Crisis en Ceuta
La pinza de Marruecos sobre Ceuta: diplomacia, puertos y una respuesta tenue e inexistente española
Rabat consolida sus alianzas con Estados Unidos e Israel, refuerza su posición sobre el Sáhara y convierte Tánger Med en una plataforma logística de referencia mientras Ceuta afronta una crisis migratoria que ha llevado al Gobierno español a ocupar suelo portuario para alojar a inmigrantes y limitar sus capacidades
Hay movimientos que, contemplados de manera aislada, pueden parecer inconexos. Y hay otros que, puestos sobre el mismo mapa, permiten observar cómo está cambiando el equilibrio estratégico en el Estrecho. Marruecos está ampliando su margen de maniobra internacional, reforzando sus alianzas con Estados Unidos e Israel, consolidando su posición sobre el Sáhara Occidental y desarrollando una infraestructura portuaria y logística de dimensión internacional. Al mismo tiempo, Ceuta atraviesa la mayor crisis migratoria de su historia reciente y soporta una presión que afecta directamente a su frontera, sus servicios públicos, su seguridad y ahora también a su principal infraestructura económica.
Sería difícil ignorar que los distintos movimientos marroquíes encajan en un contexto estratégico que está modificando la posición relativa de Ceuta frente a Marruecos.
Marruecos amplía su red de alianzas
El primer elemento es geopolítico. Marruecos dejó de ser hace años un actor exclusivamente regional para convertirse en un socio de creciente importancia para Washington y, de forma paralela, para Israel.
La normalización de relaciones entre Rabat y Tel Aviv se produjo en 2020 dentro de los Acuerdos de Abraham impulsados por la Administración Trump. Ahora, seis años después, Marruecos e Israel han acordado profundizar sus relaciones diplomáticas mediante la apertura de embajadas y el nombramiento de embajadores. El movimiento supone elevar el nivel de una relación que hasta ahora se articulaba a través de oficinas de enlace.
El significado estratégico va más allá de la diplomacia. Estados Unidos, Israel y Marruecos han reafirmado este mes su cooperación en seguridad, tecnología, innovación, comercio e inversión y, sobre todo, han vuelto a respaldar la posición marroquí sobre el Sáhara Occidental.
En agosto, Donald Trump volvió a expresar que Estados Unidos reconoce la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y que considera la propuesta de autonomía planteada por Rabat como la base para una solución.
El resultado es un Marruecos con una red de alianzas cada vez más amplia y con capacidad para situar sus intereses nacionales en conversaciones de alcance estadounidense, israelí, africano y europeo.
El Estrecho como espacio de poder económico
El segundo elemento es económico y logístico.
Mientras Ceuta permanece condicionada por su condición fronteriza, por su reducida superficie y por las restricciones derivadas de su situación geográfica, Marruecos ha construido al otro lado del Estrecho una plataforma portuaria de dimensiones muy diferentes.
Tánger Med cerró 2025 con 161 millones de toneladas de mercancías y 3,02 millones de TEU, además de 16.686 escalas de buques. El propio complejo portuario marroquí lo presenta como un puerto líder en el Mediterráneo y África.
La cuestión no es solamente cuánto tráfico mueve Tánger Med. Es el modelo que representa: puerto, zonas industriales, logística, transporte terrestre, conexiones internacionales y captación de inversiones integrados en una misma estrategia.
La comparación con Ceuta resulta inevitable.
La ciudad española dispone de un puerto esencial para su abastecimiento, sus comunicaciones y su economía. Pero su margen de crecimiento es mucho más limitado y su actividad está condicionada por una frontera terrestre que, cuando se tensiona, repercute inmediatamente sobre el conjunto de la economía local.
El Estrecho está dejando de ser únicamente una frontera entre dos continentes para convertirse cada vez más en un corredor logístico internacional en el que compiten infraestructuras españolas y marroquíes.
Los datos de la Operación Paso del Estrecho ofrecen una imagen significativa: en la fase de retorno de 2026, Tánger Med concentró 672.079 pasajeros y 182.541 vehículos, mientras la conexión Ceuta-Algeciras registró 3.022 pasajeros y 648 vehículos en la jornada citada.
Y en ese escenario aparece el puerto de Ceuta
Aquí aparece el elemento que más preocupación genera en la ciudad.
