Ramón Rodríguez Casaubón
'Hubountiempo' y la frontera emocional
Hubo un tiempo en que las noches de octubre se caracterizaban por la humedad. Noches que lentamente caminaban en busca de foscas madrugadas. Noches en las que no se sabía si soplaba el levante o por el contrario el poniente lo hacía. Noches de inquietudes, de sueños y cansancio al que se intentaba poner remedio. Noches.
Este frío no era un frío de invierno, menos aún otoñal sino uno grisáceo que intentaba colarse en el corazón. Algo muy alejado de la bruma que te envuelve hasta nublar tu visión. Era la helada certeza que transmite la inquietud. Ceuta paseaba distraída, absorta en sus pensamientos. Ensimismada, recogida en la duda. Mirando al suelo, olvidando que vivía flotando entre dos mares, custodiada por las siluetas dormidas del Monte Hacho y la Mujer Muerta.
Levante y poniente llevaban toda la vida compitiendo por ver quién de ellos enamoraba a esta tierra. Siglos imaginando que lo conseguía uno u el otro. Pero en esta ocasión la observaban con recelo. Con enorme preocupación. No la reconocían. Un estado de zozobra la envolvía. Ante la tristeza de su ciudad pactaron una tregua. Se juraron apoyarla y defenderla.
- ¡No deben olvidar quiénes son! dijo poniente refiriéndose a estas tierras tan amadas por los caballas. Para lograrlo os regalo el olor fresco del Atlántico y el eco de mi voz en forma de aura. Sois puente entre culturas y paso obligado para lograr la convivencia.
Levante también puso de su parte trayendo a la conciencia de esta perla la calidez del Mediterráneo. Una caricia templada, profunda y salada complementada con el reflejo de la luna llena en la orilla de la esperanza.
Esa misma noche. Noche de noches como las del principio del relato. Noche en la que las estrellas se escondían dejando espacio a la oscuridad del pesimismo. Esa noche ambos vientos se fundieron en un abrazo. ¡Nunca antes había sucedido! De ello ninguna tempestad nació, ni tormenta alguna apareció. En su lugar una brisa tornasolada surgió. Recorrió la piel de este bastión español: desde las Murallas Reales hasta las iluminadas calles del Revellín, colándose por las ventanas de la barriada de Hadú, acariciando las aguas del Sarchal, Benítez y Benzú. Yendo por el Príncipe y por cada rincón que un ceutí pueda nombrar. Y con gran potencia susurró al espíritu de Ceuta tres verdades que jamás debían ser olvidadas.
- La primera, el vigor de sus raíces. Que penetran hasta lo más hondo del comienzo de la Historia. Donde diversas culturas se tendieron las manos compartiendo pan, té, cuscús, hierbabuena, pinchitos y keftas, cardamomo y curry, borscht o falafel. Recordándoles que la diversidad ceutí es su mayor fortaleza.
- La segunda, la luz de su amanecer. Por muy densa que sea la niebla con la que intentan perturbar la convivencia de este pueblo el brillo de la unidad refulge apartando esta densa cortina. El sol siempre regresa a reflejarse sobre la mar para ver su rostro antes de bostezar. Ninguna sombra triunfa cuando la comunidad se siente como tal.
- La tercera, el valor de su gente. El alma de Ceuta no son sus monumentos, su política, su economía,… sino la mirada de su gente: hospitalaria, valiente y capaz de resistir cualquier temporal con una sonrisa y un gesto de ayuda al vecino.
Admitiendo que las fronteras son físicas y emocionales, no dejemos que los miedos se transformen en odio, éste en violencia y ésta en cruel y flagrante injusticia.
Los valores caballas deben ser la solidaridad y el respeto a los Derechos Humanos, para todos. Ceutíes y migrantes. ¡No neguemos que un niño es un niño rece a quién rece y venga de dónde venga!
Soul Etspes: “Quien deja que el odio lo embargue hipoteca su vida y la sociedad donde reside”.

