Argel 1962. 1 millón de europeos tuvieron que regresar al continente por la imposibilidad de seguir viviendo, acosados por la ingente masa africana que se les vino encima
Raoul S. Zeller
Ceuta y la batalla por la voluntad de permanecer
La historia demuestra que para alterar profundamente la composición humana de un territorio no siempre es necesario expulsar físicamente a su población. En determinadas circunstancias basta con destruir algo mucho más intangible, su confianza en el futuro. Cuando una comunidad empieza a considerar que permanecer en su tierra significa vivir sometida permanentemente a la inseguridad, la incertidumbre y el abandono, comienza un proceso psicológico que puede terminar teniendo consecuencias demográficas y territoriales. No hace falta obligar a nadie a marcharse si se consigue que quedarse parezca cada día una decisión menos razonable.
El precedente de los Pieds-Noirs en la Argelia francesa resulta especialmente interesante para comprender este mecanismo. Evidentemente, la Argelia de 1962 y la Ceuta española actual constituyen realidades históricas y políticas diferentes. La comparación no pretende equipararlas, sino estudiar el mecanismo psicológico que puede operar sobre una población europea asentada en un territorio africano cuando comienza a percibir que su seguridad, su estabilidad y su futuro están amenazados. Durante buena parte de la guerra de Argelia, numerosos europeos argelinos continuaron convencidos de que permanecerían allí. Habían nacido en aquella tierra, sus familias llevaban generaciones viviendo en ella y toda su existencia estaba construida alrededor de esa permanencia. Para comprender el éxodo posterior hay que explicar cómo una población convencida de quedarse terminó llegando masivamente a la conclusión contraria.
Los acontecimientos de marzo de 1962 tuvieron un impacto devastador. Los combates de Bab el-Oued y, especialmente, los disparos del Ejército francés contra manifestantes europeos en la rue d'Isly el 26 de marzo quebraron para muchos Pieds-Noirs el último vínculo psicológico con el Estado francés. La percepción resultante era demoledora. Francia no solamente se marchaba, sino que además había dejado de ser percibida como garantía de protección. A partir de ese momento comenzó a actuar con enorme fuerza el miedo anticipatorio. Para abandonar un territorio no es necesario haber sufrido personalmente una agresión. Basta con considerar razonablemente que puede producirse mañana. Los rumores, las noticias sobre asesinatos y desapariciones, la violencia acumulada, la incertidumbre respecto al futuro y finalmente la marcha de familiares y vecinos construyeron una percepción colectiva en la que permanecer parecía cada vez más arriesgado.
Después apareció el efecto cascada. Cuando comenzaron a marcharse decenas de miles de personas, el propio éxodo se convirtió en una señal de peligro. Cerraban establecimientos, desaparecían redes profesionales, se marchaban familiares, amigos y compañeros de trabajo. Cada salida aumentaba indirectamente las posibilidades de la siguiente. La confianza se convirtió en inseguridad, la inseguridad en miedo, el miedo en sensación de abandono, el abandono en ausencia de expectativas y finalmente la ausencia de futuro desembocó en el éxodo.
Salvando las evidentes distancias históricas, ahí aparece una reflexión que Ceuta no puede permitirse ignorar. Una ciudad fronteriza puede soportar una crisis puntual e incluso recuperarse rápidamente de ella. El verdadero problema comienza cuando sus habitantes dejan de interpretar cada episodio como excepcional y empiezan a considerarlo parte de una sucesión indefinida. Normalidad, irrupción de la crisis, miedo, recuperación parcial, nueva crisis, anticipación de la siguiente, estrés permanente, pérdida de confianza, desesperanza y finalmente búsqueda de una salida. El elemento decisivo deja entonces de ser aquello que está sucediendo hoy y pasa a ser aquello que el ciudadano teme que vuelva a suceder mañana.
Cuando una población contempla repetidamente situaciones de presión fronteriza, saturación de determinados espacios, alteración de la normalidad cotidiana, incidentes recurrentes y una respuesta institucional que percibe como insuficiente, puede producirse una transformación profunda de sus expectativas. El ciudadano deja de preguntarse cuándo terminará la crisis actual y comienza a preguntarse cuánto falta para la siguiente. Desde ese momento la inseguridad empieza a condicionar decisiones estructurales. Dónde comprar una vivienda, dónde abrir un negocio, dónde invertir los ahorros, dónde educar a los hijos o dónde pasar la jubilación. Cuando esas preguntas comienzan a responderse sistemáticamente fuera de Ceuta, el problema deja de ser exclusivamente migratorio o de seguridad y comienza a adquirir una dimensión demográfica y territorial.
