos…, y también hubo apaches y comanches que atacaron ranchos y poblados. Pero, en el caso de la Corona española, su prioridad fue siempre la integración, alternando la guerra con el ofrecimiento de regalos y tierras para asentar a estas tribus guerreras. Con mucha paciencia, con sus más y sus menos, se alcanzaron largos periodos de paz y convivencia en extensos territorios durante las últimas décadas de la monarquía española, hasta la independencia de México. Una política muy diferente de la que, tiempo después, desarrollarían los Estados Unidos con sus campañas de desplazamiento y exterminio.
Divide y vencerás. Nos han convertido —y nuestros gobernantes han contribuido a ello en más de un caso— en un mosaico de países que, con sus diferencias y altibajos, apenas han levantado cabeza desde que se separaron. La España europea acabó arruinada tras la Guerra de la Independencia, y la americana, por las guerras civiles que devastaron la riqueza acumulada de siglos. Acabamos todos en brazos de nuestros enemigos históricos, esta vez sin necesidad de batallas, mediante préstamos usureros del naciente capitalismo que se adueñó del mundo. Nos convertimos en el patio trasero de las grandes potencias. Las clases dirigentes, imbuidas por las ideas colonialistas y racistas, entonces en auge en Europa y en el mundo anglosajón, asumieron esas prácticas que después se identificaron como españolas. La filosofía de la monarquía hispánica fue traicionada tanto en Madrid como en las nuevas naciones emergentes. El precio lo pagó el pueblo en general y los indios en particular, con la pérdida y expropiación de buena parte de sus tierras comunales en beneficio de las nuevas élites y grandes propietarios.
Pero lo triste de esta historia es que la disolución de lo hispano no ha terminado. Los restos de un imperio que llegó a extenderse desde las costas de Alaska hasta Filipinas, pasando por toda América, siguen amenazados por la disgregación. En la España americana, determinadas corrientes del indigenismo pretenden atomizar aún más a sus gentes en un mosaico de pequeñas naciones indias difíciles de determinar y fáciles de fagocitar por otras naciones o grupos financieros. En la España europea, la falta de sentido de Estado de los distintos gobiernos de la nación ha alimentado los nacionalismos egocéntricos y divergentes —fascismos a fin de cuentas—, cuya pretendida independencia dejaría de facto esas regiones en manos de la potencia más solícita o más fuerte.
Ahora le ha tocado a Ceuta con la invasión encubierta de migrantes por parte del reino alauí, utilizando a seres humanos como arietes. Y es más que posible que se reproduzca una situación similar en Melilla y en las islas Canarias con la política expansiva y depredadora del reino de Marruecos y la dejación de funciones de nuestros gobernantes —una vez más—. Es un momento crítico que requiere de la unidad, no ya de España entera, sino de todo el mundo hispano al que Ceuta está ligada. Ceuta simboliza, a mi modo de ver, la verdadera entraña de lo hispano: una ciudad de frontera, abierta a otras religiones, pueblos y razas, donde aún hoy se convive en paz y donde el carácter español está más que arraigado.
¡Ánimo, ceutíes! A pesar de esta orfandad, ya habitual en nuestra historia, no estáis solos. Los que sentimos lo hispano como una vocación humanista y valiente frente a la injusticia seguimos pendientes de vosotros cada día y saldremos adelante a pesar de todo. ¡Aúpa, Ceuta!
Manuel García-Fogeda Fernández-Infantes
Llegada esta fecha, es obligado hablar de la Hispanidad para compensar el olvido deliberado de nuestra historia por parte de las instituciones desde hace mucho tiempo. Hay que rememorarla para que la gente sea consciente de lo que fuimos, sepamos dónde estamos y valoremos adónde queremos ir. Para ello, lo mejor es dejar a un lado tanto la patriotería verbenera como los prejuicios trasnochados.
Lo primero que habría que destacar es que buena parte de la América que encontraron los descubridores fue un mundo hostil donde la guerra y la esclavitud eran habituales y el canibalismo estaba presente en diversas culturas y territorios. Allí, la monarquía hispánica construyó un mundo civilizador y de progreso, un amplio espacio de convivencia e integración donde se mezclaron razas y pueblos sin perder sus lenguas, culturas y tradiciones. Su política, por tanto, se adaptó a las circunstancias y a la idiosincrasia de cada lugar, dando forma a lo que terminó conociéndose como «las Españas».
No obstante, se nos achacan cosas que no hicimos o se exageran nuestros errores mientras se pasan por alto las atrocidades de otros imperios y países. Si analizamos el mundo en el que vivimos, aún existen tiranías, guerras, genocidios, trata de personas, violaciones, abusos sexuales en todos los ámbitos, corrupción generalizada en las clases políticas… Incluso se han creado nuevos monstruos sociales, como son las mafias, el tráfico ilegal de inmigrantes, el narcotráfico y los narcoestados. Todo acaba siendo aceptado como algo consustancial a la historia del mundo actual, pero caemos en la incongruencia de que a la España de aquel tiempo —hace ya más de cinco siglos— se le exige una conducta intachable, como si eso fuera posible. No basta con que las leyes y el espíritu de la monarquía hispánica fuesen justos e integradores, adelantados a su tiempo. Tampoco se tiene en cuenta la extensión del territorio que había que administrar, con dos océanos de por medio, ni la carencia de medios en muchos casos. Se nos exige un diez en Historia cuando la mayoría de los países que dirigen el mundo la suspendieron y siguen con la asignatura pendiente; otros apenas puntuaron o no se presentaron al examen. Nosotros mismos somos nuestros mayores críticos: unos, por un complejo de inferioridad y otros, por un exceso de rigor moral. Eso no quiere decir que no hubiese abusos, corrupción…, pero los hubo en toda Europa y, en algunos casos, incluso en mayor cuantía, como ocurrió en la Francia anterior a la Revolución francesa. Los grandes países saben embellecer y vender hasta sus vergüenzas, y nosotros nos dedicamos a pisotear y menospreciar todo lo que nos enaltece.
