Sandra López Cantero
¿Dónde dejamos de ser humanos?
Resulta agotador comprobar cómo en Ceuta aparecen de golpe causas sobrevenidas y sensibilidades impostadas que durante el resto del año le dan exactamente igual a buena parte de la sociedad. Estos días saltaba la imagen de un inmigrante junto a un delfín muerto en la orilla y, de la noche a la mañana, parece que media ciudad ha descubierto el maltrato animal. Yo, que llevo años implicada en esta lucha, soy la primera en condenarlo y quiero que se investigue hasta el final.
Ahora bien, ojalá semejante oleada de indignación animalista durara los trescientos sesenta y cinco días del año. Ojalá verla cuando se habla de las penosas condiciones de la Protectora y de la perrera, cuando las colonias felinas salen adelante única y exclusivamente por el dinero y las fuerzas de un puñado de voluntarias, cuando se abandonan camadas en contenedores, cuando se subvenciona la caza o cuando muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras con la foto del delfín no tienen ningún reparo moral en aplaudir una corrida de toros o los encierros de San Fermín. Parece evidente que el sufrimiento animal cotiza al alza solo cuando quien aparece en el encuadre es una persona migrante.
Ocurre con los animales y ocurre exactamente igual con las mujeres. Asistimos al espectáculo cómico y vergonzoso de ver erigirse en defensores del feminismo a quienes el resto del año niegan la violencia machista, se burlan hablando de "ideología de género" o te llaman despectivamente "feminazi" por la calle. Resulta nauseabundo que se manosee el feminismo o la causa animalista, asuntos que habitualmente desprecian, simplemente para fabricar la enésima coartada con la que criminalizar y deshumanizar en bloque a todo un colectivo. Si alguien abusa de una mujer, que se persiga al abusador, si alguien maltrata a un animal, que se castigue al maltratador. Pero si solo te descubres feminista o animalista cuando el culpable es moreno y viene del sur, el sufrimiento ajeno te da exactamente igual, lo único que te importaba era que fuera inmigrante.
Esa hipocresía selectiva retrata el clima irrespirable que padece nuestra ciudad. Cada vez que alguien levanta la voz para denunciar una agresión injustificable en una esquina, una persecución por nuestras calles o el ensañamiento con personas a las que se les arrebata lo poco que llevan encima, salta el resorte automático y ensordecedor de turno: "¿Y lo que hacen ellos? ¿Y los delitos de los inmigrantes?". Vayamos por partes y con la verdad por delante. En los juzgados de Ceuta entran a diario causas con delitos tipificados y personas que han delinquido, eso es una realidad incontestable que nadie niega ni oculta. Claro que me subleva que se apedree una furgoneta militar y claro que me repugna cualquier delito o agresión, provenga de quien provenga. Para perseguir la infracción, detener al responsable, juzgarlo y devolverlo a su país cuando la ley lo contemple están las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y los tribunales de justicia. Pero responder al delito con cacerías callejeras, linchamientos vecinales y violencia desmedida no es una respuesta inteligente ni es defensa ciudadana.
Ceuta no es racista, la inmensa mayoría de nuestra gente es noble, pacífica y sabe de sobra lo que es la convivencia. Lo que ocurre es que hay una minoría ruidosa que ha encontrado la coartada perfecta para dar rienda suelta al odio que llevaba retenido dentro.
Ceuta ha sido víctima directa de un pulso geopolítico vergonzoso que desborda una simple crisis migratoria, orquestado por el Gobierno de Marruecos al utilizar a seres humanos desesperados como ariete contra nuestra frontera. No se puede tolerar semejante chantaje ni podemos obviar de qué huyen, de la miseria absoluta, del hambre, de torturas, de abusos sexuales y de una penuria tan extrema que prefieren jugarse la vida en el mar antes que seguir en ese infierno. Vienen sabiendo que aquí pueden ser insultadas, perseguidas
o, lo que es peor, acabar muertos en el mar, y aun así cruzan. Frente a esto, la situación es insostenible y tiene que terminar. Y lo digo con total contundencia y sin ataduras de partido, se puede y se debe criticar con dureza la tardía gestión que ha llevado a cabo mi Gobierno, que no la Delegación. Pero la indignación se canaliza en las urnas o protestando en la calle, jamás impidiendo que un ser humano hambriento acceda al único trozo de comida que probará en el día, ni quemando los lugares improvisados donde duerme o arrasando sus pertenencias.