Aquí aparece la analogía psicológica más inquietante con los Pieds-Noirs. No es necesario expulsar físicamente a una población cuando se consigue deteriorar suficientemente su percepción del futuro para que marcharse empiece a parecer más racional que permanecer. Y existe una segunda fase todavía más peligrosa. Inicialmente el miedo se dirige hacia aquello que el ciudadano identifica como origen inmediato de la inseguridad. Sin embargo, cuando las crisis se repiten, ese miedo termina desplazándose hacia la desconfianza en las propias instituciones. Primero se piensa que algo grave está sucediendo. Después se asume que puede volver a suceder. Finalmente se llega a la conclusión de que quienes deberían impedirlo no pueden o no quieren hacerlo. Ese tercer estadio constituye la auténtica fractura psicológica.
Precisamente ahí debe introducirse el concepto de guerra híbrida. Marruecos ha demostrado históricamente que comprende perfectamente el valor político de la presión sobre Ceuta y Melilla y la capacidad de utilizar instrumentos diferentes de la confrontación militar convencional. La utilización instrumental de los movimientos migratorios, la presión fronteriza, la coerción económica, la desinformación o las operaciones de influencia encajan dentro del repertorio que la literatura estratégica contemporánea estudia bajo conceptos como coerción híbrida o actuación en la zona gris. Una población civil no necesita ser atacada militarmente para sufrir efectos estratégicos. Puede ser sometida a una presión continuada capaz de deteriorar su confianza, incrementar su sensación de vulnerabilidad y erosionar progresivamente su voluntad de permanencia.
El mecanismo psicológico resulta reconocible. Inseguridad, reiteración, imprevisibilidad, saturación, percepción de desprotección, pérdida de confianza institucional, ausencia de expectativas y finalmente erosión de la voluntad de permanencia. Lo verdaderamente preocupante es que los efectos pueden producirse con independencia de que podamos demostrar que cada episodio responde a un plan centralizado específicamente concebido para provocarlos. La existencia de esos efectos es objetivamente aprovechable por cualquier actor que tenga interés estratégico en debilitar la vinculación de una población con el territorio que habita. Atribuir directamente cada acontecimiento a los servicios de inteligencia marroquíes exigiría pruebas concretas, pero ignorar que Marruecos puede beneficiarse estratégicamente del desgaste psicológico y demográfico de Ceuta sería igualmente irresponsable.
La experiencia de los Pieds-Noirs demuestra además que existe un momento crítico en el que el proceso comienza a retroalimentarse. Cuando determinadas familias se marchan, otras empiezan a planteárselo. Cuando determinados profesionales abandonan la ciudad, disminuyen las expectativas de quienes permanecen. Cuando los jóvenes empiezan a contemplar sistemáticamente su futuro fuera, el envejecimiento y el debilitamiento demográfico aceleran el proceso. Cuando invertir fuera empieza a parecer más seguro que hacerlo dentro, comienza también una descapitalización económica y emocional del territorio. Entonces ya no estamos hablando únicamente de inmigración. Estamos hablando de permanencia.
Ésta es la cuestión que debería preocupar verdaderamente a quienes tienen responsabilidades sobre Ceuta. La seguridad de una frontera no se mide solamente contando cuántas personas consiguen atravesarla. También debe medirse observando qué efectos produce cada crisis sobre quienes viven detrás de ella. Si después de cada episodio queda una nueva capa de miedo, frustración, incertidumbre y desconfianza, existe un desgaste acumulativo que puede terminar siendo mucho más importante estratégicamente que cualquier incidente concreto.
Las fronteras no se defienden únicamente con vallas, policías, soldados o tratados internacionales. También se defienden manteniendo la confianza de quienes viven detrás de ellas. Una población permanece mientras considera que tiene futuro. Cuando comienza a pensar que sus hijos vivirán mejor fuera, que su patrimonio estará más seguro fuera, que sus negocios tendrán mejores perspectivas fuera y que la siguiente crisis solamente es cuestión de tiempo, empieza una retirada silenciosa que ninguna estadística fronteriza registra inmediatamente.
Por eso la pregunta verdaderamente importante no es únicamente cuántas personas han entrado irregularmente en Ceuta durante una determinada crisis. La pregunta estratégica es cuántos ceutíes, después de contemplar lo sucedido, han empezado a pensar seriamente en marcharse. Cuando una población pierde primero la seguridad, después la confianza y finalmente la esperanza en el futuro, el territorio puede comenzar a vaciarse mucho antes de que cambie una sola línea en el mapa.
Ésa es la lección que deberíamos aprender del drama de los Pieds-Noirs. La batalla decisiva por un territorio no siempre comienza con su ocupación física. Puede comenzar mucho antes, cuando quienes lo habitan empiezan a perder la voluntad de permanecer en él.