En plena crisis tras la invsión que lanzó por accion u omisión Marruecos sobre Ceuta, el Ministerio de Transportes decidió utilizar 16.000 metros cuadrados de dominio público portuario para instalar un campamento destinado inicialmente a más de un millar de inmigrantes, después de que la Autoridad Portuaria de Ceuta se opusiera a la cesión.
La medida no es menor. No se trata simplemente de instalar unas carpas. Supone introducir una función de acogida humanitaria, ahora para 1.700 marroquíes invasores, dentro de una infraestructura cuya actividad esencial es logística, comercial y de comunicaciones.
Y existe un dato especialmente relevante: el propio Ministerio del Interior reconoció que la instalación del campamento suponía un “incremento de los riesgos” para una infraestructura considerada crítica y sensible, motivo por el que ordenó reforzar temporalmente las medidas de protección marítima del puerto.
Es decir, la discusión sobre la seguridad portuaria no es únicamente una valoración política de la oposición o de los sindicatos. El propio Estado ha reconocido oficialmente que la nueva situación incrementa los riesgos.
La Audiencia Nacional, por su parte, permitió finalmente el uso temporal de esos terrenos mientras continúa el procedimiento judicial, sin que esa decisión suponga un pronunciamiento definitivo sobre el fondo de las cuestiones planteadas.
El riesgo estratégico para Ceuta
Aquí es donde el análisis adquiere una dimensión que trasciende la emergencia generada por la invasión.
Si una infraestructura portuaria estratégica pierde superficie operativa, incorpora un asentamiento de gran tamaño, necesita dispositivos adicionales de seguridad y ve condicionada su actividad logística, el problema deja de ser exclusivamente humanitario y pasa a tener una dimensión económica y estratégica.
Ceuta necesita que su puerto funcione con la máxima normalidad precisamente porque carece de muchas de las alternativas económicas que tienen otras ciudades.
Mientras Tánger Med gana escala, atrae actividad y consolida su posición como plataforma internacional, Ceuta no puede permitirse que su puerto pierda capacidad operativa, seguridad o atractivo empresarial. Y es eso lo que firmado el ministro de Transporte del Gobierno Sánchez, el 'twitero' Óscar Puente.
La cuestión, por tanto, no debería formularse únicamente como si es apropiado o no utilizar suelo portuario para atender una emergencia. La pregunta estratégica es otra:
¿Puede España permitirse debilitar la principal infraestructura económica de una ciudad situada en una de sus fronteras exteriores mientras el puerto situado al otro lado del Estrecho continúa ganando dimensión internacional? Parece que lo hace a sabiendas.
La crisis generada tras la invasion añade una segunda presión
A todo ello se suma la permanencia en Ceuta de miles de personas, nadie sabe aún la cifra (51 dias después) que llegaron durante la invasión de finales de julio, ni cuántos siguen aquí.
La invasión de los días 30 y 31 de julio fue de una magnitud extraordinaria. El servicio de estudios del Parlamento Europeo estimó en torno a 80.000 las entradas desde Marruecos y calificó el episodio como una prueba para la política europea de fronteras y gestión migratoria.
Casi dos meses después, la presión continúa.
El Parlamento Europeo ha reclamado el retorno rápido y efectivo de quienes no tengan derecho a permanecer en territorio comunitario, incluidos los menores no acompañados, y ha pedido a España y Marruecos que intensifiquen la cooperación en materia de retorno y readmisión. La resolución aprobada el 17 de septiembre también reclama el respeto a la integridad territorial de los Estados miembros y considera prioritaria la protección de las fronteras exteriores de la Unión en Ceuta.
Ese pronunciamiento europeo introduce una cuestión fundamental: Ceuta no es únicamente un problema español. Es una frontera exterior de la Unión Europea.
Por ello, la gestión de la crisis no debería quedar reducida a la capacidad de una ciudad de poco más de 19 kilómetros cuadrados para absorber una presión extraordinaria.
La posición marroquí avanza y la respuesta española llega tarde
El contraste es precisamente lo que alimenta la preocupación.
Marruecos avanza en varios frentes simultáneamente: consolida alianzas internacionales, profundiza su relación con Israel, mantiene el respaldo estadounidense a su posición sobre el Sáhara y desarrolla infraestructuras portuarias y logísticas capaces de competir a escala mediterránea y africana.