A veces, quienes alimentan la histeria colectiva suelen hablar desde la distancia y el prejuicio. Yo estoy todos los días pisando el terreno, me muevo a diario por la Protectora, por el pantano, por la barriada Postigo, bajo a las naves y me he metido en los campamentos improvisados. Me he detenido a escuchar y a acompañar a personas que lloraban de pura impotencia, y afirmo con rotundidad que jamás he sentido miedo. Y sí, que yo no haya sentido miedo no quiere decir que no comprenda, entienda y comparta el miedo de la ciudadanía, porque mi propia hija lo tiene, y yo por ella.
Pero es justo decir que no he recibido un mal gesto ni una sola mirada de desprecio, al revés, se me parte el alma comprobar cómo son ellos mismos los que se apresuran a acercarse con las manos por delante para decirte "tranquila, no te voy a hacer nada", porque tienen tan asumido el rechazo social que dan por hecho que se les mirará con asco o con hostilidad. Basta hablar con ellos diez minutos para comprender que no son distintos a nosotros y nosotras. Peligroso es el delincuente, no quien migra. Y es igual de criminal quien delinque cruzando a nado que el ceutí que incita a la violencia callejera al grito de "vamos a acabar con ellos". Sin embargo, la balanza mediática siempre está trucada, el titular escandaloso siempre será el coche militar apedreado, acto que condeno sin paliativos, pero nunca se convertirá en noticia el muchacho de dieciocho años, dos años menor que mi propia hija, al que encontré desconsolado en el puerto después de que un militar le reventara el teléfono móvil de una patada. Contar este sufrimiento no es justificar el delito, es negarse a contemplar la realidad con una venda en los ojos.
En medio de esta espiral se acosa a periodistas por informar, se nos ataca como dirección del PSOE de Ceuta, como si por estar en la ejecutiva no sintiéramos el desgarro de nuestra tierra ni necesitáramos asistencia psicológica ante el desgaste y el trauma constante que vivimos, y se criminaliza a entidades humanitarias como Cruz Roja, la misma que lleva a nuestros niños y mayores en transportes adaptados, quienes socorren con alimentos y material ortopédico a cientos de hogares caballas vulnerables, quienes protegen a las mujeres víctimas de violencia machista y quienes sostienen los operativos en cada fiesta patronal, en los incendios de nuestros montes o en tragedias como la de Valencia. Tratar de criminales al voluntariado que hoy da una cura básica y un plato de comida es una mezquindad contra la institución que jamás le ha dado la espalda a Ceuta.
Esa hipocresía colectiva se vuelve insoportable en el trato a los menores. El manido lema de "primero los nuestros y luego los de fuera" se derrumba por su propia base, si estos mismos niños hubieran huido de la guerra en Ucrania, estaríamos organizando recogidas masivas, haciendo colas para acogerlos en casa y abriéndoles con orgullo las puertas de nuestros colegios para sentarlos junto a nuestros hijos. Pero estos críos no son rubios ni tienen los ojos claros, son morenos, pobres y vienen de Marruecos. Resulta bochornoso observar la doble moral de determinadas entidades y personas que se pasan la vida pregonando la caridad cristiana: ¿a cuántos kilómetros de distancia tiene que situarse una frontera para que consideren que un ser humano deja de ser su prójimo?
Duele profundamente que casi las únicas voces que se atreven a denunciar los abusos provengan de fuera, de la península, mientras aquí buena parte de la gente buena se calla, paralizada por el hartazgo o la tensión, dejando que unos pocos monopolicen la conversación pública y normalicen el odio. Hay que romper ese muro de silencio. El miedo es comprensible ante una crisis así, lo que es inaceptable es usar ese miedo como cheque en blanco para la crueldad. Yo quiero seguridad, quiero fronteras protegidas y quiero orden para mi tierra, pero no a costa de perder la humanidad.
