CeutaAhora
Ceuta será la tumba del Sanchismo
El abandono de una ciudad española, la incapacidad para responder a una crisis sin precedentes y la indignación que ha recorrido las calles de todo el país pueden convertir el sufrimiento de Ceuta en el principio del fin político de Pedro Sánchez
Ceuta ha sufrido. Ceuta sigue sufriendo. Y quizá sea precisamente ese sufrimiento, impuesto a una ciudad española abandonada a su suerte, el que termine provocando una reacción nacional de consecuencias políticas imprevisibles.
Lo ocurrido en Ceuta no puede reducirse a una crisis migratoria ni esconderse detrás de las habituales declaraciones burocráticas, promesas de reuniones o balances oficiales que nadie reconoce en la realidad. Ceuta ha padecido y padece una situación excepcional que ha desbordado sus recursos, tensionado sus servicios públicos y alterado profundamente la vida cotidiana de miles de ciudadanos. Y ante todo ello, España ha visto cómo su Gobierno parecía incapaz de ofrecer una respuesta proporcional a la gravedad de los acontecimientos.
Lo más doloroso no ha sido únicamente la dimensión de la crisis. Ha sido la sensación de abandono.
Cuando un territorio español atraviesa una situación límite, su Gobierno tiene la obligación de estar presente. Con medios, con decisiones y, sobre todo, con autoridad. No basta con comparecer cuando la presión política lo exige. No basta con enviar mensajes tranquilizadores mientras los ciudadanos contemplan una realidad completamente distinta. Gobernar es asumir responsabilidades cuando las cosas se complican, no administrar el relato mientras otros soportan las consecuencias. Y Ceuta ha soportado demasiadas.
La ciudad ha tenido que hacer frente a una presión extraordinaria sobre sus recursos, sus servicios y sus instituciones. Los profesionales de la seguridad, la sanidad, la educación y los servicios sociales han trabajado en circunstancias excepcionales. Los ceutíes han visto cómo su vida cotidiana quedaba condicionada por una crisis cuya magnitud exigía una respuesta inmediata del Estado.
Pero ¿dónde estaba el Gobierno? Ayer, miles y miles de ciudadanos respondieron desde las calles. Ceuta habló. Y España escuchó, pero España tambien se sumó, reaccionó y llenó calles y plazas por la indignacion por el abandono mostrado a un territorio español.
La movilización no fue únicamente una protesta local. Las concentraciones celebradas en distintos puntos del país demostraron que muchos españoles han entendido algo fundamental: lo que ocurre en Ceuta no es un problema de los ceutíes. Es un problema de España.
Cuando se abandona a Ceuta, se abandona una parte del territorio nacional. Cuando se permite que una ciudad soporte sola una crisis que excede por completo sus capacidades, se está enviando un mensaje devastador al conjunto de los españoles: hay territorios que parecen importar menos cuando llega el momento de asumir responsabilidades.
Por eso el grito que resonó en las calles tiene una dimensión que va mucho más allá de una consigna política. «Ceuta será la tumba del Sanchismo», clamaban miles de personas. Y quizá convenga que Pedro Sánchez escuche.
No porque una manifestación derribe gobiernos. No porque una consigna determine por sí sola el futuro político de un país. Sino porque las sociedades acumulan agravios, frustraciones y decepciones hasta que llega un momento en el que dejan de aceptar explicaciones.
El problema del sanchismo no es únicamente su gestión de Ceuta. Ceuta puede convertirse, sin embargo, en el símbolo de todo aquello que una buena parte de España reprocha a Pedro Sánchez: la distancia entre el discurso oficial y la realidad, la permanente construcción de un relato, la ausencia de responsabilidades políticas y una forma de ejercer el poder que parece convencida de que resistir equivale a gobernar.
Pero resistir no siempre es vencer. Un presidente puede sobrevivir a una crisis política. Puede superar una derrota parlamentaria. Puede soportar críticas, escándalos y protestas. Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir al momento en que una sociedad empieza a percibir que quien gobierna ha dejado de comprenderla. Ceuta puede ser ese momento.
La ciudad que desde siglos ha demostrado una lealtad incuestionable a España se ha sentido abandonada precisamente cuando más necesitaba al Estado. Y esa herida no se cerrará con una visita institucional, una rueda de prensa o una nueva promesa de ayudas, o una comparecencia mentirosa en el Congreso.