España se puso a la cabeza del mundo no solo en el campo militar, sino también en la ciencia, en el comercio —que hizo de América uno de los grandes centros económicos del mundo, de algunas de sus ciudades unas de las más prósperas de Occidente en el momento de su independencia y del real de a ocho la moneda internacional— y en la cultura, llenando sus virreinatos de catedrales, hospitales, colegios y universidades, que hicieron posible una labor educativa, sanitaria y cultural difícilmente comparable con la desarrollada por las potencias coloniales, preocupadas principalmente por la adquisición de riquezas.
Pero, además, fue pionera en derechos humanos: las Leyes de Indias constituían una de las legislaciones más avanzadas de su tiempo y se anticiparon en siglos a muchos derechos fundamentales que ya entonces protegían a los indios, reconociéndolos como súbditos de la Corona, al igual que a los propios españoles. Para ello fue esencial la Escuela de Salamanca, que llegó a negar el derecho de España a apropiarse de las tierras de los indios y reconoció el derecho de estos a ser libres. Estas ideas revolucionarias fueron fundamentales para que Carlos I suspendiera temporalmente la conquista de América en 1550 para debatir en la Junta de Valladolid la legitimidad de España en dicha empresa. Sus planteamientos resultaron determinantes en la política de la Corona a favor de los nativos y en el posterior desarrollo del derecho internacional sobre los derechos humanos.
Uno de los muchos ejemplos de la política de la monarquía española en América lo encontramos en Texas, Nuevo México y otros estados de la zona. Poca gente sabe que muchas de las situaciones que vimos de pequeños en las películas de indios y vaqueros ya las habían vivido los hispanos en los siglos anteriores. Hubo colonos que se establecieron en aquellas tierras —indios e hispanos— como agricultores, ganaderos, artesanos…, y también hubo apaches y comanches que atacaron ranchos y poblados. Pero, en el caso de la Corona española, su prioridad fue siempre la integración, alternando la guerra con el ofrecimiento de regalos y tierras para asentar a estas tribus guerreras. Con mucha paciencia, con sus más y sus menos, se alcanzaron largos periodos de paz y convivencia en extensos territorios durante las últimas décadas de la monarquía española, hasta la independencia de México. Una política muy diferente de la que, tiempo después, desarrollarían los Estados Unidos con sus campañas de desplazamiento y exterminio.
Divide y vencerás. Nos han convertido —y nuestros gobernantes han contribuido a ello en más de un caso— en un mosaico de países que, con sus diferencias y altibajos, apenas han levantado cabeza desde que se separaron. La España europea acabó arruinada tras la Guerra de la Independencia, y la americana, por las guerras civiles que devastaron la riqueza acumulada de siglos. Acabamos todos en brazos de nuestros enemigos históricos, esta vez sin necesidad de batallas, mediante préstamos usureros del naciente capitalismo que se adueñó del mundo. Nos convertimos en el patio trasero de las grandes potencias. Las clases dirigentes, imbuidas por las ideas colonialistas y racistas, entonces en auge en Europa y en el mundo anglosajón, asumieron esas prácticas que después se identificaron como españolas. La filosofía de la monarquía hispánica fue traicionada tanto en Madrid como en las nuevas naciones emergentes. El precio lo pagó el pueblo en general y los indios en particular, con la pérdida y expropiación de buena parte de sus tierras comunales en beneficio de las nuevas élites y grandes propietarios.
Pero lo triste de esta historia es que la disolución de lo hispano no ha terminado. Los restos de un imperio que llegó a extenderse desde las costas de Alaska hasta Filipinas, pasando por toda América, siguen amenazados por la disgregación. En la España americana, determinadas corrientes del indigenismo pretenden atomizar aún más a sus gentes en un mosaico de pequeñas naciones indias difíciles de determinar y fáciles de fagocitar por otras naciones o grupos financieros. En la España europea, la falta de sentido de Estado de los distintos gobiernos de la nación ha alimentado los nacionalismos egocéntricos y divergentes —fascismos a fin de cuentas—, cuya pretendida independencia dejaría de facto esas regiones en manos de la potencia más solícita o más fuerte.
Ahora le ha tocado a Ceuta con la invasión encubierta de migrantes por parte del reino alauí, utilizando a seres humanos como arietes. Y es más que posible que se reproduzca una situación similar en Melilla y en las islas Canarias con la política expansiva y depredadora del reino de Marruecos y la dejación de funciones de nuestros gobernantes —una vez más—. Es un momento crítico que requiere de la unidad, no ya de España entera, sino de todo el mundo hispano al que Ceuta está ligada. Ceuta simboliza, a mi modo de ver, la verdadera entraña de lo hispano: una ciudad de frontera, abierta a otras religiones, pueblos y razas, donde aún hoy se convive en paz y donde el carácter español está más que arraigado.
¡Ánimo, ceutíes! A pesar de esta orfandad, ya habitual en nuestra historia, no estáis solos. Los que sentimos lo hispano como una vocación humanista y valiente frente a la injusticia seguimos pendientes de vosotros cada día y saldremos adelante a pesar de todo. ¡Aúpa, Ceuta!
Manuel García-Fogeda Fernández-Infantes
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