Resulta agotador comprobar cómo en Ceuta aparecen de golpe causas sobrevenidas y sensibilidades impostadas que durante el resto del año le dan exactamente igual a buena parte de la sociedad. Estos días saltaba la imagen de un inmigrante junto a un delfín muerto en la orilla y, de la noche a la mañana, parece que media ciudad ha descubierto el maltrato animal. Yo, que llevo años implicada en esta lucha, soy la primera en condenarlo y quiero que se investigue hasta el final.
Ahora bien, ojalá semejante oleada de indignación animalista durara los trescientos sesenta y cinco días del año. Ojalá verla cuando se habla de las penosas condiciones de la Protectora y de la perrera, cuando las colonias felinas salen adelante única y exclusivamente por el dinero y las fuerzas de un puñado de voluntarias, cuando se abandonan camadas en contenedores, cuando se subvenciona la caza o cuando muchos de los que hoy se rasgan las vestiduras con la foto del delfín no tienen ningún reparo moral en aplaudir una corrida de toros o los encierros de San Fermín. Parece evidente que el sufrimiento animal cotiza al alza solo cuando quien aparece en el encuadre es una persona migrante.
Ocurre con los animales y ocurre exactamente igual con las mujeres. Asistimos al espectáculo cómico y vergonzoso de ver erigirse en defensores del feminismo a quienes el resto del año niegan la violencia machista, se burlan hablando de "ideología de género" o te llaman despectivamente "feminazi" por la calle. Resulta nauseabundo que se manosee el feminismo o la causa animalista, asuntos que habitualmente desprecian, simplemente para fabricar la enésima coartada con la que criminalizar y deshumanizar en bloque a todo un colectivo. Si alguien abusa de una mujer, que se persiga al abusador, si alguien maltrata a un animal, que se castigue al maltratador. Pero si solo te descubres feminista o animalista cuando el culpable es moreno y viene del sur, el sufrimiento ajeno te da exactamente igual, lo único que te importaba era que fuera inmigrante.
Esa hipocresía selectiva retrata el clima irrespirable que padece nuestra ciudad. Cada vez que alguien levanta la voz para denunciar una agresión injustificable en una esquina, una persecución por nuestras calles o el ensañamiento con personas a las que se les arrebata lo poco que llevan encima, salta el resorte automático y ensordecedor de turno: "¿Y lo que hacen ellos? ¿Y los delitos de los inmigrantes?". Vayamos por partes y con la verdad por delante. En los juzgados de Ceuta entran a diario causas con delitos tipificados y personas que han delinquido, eso es una realidad incontestable que nadie niega ni oculta. Claro que me subleva que se apedree una furgoneta militar y claro que me repugna cualquier delito o agresión, provenga de quien provenga. Para perseguir la infracción, detener al responsable, juzgarlo y devolverlo a su país cuando la ley lo contemple están las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y los tribunales de justicia. Pero responder al delito con cacerías callejeras, linchamientos vecinales y violencia desmedida no es una respuesta inteligente ni es defensa ciudadana.
Ceuta no es racista, la inmensa mayoría de nuestra gente es noble, pacífica y sabe de sobra lo que es la convivencia. Lo que ocurre es que hay una minoría ruidosa que ha encontrado la coartada perfecta para dar rienda suelta al odio que llevaba retenido dentro.
Ceuta ha sido víctima directa de un pulso geopolítico vergonzoso que desborda una simple crisis migratoria, orquestado por el Gobierno de Marruecos al utilizar a seres humanos desesperados como ariete contra nuestra frontera. No se puede tolerar semejante chantaje ni podemos obviar de qué huyen, de la miseria absoluta, del hambre, de torturas, de abusos sexuales y de una penuria tan extrema que prefieren jugarse la vida en el mar antes que seguir en ese infierno. Vienen sabiendo que aquí pueden ser insultadas, perseguidas
o, lo que es peor, acabar muertos en el mar, y aun así cruzan. Frente a esto, la situación es insostenible y tiene que terminar. Y lo digo con total contundencia y sin ataduras de partido, se puede y se debe criticar con dureza la tardía gestión que ha llevado a cabo mi Gobierno, que no la Delegación. Pero la indignación se canaliza en las urnas o protestando en la calle, jamás impidiendo que un ser humano hambriento acceda al único trozo de comida que probará en el día, ni quemando los lugares improvisados donde duerme o arrasando sus pertenencias.