Hace falta asumir responsabilidades. Hace falta reconocer errores. Hace falta devolver a los ceutíes la seguridad de que nunca más estarán solos ante una crisis de semejante dimensión.
Pedro Sánchez no puede seguir escondiéndose detrás de ministros, delegaciones y comunicados. La responsabilidad política tiene un nombre y un despacho. El presidente del Gobierno no puede pretender ser ajeno a lo ocurrido en un territorio que forma parte de la nación que gobierna. Ceuta ha pagado un precio demasiado alto.
Pero quizá de ese sufrimiento nazca algo más grande. Quizá la reacción que comenzó en las calles de la ciudad y se extendió por distintos rincones de España marque un punto de inflexión. Quizá Ceuta haya conseguido despertar una conciencia nacional que durante demasiado tiempo permaneció anestesiada.
España se echó a la calle por Ceuta. Y también contra una forma de entender el poder que muchos ciudadanos consideran agotada. La democracia dispone de sus mecanismos. Las urnas, las instituciones y la voluntad popular son las únicas herramientas legítimas para decidir el futuro de un Gobierno. Pero ningún poder es eterno cuando pierde la confianza de quienes lo sostienen.
Pedro Sánchez puede intentar resistir. Puede prolongar su permanencia en La Moncloa. Puede volver a recurrir a la propaganda, al enfrentamiento y a la construcción permanente de enemigos. Pero Ceuta ya ha hablado.
Y cuando una ciudad española abandonada consigue convertir su dolor en una causa nacional, algo empieza a cambiar. El sufrimiento de Ceuta no debería haber sido necesario. Ninguna ciudad española tendría que llegar al límite para ser escuchada. Pero si de esta tragedia política y social surge una España más consciente de la necesidad de defender su territorio, de exigir responsabilidades a sus gobernantes y de no tolerar el abandono de ninguno de sus ciudadanos, entonces el sacrificio de Ceuta habrá tenido una consecuencia histórica.
Ayer se escuchó en las calles un grito que resume la indignación de miles de españoles: «Ceuta será la tumba del Sanchismo». El tiempo dirá si aquella consigna fue una expresión de rabia o el anuncio de un cambio político. Lo que ya nadie puede negar es que Ceuta ha dejado de estar sola. Y que quienes abandonaron a Ceuta deberán, tarde o temprano, responder por su traición ante los jueces, la historia y ante las urnas.
Ceuta ha sufrido. Ceuta sigue sufriendo. Y quizá sea precisamente ese sufrimiento, impuesto a una ciudad española abandonada a su suerte, el que termine provocando una reacción nacional de consecuencias políticas imprevisibles.
Lo ocurrido en Ceuta no puede reducirse a una crisis migratoria ni esconderse detrás de las habituales declaraciones burocráticas, promesas de reuniones o balances oficiales que nadie reconoce en la realidad. Ceuta ha padecido y padece una situación excepcional que ha desbordado sus recursos, tensionado sus servicios públicos y alterado profundamente la vida cotidiana de miles de ciudadanos. Y ante todo ello, España ha visto cómo su Gobierno parecía incapaz de ofrecer una respuesta proporcional a la gravedad de los acontecimientos.
Lo más doloroso no ha sido únicamente la dimensión de la crisis. Ha sido la sensación de abandono.
Cuando un territorio español atraviesa una situación límite, su Gobierno tiene la obligación de estar presente. Con medios, con decisiones y, sobre todo, con autoridad. No basta con comparecer cuando la presión política lo exige. No basta con enviar mensajes tranquilizadores mientras los ciudadanos contemplan una realidad completamente distinta. Gobernar es asumir responsabilidades cuando las cosas se complican, no administrar el relato mientras otros soportan las consecuencias. Y Ceuta ha soportado demasiadas.
La ciudad ha tenido que hacer frente a una presión extraordinaria sobre sus recursos, sus servicios y sus instituciones. Los profesionales de la seguridad, la sanidad, la educación y los servicios sociales han trabajado en circunstancias excepcionales. Los ceutíes han visto cómo su vida cotidiana quedaba condicionada por una crisis cuya magnitud exigía una respuesta inmediata del Estado.
Pero ¿dónde estaba el Gobierno? Ayer, miles y miles de ciudadanos respondieron desde las calles. Ceuta habló. Y España escuchó, pero España tambien se sumó, reaccionó y llenó calles y plazas por la indignacion por el abandono mostrado a un territorio español.