Hubo un tiempo en que las noches de octubre se caracterizaban por la humedad. Noches que lentamente caminaban en busca de foscas madrugadas. Noches en las que no se sabía si soplaba el levante o por el contrario el poniente lo hacía. Noches de inquietudes, de sueños y cansancio al que se intentaba poner remedio. Noches.
Este frío no era un frío de invierno, menos aún otoñal sino uno grisáceo que intentaba colarse en el corazón. Algo muy alejado de la bruma que te envuelve hasta nublar tu visión. Era la helada certeza que transmite la inquietud. Ceuta paseaba distraída, absorta en sus pensamientos. Ensimismada, recogida en la duda. Mirando al suelo, olvidando que vivía flotando entre dos mares, custodiada por las siluetas dormidas del Monte Hacho y la Mujer Muerta.
Levante y poniente llevaban toda la vida compitiendo por ver quién de ellos enamoraba a esta tierra. Siglos imaginando que lo conseguía uno u el otro. Pero en esta ocasión la observaban con recelo. Con enorme preocupación. No la reconocían. Un estado de zozobra la envolvía. Ante la tristeza de su ciudad pactaron una tregua. Se juraron apoyarla y defenderla.
- ¡No deben olvidar quiénes son! dijo poniente refiriéndose a estas tierras tan amadas por los caballas. Para lograrlo os regalo el olor fresco del Atlántico y el eco de mi voz en forma de aura. Sois puente entre culturas y paso obligado para lograr la convivencia.
Levante también puso de su parte trayendo a la conciencia de esta perla la calidez del Mediterráneo. Una caricia templada, profunda y salada complementada con el reflejo de la luna llena en la orilla de la esperanza.
Esa misma noche. Noche de noches como las del principio del relato. Noche en la que las estrellas se escondían dejando espacio a la oscuridad del pesimismo. Esa noche ambos vientos se fundieron en un abrazo. ¡Nunca antes había sucedido! De ello ninguna tempestad nació, ni tormenta alguna apareció. En su lugar una brisa tornasolada surgió. Recorrió la piel de este bastión español: desde las Murallas Reales hasta las iluminadas calles del Revellín, colándose por las ventanas de la barriada de Hadú, acariciando las aguas del Sarchal, Benítez y Benzú. Yendo por el Príncipe y por cada rincón que un ceutí pueda nombrar. Y con gran potencia susurró al espíritu de Ceuta tres verdades que jamás debían ser olvidadas.
- La primera, el vigor de sus raíces. Que penetran hasta lo más hondo del comienzo de la Historia. Donde diversas culturas se tendieron las manos compartiendo pan, té, cuscús, hierbabuena, pinchitos y keftas, cardamomo y curry, borscht o falafel. Recordándoles que la diversidad ceutí es su mayor fortaleza.
- La segunda, la luz de su amanecer. Por muy densa que sea la niebla con la que intentan perturbar la convivencia de este pueblo el brillo de la unidad refulge apartando esta densa cortina. El sol siempre regresa a reflejarse sobre la mar para ver su rostro antes de bostezar. Ninguna sombra triunfa cuando la comunidad se siente como tal.
- La tercera, el valor de su gente. El alma de Ceuta no son sus monumentos, su política, su economía,… sino la mirada de su gente: hospitalaria, valiente y capaz de resistir cualquier temporal con una sonrisa y un gesto de ayuda al vecino.
Admitiendo que las fronteras son físicas y emocionales, no dejemos que los miedos se transformen en odio, éste en violencia y ésta en cruel y flagrante injusticia.
Los valores caballas deben ser la solidaridad y el respeto a los Derechos Humanos, para todos. Ceutíes y migrantes. ¡No neguemos que un niño es un niño rece a quién rece y venga de dónde venga!
Soul Etspes: “Quien deja que el odio lo embargue hipoteca su vida y la sociedad donde reside”.
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