España, mientras tanto, tiene que dedicar recursos extraordinarios a gestionar las consecuencias de una crisis que ha desbordado a Ceuta y ha terminado llevando parte de la emergencia al interior de su puerto.
Esto muestra un desequilibrio estratégico que España no analiza con la profundidad que se necesitaría, en funcion de las medidas ineficaces que sigue adoptando.
Una cosa es mantener una relación de cooperación con Marruecos —necesaria para España y para Europa— y otra muy diferente es que esa cooperación termine produciendo situaciones en las que una ciudad española perciba que los costes recaen sistemáticamente sobre ella.
Sobre la mesa
Ceuta se encuentra en una posición singular: es frontera española, frontera exterior de la Unión Europea, enclave situado frente a una potencia regional que está aumentando su influencia y ciudad cuyo principal puerto compite en el mismo espacio geográfico con una infraestructura como Tánger Med.
En este contexto, la política española hacia Marruecos no puede medirse únicamente por la ausencia de crisis diplomáticas.
También debe medirse por la capacidad de España para preservar sus intereses estratégicos, proteger sus fronteras, garantizar el funcionamiento de sus infraestructuras críticas y asegurar que Ceuta mantiene una posición económica viable en el Estrecho.
El Parlamento Europeo acaba de recordar que Ceuta forma parte de la frontera exterior de la Unión y ha reclamado una respuesta europea reforzada.
Lo que debería cuestionarse el Gobierno de Pedro Sánchez es, por tanto, de alcance nacional: cómo compatibilizar la cooperación con Marruecos con la defensa efectiva de los intereses españoles en Ceuta y Melilla y en el conjunto del Estrecho.
Mientras Rabat multiplica sus alianzas, consolida su posición internacional y desarrolla su plataforma logística, Ceuta afronta una crisis que amenaza con convertir una emergencia migratoria en un problema económico y estratégico de largo recorrido. Y Madrid, en paralelo ha perdido fuerza e influencia internacional.
Si España no quiere que el futuro de Ceuta quede condicionado por decisiones tomadas al otro lado de la frontera o por respuestas improvisadas desde Madrid, tendrá que abordar la cuestión con una visión que vaya mucho más allá de la gestión inmediata de la inmigración.

Hay movimientos que, contemplados de manera aislada, pueden parecer inconexos. Y hay otros que, puestos sobre el mismo mapa, permiten observar cómo está cambiando el equilibrio estratégico en el Estrecho. Marruecos está ampliando su margen de maniobra internacional, reforzando sus alianzas con Estados Unidos e Israel, consolidando su posición sobre el Sáhara Occidental y desarrollando una infraestructura portuaria y logística de dimensión internacional. Al mismo tiempo, Ceuta atraviesa la mayor crisis migratoria de su historia reciente y soporta una presión que afecta directamente a su frontera, sus servicios públicos, su seguridad y ahora también a su principal infraestructura económica.
Sería difícil ignorar que los distintos movimientos marroquíes encajan en un contexto estratégico que está modificando la posición relativa de Ceuta frente a Marruecos.
Marruecos amplía su red de alianzas
El primer elemento es geopolítico. Marruecos dejó de ser hace años un actor exclusivamente regional para convertirse en un socio de creciente importancia para Washington y, de forma paralela, para Israel.
La normalización de relaciones entre Rabat y Tel Aviv se produjo en 2020 dentro de los Acuerdos de Abraham impulsados por la Administración Trump. Ahora, seis años después, Marruecos e Israel han acordado profundizar sus relaciones diplomáticas mediante la apertura de embajadas y el nombramiento de embajadores. El movimiento supone elevar el nivel de una relación que hasta ahora se articulaba a través de oficinas de enlace.
El significado estratégico va más allá de la diplomacia. Estados Unidos, Israel y Marruecos han reafirmado este mes su cooperación en seguridad, tecnología, innovación, comercio e inversión y, sobre todo, han vuelto a respaldar la posición marroquí sobre el Sáhara Occidental.
En agosto, Donald Trump volvió a expresar que Estados Unidos reconoce la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental y que considera la propuesta de autonomía planteada por Rabat como la base para una solución.