La movilización no fue únicamente una protesta local. Las concentraciones celebradas en distintos puntos del país demostraron que muchos españoles han entendido algo fundamental: lo que ocurre en Ceuta no es un problema de los ceutíes. Es un problema de España.
Cuando se abandona a Ceuta, se abandona una parte del territorio nacional. Cuando se permite que una ciudad soporte sola una crisis que excede por completo sus capacidades, se está enviando un mensaje devastador al conjunto de los españoles: hay territorios que parecen importar menos cuando llega el momento de asumir responsabilidades.
Por eso el grito que resonó en las calles tiene una dimensión que va mucho más allá de una consigna política. «Ceuta será la tumba del Sanchismo», clamaban miles de personas. Y quizá convenga que Pedro Sánchez escuche.
No porque una manifestación derribe gobiernos. No porque una consigna determine por sí sola el futuro político de un país. Sino porque las sociedades acumulan agravios, frustraciones y decepciones hasta que llega un momento en el que dejan de aceptar explicaciones.
El problema del sanchismo no es únicamente su gestión de Ceuta. Ceuta puede convertirse, sin embargo, en el símbolo de todo aquello que una buena parte de España reprocha a Pedro Sánchez: la distancia entre el discurso oficial y la realidad, la permanente construcción de un relato, la ausencia de responsabilidades políticas y una forma de ejercer el poder que parece convencida de que resistir equivale a gobernar.
Pero resistir no siempre es vencer. Un presidente puede sobrevivir a una crisis política. Puede superar una derrota parlamentaria. Puede soportar críticas, escándalos y protestas. Lo que resulta mucho más difícil es sobrevivir al momento en que una sociedad empieza a percibir que quien gobierna ha dejado de comprenderla. Ceuta puede ser ese momento.
La ciudad que desde siglos ha demostrado una lealtad incuestionable a España se ha sentido abandonada precisamente cuando más necesitaba al Estado. Y esa herida no se cerrará con una visita institucional, una rueda de prensa o una nueva promesa de ayudas, o una comparecencia mentirosa en el Congreso.
Hace falta asumir responsabilidades. Hace falta reconocer errores. Hace falta devolver a los ceutíes la seguridad de que nunca más estarán solos ante una crisis de semejante dimensión.
Pedro Sánchez no puede seguir escondiéndose detrás de ministros, delegaciones y comunicados. La responsabilidad política tiene un nombre y un despacho. El presidente del Gobierno no puede pretender ser ajeno a lo ocurrido en un territorio que forma parte de la nación que gobierna. Ceuta ha pagado un precio demasiado alto.
Pero quizá de ese sufrimiento nazca algo más grande. Quizá la reacción que comenzó en las calles de la ciudad y se extendió por distintos rincones de España marque un punto de inflexión. Quizá Ceuta haya conseguido despertar una conciencia nacional que durante demasiado tiempo permaneció anestesiada.
España se echó a la calle por Ceuta. Y también contra una forma de entender el poder que muchos ciudadanos consideran agotada. La democracia dispone de sus mecanismos. Las urnas, las instituciones y la voluntad popular son las únicas herramientas legítimas para decidir el futuro de un Gobierno. Pero ningún poder es eterno cuando pierde la confianza de quienes lo sostienen.
Pedro Sánchez puede intentar resistir. Puede prolongar su permanencia en La Moncloa. Puede volver a recurrir a la propaganda, al enfrentamiento y a la construcción permanente de enemigos. Pero Ceuta ya ha hablado.
Y cuando una ciudad española abandonada consigue convertir su dolor en una causa nacional, algo empieza a cambiar. El sufrimiento de Ceuta no debería haber sido necesario. Ninguna ciudad española tendría que llegar al límite para ser escuchada. Pero si de esta tragedia política y social surge una España más consciente de la necesidad de defender su territorio, de exigir responsabilidades a sus gobernantes y de no tolerar el abandono de ninguno de sus ciudadanos, entonces el sacrificio de Ceuta habrá tenido una consecuencia histórica.
Ayer se escuchó en las calles un grito que resume la indignación de miles de españoles: «Ceuta será la tumba del Sanchismo». El tiempo dirá si aquella consigna fue una expresión de rabia o el anuncio de un cambio político. Lo que ya nadie puede negar es que Ceuta ha dejado de estar sola. Y que quienes abandonaron a Ceuta deberán, tarde o temprano, responder por su traición ante los jueces, la historia y ante las urnas.
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