Antonio Palomar García
¿El 20? ¿El 23? ¿Otra vez?
El día 20, ¿otra vez? ¿Otra vez los ceutíes con el alma en vilo? Y si no es el 20 ¿será el 23? ¿Así tienen que vivir en Ceuta? ¿Así tiene que seguir viviendo? ¿Hasta cuándo? ¿Para qué sirvió tanto español en las calles? La solidaridad es sólo el apoyo de unos españoles hacia otros, pero no soluciona nada. Quien debe aportar soluciones, no hace más que fijar entre la población caballa a la marabunta de invasores que, desde el 30 de julio, permanece en territorio español porque las leyes que ellos se pasaron por el forro, ahora les amparan y les dan un cobijo que se les negó a quienes votaron para que legislarán en su favor, se suponía.
Como se supone que alguien, alguna vez, en algún sitio tendrá la gallardía, por no decir otra cosa, de garantizar la seguridad de nuestras fronteras y, por ende, de los españoles dentro de las mismas. Mas, como diría un conocido pregonero, no tengo cambio a la vista...
España anda en manos de unos pocos de secuaces, sobre los que ronda la sombra de la traición, afanados de desmerecer y derruir todo lo que suene a español, más aún si cabe, con un moro amenazando, desconocemos con qué, al cabecilla de todos aquellos, ya saben, ese al que en las concentraciones del pasado día 2 le gritaban su nombre, ya saben, eso que suena en corridas de toros, partidos de fútbol, conciertos, etcétera.
Entre esos secuaces de un lado y otro de la frontera, se reparten la siembra de la semilla del desistimiento, el que pretenden de los ceutíes en busca de entregar expedita su tierra secular y profundamente española en suelo africano. Peligroso empeño. Tanto como inútil, porque el caballa no es caballa sino en su tierra.
Entretanto, la soluciones sólo se aportan en sentido contrario al que buscan nuestros paisanos de Ceuta. Todo es inversión para que se asienten los invasores, en esa especie de campamentos de concentración o salas de espera de vuelos, barcazas o lanchas rápidas que les traigan hasta el litoral peninsular y, a partir de ahí, el resto lo conocen: regulaciones, reconocimiento de derechos, y otras gracias que concederles al calor del bolsillo de quienes, porque ya conocemos el paño, nos temíamos todo esto.
La cuestión es el día 20 y/o el 23, y los siguientes, porque la amenaza no cesa. Los medios moros no paran de jalear a los suyos, y nuestro gobierno parece no ser nuestro, si no más bien el perfecto súbdito al servicio de su amo. Ni una queja, ni una respuesta. Ni una palabra más alta que otra porque... ¿porque puede ser peor?
Así no vamos a ningún lado. Si acaso a esperar que todo vaya a peor, y que la respuesta deje atrás la pancarta y las consignas a coro para... para que todo se encaminé por donde nadie desea, pero ante lo que nadie asume las decisiones que el pueblo espera.
El 20 y/o el 23 se atisban en el horizonte, como se otean y terminan viéndose en las calles a diario decenas de nuevos invasores, y nadie garantiza que no volveremos a quedarnos perplejos ante la inacción activa de los nuestros, quienes quizá nunca ha sido tan nuestros.
El día 20, ¿otra vez? ¿Otra vez los ceutíes con el alma en vilo? Y si no es el 20 ¿será el 23? ¿Así tienen que vivir en Ceuta? ¿Así tiene que seguir viviendo? ¿Hasta cuándo? ¿Para qué sirvió tanto español en las calles? La solidaridad es sólo el apoyo de unos españoles hacia otros, pero no soluciona nada. Quien debe aportar soluciones, no hace más que fijar entre la población caballa a la marabunta de invasores que, desde el 30 de julio, permanece en territorio español porque las leyes que ellos se pasaron por el forro, ahora les amparan y les dan un cobijo que se les negó a quienes votaron para que legislarán en su favor, se suponía.
Como se supone que alguien, alguna vez, en algún sitio tendrá la gallardía, por no decir otra cosa, de garantizar la seguridad de nuestras fronteras y, por ende, de los españoles dentro de las mismas. Mas, como diría un conocido pregonero, no tengo cambio a la vista...
España anda en manos de unos pocos de secuaces, sobre los que ronda la sombra de la traición, afanados de desmerecer y derruir todo lo que suene a español, más aún si cabe, con un moro amenazando, desconocemos con qué, al cabecilla de todos aquellos, ya saben, ese al que en las concentraciones del pasado día 2 le gritaban su nombre, ya saben, eso que suena en corridas de toros, partidos de fútbol, conciertos, etcétera.
Entre esos secuaces de un lado y otro de la frontera, se reparten la siembra de la semilla del desistimiento, el que pretenden de los ceutíes en busca de entregar expedita su tierra secular y profundamente española en suelo africano. Peligroso empeño. Tanto como inútil, porque el caballa no es caballa sino en su tierra.
Entretanto, la soluciones sólo se aportan en sentido contrario al que buscan nuestros paisanos de Ceuta. Todo es inversión para que se asienten los invasores, en esa especie de campamentos de concentración o salas de espera de vuelos, barcazas o lanchas rápidas que les traigan hasta el litoral peninsular y, a partir de ahí, el resto lo conocen: regulaciones, reconocimiento de derechos, y otras gracias que concederles al calor del bolsillo de quienes, porque ya conocemos el paño, nos temíamos todo esto.
La cuestión es el día 20 y/o el 23, y los siguientes, porque la amenaza no cesa. Los medios moros no paran de jalear a los suyos, y nuestro gobierno parece no ser nuestro, si no más bien el perfecto súbdito al servicio de su amo. Ni una queja, ni una respuesta. Ni una palabra más alta que otra porque... ¿porque puede ser peor?
Así no vamos a ningún lado. Si acaso a esperar que todo vaya a peor, y que la respuesta deje atrás la pancarta y las consignas a coro para... para que todo se encaminé por donde nadie desea, pero ante lo que nadie asume las decisiones que el pueblo espera.
El 20 y/o el 23 se atisban en el horizonte, como se otean y terminan viéndose en las calles a diario decenas de nuevos invasores, y nadie garantiza que no volveremos a quedarnos perplejos ante la inacción activa de los nuestros, quienes quizá nunca ha sido tan nuestros.
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