El resultado es un Marruecos con una red de alianzas cada vez más amplia y con capacidad para situar sus intereses nacionales en conversaciones de alcance estadounidense, israelí, africano y europeo.
El Estrecho como espacio de poder económico
El segundo elemento es económico y logístico.
Mientras Ceuta permanece condicionada por su condición fronteriza, por su reducida superficie y por las restricciones derivadas de su situación geográfica, Marruecos ha construido al otro lado del Estrecho una plataforma portuaria de dimensiones muy diferentes.
Tánger Med cerró 2025 con 161 millones de toneladas de mercancías y 3,02 millones de TEU, además de 16.686 escalas de buques. El propio complejo portuario marroquí lo presenta como un puerto líder en el Mediterráneo y África.
La cuestión no es solamente cuánto tráfico mueve Tánger Med. Es el modelo que representa: puerto, zonas industriales, logística, transporte terrestre, conexiones internacionales y captación de inversiones integrados en una misma estrategia.
La comparación con Ceuta resulta inevitable.
La ciudad española dispone de un puerto esencial para su abastecimiento, sus comunicaciones y su economía. Pero su margen de crecimiento es mucho más limitado y su actividad está condicionada por una frontera terrestre que, cuando se tensiona, repercute inmediatamente sobre el conjunto de la economía local.
El Estrecho está dejando de ser únicamente una frontera entre dos continentes para convertirse cada vez más en un corredor logístico internacional en el que compiten infraestructuras españolas y marroquíes.
Los datos de la Operación Paso del Estrecho ofrecen una imagen significativa: en la fase de retorno de 2026, Tánger Med concentró 672.079 pasajeros y 182.541 vehículos, mientras la conexión Ceuta-Algeciras registró 3.022 pasajeros y 648 vehículos en la jornada citada.
Y en ese escenario aparece el puerto de Ceuta
Aquí aparece el elemento que más preocupación genera en la ciudad.
En plena crisis tras la invsión que lanzó por accion u omisión Marruecos sobre Ceuta, el Ministerio de Transportes decidió utilizar 16.000 metros cuadrados de dominio público portuario para instalar un campamento destinado inicialmente a más de un millar de inmigrantes, después de que la Autoridad Portuaria de Ceuta se opusiera a la cesión.
La medida no es menor. No se trata simplemente de instalar unas carpas. Supone introducir una función de acogida humanitaria, ahora para 1.700 marroquíes invasores, dentro de una infraestructura cuya actividad esencial es logística, comercial y de comunicaciones.
Y existe un dato especialmente relevante: el propio Ministerio del Interior reconoció que la instalación del campamento suponía un “incremento de los riesgos” para una infraestructura considerada crítica y sensible, motivo por el que ordenó reforzar temporalmente las medidas de protección marítima del puerto.
Es decir, la discusión sobre la seguridad portuaria no es únicamente una valoración política de la oposición o de los sindicatos. El propio Estado ha reconocido oficialmente que la nueva situación incrementa los riesgos.
La Audiencia Nacional, por su parte, permitió finalmente el uso temporal de esos terrenos mientras continúa el procedimiento judicial, sin que esa decisión suponga un pronunciamiento definitivo sobre el fondo de las cuestiones planteadas.
El riesgo estratégico para Ceuta
Aquí es donde el análisis adquiere una dimensión que trasciende la emergencia generada por la invasión.
Si una infraestructura portuaria estratégica pierde superficie operativa, incorpora un asentamiento de gran tamaño, necesita dispositivos adicionales de seguridad y ve condicionada su actividad logística, el problema deja de ser exclusivamente humanitario y pasa a tener una dimensión económica y estratégica.
Ceuta necesita que su puerto funcione con la máxima normalidad precisamente porque carece de muchas de las alternativas económicas que tienen otras ciudades.
Mientras Tánger Med gana escala, atrae actividad y consolida su posición como plataforma internacional, Ceuta no puede permitirse que su puerto pierda capacidad operativa, seguridad o atractivo empresarial. Y es eso lo que firmado el ministro de Transporte del Gobierno Sánchez, el 'twitero' Óscar Puente.