A veces, quienes alimentan la histeria colectiva suelen hablar desde la distancia y el prejuicio. Yo estoy todos los días pisando el terreno, me muevo a diario por la Protectora, por el pantano, por la barriada Postigo, bajo a las naves y me he metido en los campamentos improvisados. Me he detenido a escuchar y a acompañar a personas que lloraban de pura impotencia, y afirmo con rotundidad que jamás he sentido miedo. Y sí, que yo no haya sentido miedo no quiere decir que no comprenda, entienda y comparta el miedo de la ciudadanía, porque mi propia hija lo tiene, y yo por ella.
Pero es justo decir que no he recibido un mal gesto ni una sola mirada de desprecio, al revés, se me parte el alma comprobar cómo son ellos mismos los que se apresuran a acercarse con las manos por delante para decirte "tranquila, no te voy a hacer nada", porque tienen tan asumido el rechazo social que dan por hecho que se les mirará con asco o con hostilidad. Basta hablar con ellos diez minutos para comprender que no son distintos a nosotros y nosotras. Peligroso es el delincuente, no quien migra. Y es igual de criminal quien delinque cruzando a nado que el ceutí que incita a la violencia callejera al grito de "vamos a acabar con ellos". Sin embargo, la balanza mediática siempre está trucada, el titular escandaloso siempre será el coche militar apedreado, acto que condeno sin paliativos, pero nunca se convertirá en noticia el muchacho de dieciocho años, dos años menor que mi propia hija, al que encontré desconsolado en el puerto después de que un militar le reventara el teléfono móvil de una patada. Contar este sufrimiento no es justificar el delito, es negarse a contemplar la realidad con una venda en los ojos.
En medio de esta espiral se acosa a periodistas por informar, se nos ataca como dirección del PSOE de Ceuta, como si por estar en la ejecutiva no sintiéramos el desgarro de nuestra tierra ni necesitáramos asistencia psicológica ante el desgaste y el trauma constante que vivimos, y se criminaliza a entidades humanitarias como Cruz Roja, la misma que lleva a nuestros niños y mayores en transportes adaptados, quienes socorren con alimentos y material ortopédico a cientos de hogares caballas vulnerables, quienes protegen a las mujeres víctimas de violencia machista y quienes sostienen los operativos en cada fiesta patronal, en los incendios de nuestros montes o en tragedias como la de Valencia. Tratar de criminales al voluntariado que hoy da una cura básica y un plato de comida es una mezquindad contra la institución que jamás le ha dado la espalda a Ceuta.
Esa hipocresía colectiva se vuelve insoportable en el trato a los menores. El manido lema de "primero los nuestros y luego los de fuera" se derrumba por su propia base, si estos mismos niños hubieran huido de la guerra en Ucrania, estaríamos organizando recogidas masivas, haciendo colas para acogerlos en casa y abriéndoles con orgullo las puertas de nuestros colegios para sentarlos junto a nuestros hijos. Pero estos críos no son rubios ni tienen los ojos claros, son morenos, pobres y vienen de Marruecos. Resulta bochornoso observar la doble moral de determinadas entidades y personas que se pasan la vida pregonando la caridad cristiana: ¿a cuántos kilómetros de distancia tiene que situarse una frontera para que consideren que un ser humano deja de ser su prójimo?
Duele profundamente que casi las únicas voces que se atreven a denunciar los abusos provengan de fuera, de la península, mientras aquí buena parte de la gente buena se calla, paralizada por el hartazgo o la tensión, dejando que unos pocos monopolicen la conversación pública y normalicen el odio. Hay que romper ese muro de silencio. El miedo es comprensible ante una crisis así, lo que es inaceptable es usar ese miedo como cheque en blanco para la crueldad. Yo quiero seguridad, quiero fronteras protegidas y quiero orden para mi tierra, pero no a costa de perder la humanidad.
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