La historia demuestra que para alterar profundamente la composición humana de un territorio no siempre es necesario expulsar físicamente a su población. En determinadas circunstancias basta con destruir algo mucho más intangible, su confianza en el futuro. Cuando una comunidad empieza a considerar que permanecer en su tierra significa vivir sometida permanentemente a la inseguridad, la incertidumbre y el abandono, comienza un proceso psicológico que puede terminar teniendo consecuencias demográficas y territoriales. No hace falta obligar a nadie a marcharse si se consigue que quedarse parezca cada día una decisión menos razonable.
El precedente de los Pieds-Noirs en la Argelia francesa resulta especialmente interesante para comprender este mecanismo. Evidentemente, la Argelia de 1962 y la Ceuta española actual constituyen realidades históricas y políticas diferentes. La comparación no pretende equipararlas, sino estudiar el mecanismo psicológico que puede operar sobre una población europea asentada en un territorio africano cuando comienza a percibir que su seguridad, su estabilidad y su futuro están amenazados. Durante buena parte de la guerra de Argelia, numerosos europeos argelinos continuaron convencidos de que permanecerían allí. Habían nacido en aquella tierra, sus familias llevaban generaciones viviendo en ella y toda su existencia estaba construida alrededor de esa permanencia. Para comprender el éxodo posterior hay que explicar cómo una población convencida de quedarse terminó llegando masivamente a la conclusión contraria.
Los acontecimientos de marzo de 1962 tuvieron un impacto devastador. Los combates de Bab el-Oued y, especialmente, los disparos del Ejército francés contra manifestantes europeos en la rue d'Isly el 26 de marzo quebraron para muchos Pieds-Noirs el último vínculo psicológico con el Estado francés. La percepción resultante era demoledora. Francia no solamente se marchaba, sino que además había dejado de ser percibida como garantía de protección. A partir de ese momento comenzó a actuar con enorme fuerza el miedo anticipatorio. Para abandonar un territorio no es necesario haber sufrido personalmente una agresión. Basta con considerar razonablemente que puede producirse mañana. Los rumores, las noticias sobre asesinatos y desapariciones, la violencia acumulada, la incertidumbre respecto al futuro y finalmente la marcha de familiares y vecinos construyeron una percepción colectiva en la que permanecer parecía cada vez más arriesgado.
Después apareció el efecto cascada. Cuando comenzaron a marcharse decenas de miles de personas, el propio éxodo se convirtió en una señal de peligro. Cerraban establecimientos, desaparecían redes profesionales, se marchaban familiares, amigos y compañeros de trabajo. Cada salida aumentaba indirectamente las posibilidades de la siguiente. La confianza se convirtió en inseguridad, la inseguridad en miedo, el miedo en sensación de abandono, el abandono en ausencia de expectativas y finalmente la ausencia de futuro desembocó en el éxodo.
Salvando las evidentes distancias históricas, ahí aparece una reflexión que Ceuta no puede permitirse ignorar. Una ciudad fronteriza puede soportar una crisis puntual e incluso recuperarse rápidamente de ella. El verdadero problema comienza cuando sus habitantes dejan de interpretar cada episodio como excepcional y empiezan a considerarlo parte de una sucesión indefinida. Normalidad, irrupción de la crisis, miedo, recuperación parcial, nueva crisis, anticipación de la siguiente, estrés permanente, pérdida de confianza, desesperanza y finalmente búsqueda de una salida. El elemento decisivo deja entonces de ser aquello que está sucediendo hoy y pasa a ser aquello que el ciudadano teme que vuelva a suceder mañana.
Cuando una población contempla repetidamente situaciones de presión fronteriza, saturación de determinados espacios, alteración de la normalidad cotidiana, incidentes recurrentes y una respuesta institucional que percibe como insuficiente, puede producirse una transformación profunda de sus expectativas. El ciudadano deja de preguntarse cuándo terminará la crisis actual y comienza a preguntarse cuánto falta para la siguiente. Desde ese momento la inseguridad empieza a condicionar decisiones estructurales. Dónde comprar una vivienda, dónde abrir un negocio, dónde invertir los ahorros, dónde educar a los hijos o dónde pasar la jubilación. Cuando esas preguntas comienzan a responderse sistemáticamente fuera de Ceuta, el problema deja de ser exclusivamente migratorio o de seguridad y comienza a adquirir una dimensión demográfica y territorial.