La cuestión, por tanto, no debería formularse únicamente como si es apropiado o no utilizar suelo portuario para atender una emergencia. La pregunta estratégica es otra:
¿Puede España permitirse debilitar la principal infraestructura económica de una ciudad situada en una de sus fronteras exteriores mientras el puerto situado al otro lado del Estrecho continúa ganando dimensión internacional? Parece que lo hace a sabiendas.
La crisis generada tras la invasion añade una segunda presión
A todo ello se suma la permanencia en Ceuta de miles de personas, nadie sabe aún la cifra (51 dias después) que llegaron durante la invasión de finales de julio, ni cuántos siguen aquí.
La invasión de los días 30 y 31 de julio fue de una magnitud extraordinaria. El servicio de estudios del Parlamento Europeo estimó en torno a 80.000 las entradas desde Marruecos y calificó el episodio como una prueba para la política europea de fronteras y gestión migratoria.
Casi dos meses después, la presión continúa.
El Parlamento Europeo ha reclamado el retorno rápido y efectivo de quienes no tengan derecho a permanecer en territorio comunitario, incluidos los menores no acompañados, y ha pedido a España y Marruecos que intensifiquen la cooperación en materia de retorno y readmisión. La resolución aprobada el 17 de septiembre también reclama el respeto a la integridad territorial de los Estados miembros y considera prioritaria la protección de las fronteras exteriores de la Unión en Ceuta.
Ese pronunciamiento europeo introduce una cuestión fundamental: Ceuta no es únicamente un problema español. Es una frontera exterior de la Unión Europea.
Por ello, la gestión de la crisis no debería quedar reducida a la capacidad de una ciudad de poco más de 19 kilómetros cuadrados para absorber una presión extraordinaria.
La posición marroquí avanza y la respuesta española llega tarde
El contraste es precisamente lo que alimenta la preocupación.
Marruecos avanza en varios frentes simultáneamente: consolida alianzas internacionales, profundiza su relación con Israel, mantiene el respaldo estadounidense a su posición sobre el Sáhara y desarrolla infraestructuras portuarias y logísticas capaces de competir a escala mediterránea y africana.
España, mientras tanto, tiene que dedicar recursos extraordinarios a gestionar las consecuencias de una crisis que ha desbordado a Ceuta y ha terminado llevando parte de la emergencia al interior de su puerto.
Esto muestra un desequilibrio estratégico que España no analiza con la profundidad que se necesitaría, en funcion de las medidas ineficaces que sigue adoptando.
Una cosa es mantener una relación de cooperación con Marruecos —necesaria para España y para Europa— y otra muy diferente es que esa cooperación termine produciendo situaciones en las que una ciudad española perciba que los costes recaen sistemáticamente sobre ella.
Sobre la mesa
Ceuta se encuentra en una posición singular: es frontera española, frontera exterior de la Unión Europea, enclave situado frente a una potencia regional que está aumentando su influencia y ciudad cuyo principal puerto compite en el mismo espacio geográfico con una infraestructura como Tánger Med.
En este contexto, la política española hacia Marruecos no puede medirse únicamente por la ausencia de crisis diplomáticas.
También debe medirse por la capacidad de España para preservar sus intereses estratégicos, proteger sus fronteras, garantizar el funcionamiento de sus infraestructuras críticas y asegurar que Ceuta mantiene una posición económica viable en el Estrecho.
El Parlamento Europeo acaba de recordar que Ceuta forma parte de la frontera exterior de la Unión y ha reclamado una respuesta europea reforzada.
Lo que debería cuestionarse el Gobierno de Pedro Sánchez es, por tanto, de alcance nacional: cómo compatibilizar la cooperación con Marruecos con la defensa efectiva de los intereses españoles en Ceuta y Melilla y en el conjunto del Estrecho.
Mientras Rabat multiplica sus alianzas, consolida su posición internacional y desarrolla su plataforma logística, Ceuta afronta una crisis que amenaza con convertir una emergencia migratoria en un problema económico y estratégico de largo recorrido. Y Madrid, en paralelo ha perdido fuerza e influencia internacional.
Si España no quiere que el futuro de Ceuta quede condicionado por decisiones tomadas al otro lado de la frontera o por respuestas improvisadas desde Madrid, tendrá que abordar la cuestión con una visión que vaya mucho más allá de la gestión inmediata de la inmigración.






















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