Aquí aparece la analogía psicológica más inquietante con los Pieds-Noirs. No es necesario expulsar físicamente a una población cuando se consigue deteriorar suficientemente su percepción del futuro para que marcharse empiece a parecer más racional que permanecer. Y existe una segunda fase todavía más peligrosa. Inicialmente el miedo se dirige hacia aquello que el ciudadano identifica como origen inmediato de la inseguridad. Sin embargo, cuando las crisis se repiten, ese miedo termina desplazándose hacia la desconfianza en las propias instituciones. Primero se piensa que algo grave está sucediendo. Después se asume que puede volver a suceder. Finalmente se llega a la conclusión de que quienes deberían impedirlo no pueden o no quieren hacerlo. Ese tercer estadio constituye la auténtica fractura psicológica.
Precisamente ahí debe introducirse el concepto de guerra híbrida. Marruecos ha demostrado históricamente que comprende perfectamente el valor político de la presión sobre Ceuta y Melilla y la capacidad de utilizar instrumentos diferentes de la confrontación militar convencional. La utilización instrumental de los movimientos migratorios, la presión fronteriza, la coerción económica, la desinformación o las operaciones de influencia encajan dentro del repertorio que la literatura estratégica contemporánea estudia bajo conceptos como coerción híbrida o actuación en la zona gris. Una población civil no necesita ser atacada militarmente para sufrir efectos estratégicos. Puede ser sometida a una presión continuada capaz de deteriorar su confianza, incrementar su sensación de vulnerabilidad y erosionar progresivamente su voluntad de permanencia.
El mecanismo psicológico resulta reconocible. Inseguridad, reiteración, imprevisibilidad, saturación, percepción de desprotección, pérdida de confianza institucional, ausencia de expectativas y finalmente erosión de la voluntad de permanencia. Lo verdaderamente preocupante es que los efectos pueden producirse con independencia de que podamos demostrar que cada episodio responde a un plan centralizado específicamente concebido para provocarlos. La existencia de esos efectos es objetivamente aprovechable por cualquier actor que tenga interés estratégico en debilitar la vinculación de una población con el territorio que habita. Atribuir directamente cada acontecimiento a los servicios de inteligencia marroquíes exigiría pruebas concretas, pero ignorar que Marruecos puede beneficiarse estratégicamente del desgaste psicológico y demográfico de Ceuta sería igualmente irresponsable.
La experiencia de los Pieds-Noirs demuestra además que existe un momento crítico en el que el proceso comienza a retroalimentarse. Cuando determinadas familias se marchan, otras empiezan a planteárselo. Cuando determinados profesionales abandonan la ciudad, disminuyen las expectativas de quienes permanecen. Cuando los jóvenes empiezan a contemplar sistemáticamente su futuro fuera, el envejecimiento y el debilitamiento demográfico aceleran el proceso. Cuando invertir fuera empieza a parecer más seguro que hacerlo dentro, comienza también una descapitalización económica y emocional del territorio. Entonces ya no estamos hablando únicamente de inmigración. Estamos hablando de permanencia.
Ésta es la cuestión que debería preocupar verdaderamente a quienes tienen responsabilidades sobre Ceuta. La seguridad de una frontera no se mide solamente contando cuántas personas consiguen atravesarla. También debe medirse observando qué efectos produce cada crisis sobre quienes viven detrás de ella. Si después de cada episodio queda una nueva capa de miedo, frustración, incertidumbre y desconfianza, existe un desgaste acumulativo que puede terminar siendo mucho más importante estratégicamente que cualquier incidente concreto.
Las fronteras no se defienden únicamente con vallas, policías, soldados o tratados internacionales. También se defienden manteniendo la confianza de quienes viven detrás de ellas. Una población permanece mientras considera que tiene futuro. Cuando comienza a pensar que sus hijos vivirán mejor fuera, que su patrimonio estará más seguro fuera, que sus negocios tendrán mejores perspectivas fuera y que la siguiente crisis solamente es cuestión de tiempo, empieza una retirada silenciosa que ninguna estadística fronteriza registra inmediatamente.
Por eso la pregunta verdaderamente importante no es únicamente cuántas personas han entrado irregularmente en Ceuta durante una determinada crisis. La pregunta estratégica es cuántos ceutíes, después de contemplar lo sucedido, han empezado a pensar seriamente en marcharse. Cuando una población pierde primero la seguridad, después la confianza y finalmente la esperanza en el futuro, el territorio puede comenzar a vaciarse mucho antes de que cambie una sola línea en el mapa.
Ésa es la lección que deberíamos aprender del drama de los Pieds-Noirs. La batalla decisiva por un territorio no siempre comienza con su ocupación física. Puede comenzar mucho antes, cuando quienes lo habitan empiezan a perder la voluntad de permanecer en él.
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