Editorial
Sánchez se planta ante Italia y se encoge ante Marruecos: la incomprensible respuesta del Gobierno a la crisis de Ceuta
El Ejecutivo exhibe contundencia con un socio europeo por proteger su frontera Schengen mientras mantiene una respuesta diplomática inexplicablemente tibia ante la entrada masiva de personas en territorio español
Hay momentos en los que la política exterior de un país deja de ser una cuestión de matices diplomáticos y se convierte en una cuestión de dignidad nacional. La crisis vivida en Ceuta a finales de julio es uno de esos momentos. Y la actuación del Gobierno de Pedro Sánchez está dejando una pregunta cada vez más difícil de esquivar: ¿por qué España parece mucho más contundente con Italia que con Marruecos?
La contradicción es tan evidente como preocupante.
Ante Italia, un socio de la Unión Europea, el Gobierno español eleva el tono por las medidas adoptadas para reforzar temporalmente los controles en el espacio Schengen. Ante Marruecos, en cambio, después de la entrada masiva de decenas de miles de personas en Ceuta y de una crisis que puso en jaque la capacidad de respuesta de las administraciones españolas, la reacción diplomática de España ha resultado extraordinariamente contenida. Mucho músculo con Roma y demasiada prudencia con Rabat
Ese es el retrato que está proyectando el Ejecutivo.
¿Dónde está la respuesta de España a Marruecos?
La cuestión no es reclamar una ruptura con Marruecos ni provocar una crisis diplomática innecesaria. La cuestión es mucho más sencilla: cuando la frontera de España es desbordada, el Estado debe responder como Estado.
Ceuta es España. Su frontera es española y, al mismo tiempo, frontera exterior de la Unión Europea.
Por eso, si lo sucedido durante los días 30 y 31 de julio alcanzó las dimensiones denunciadas por las autoridades y distintos sectores políticos, sociales y policiales, la respuesta de Madrid debería haber estado a la altura de la gravedad de los acontecimientos.
Y, sin embargo, resulta llamativo el contraste con la actitud exhibida frente a Italia.
¿Dónde está la contundencia diplomática con Marruecos? ¿Dónde están las explicaciones exigidas públicamente? ¿Dónde está una respuesta política inequívoca que deje claro que una frontera española no puede quedar expuesta de esta manera? ¿Dónde está la comparecencia del Gobierno para explicar qué falló y quién asume responsabilidades?
La ciudadanía de Ceuta lleva días esperando respuestas.
Italia protege su frontera y España parece enfadarse
El episodio con Italia resulta todavía más difícil de comprender en este contexto.
Italia adopta medidas preventivas para proteger su frontera y garantizar el funcionamiento del espacio Schengen y el Gobierno español reacciona con firmeza.
Pero cuando la crisis afecta directamente a España, la vara de medir parece cambiar.
España reclama a un socio europeo que no adopte determinadas medidas de control mientras, al mismo tiempo, miles de personas que entraron irregularmente en Ceuta siguen siendo objeto de una gestión que continúa generando enormes interrogantes.
La paradoja evidentemente es demoledora: España parece estar más preocupada por explicar a Italia cómo debe controlar su frontera que por explicar a los españoles cómo pudo producirse el desbordamiento de la frontera de Ceuta.
Y eso no es una política exterior coherente. Es una política exterior que transmite desconcierto y confirma lo errático de 'Al-Bares' como prestigitador de pacotilla de un Sánchez noqueado.
La comparación que Moncloa debería evitar
El Gobierno debería preguntarse qué imagen está trasladando.
Porque desde fuera puede parecer que España es capaz de ejercer presión política sobre un país aliado de la Unión Europea, pero evita cualquier gesto de máxima firmeza hacia Marruecos, un vecino estratégico con el que mantiene importantes intereses económicos, migratorios y diplomáticos, o ¿hay algo más que todo eso?
Precisamente por esa relación, la exigencia debería ser todavía mayor, o no porque no se pudiera.
Un socio estratégico no es un socio al que se le consiente todo. Al contrario: la verdadera fortaleza diplomática consiste en poder mantener una relación de cooperación y, al mismo tiempo, defender con firmeza los intereses nacionales, a no ser que lo que interese sea defender el interés propio.
España puede y debe cooperar con Marruecos sin renunciar a defender su soberanía, sus fronteras y la seguridad de sus ciudadanos.
Lo que no puede hacer es transmitir la sensación de que la cooperación bilateral obliga a guardar silencio cuando una ciudad española afronta una crisis de esta magnitud. ¿Es que Sánchez es rehén y con él arrastra a los ceutíes?
El Gobierno controla al viajero europeo, pero no explica quién sigue dentro de Ceuta
La contradicción alcanza incluso al terreno práctico.
España mantiene controles y exigencias documentales a quienes llegan legalmente desde otros países europeos, mientras continúa afrontando dificultades para identificar y gestionar a las personas que permanecen en Ceuta después de la entrada masiva.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede ser más sencillo controlar al ciudadano que llega legalmente desde Italia que identificar a quien ha entrado irregularmente en territorio español?
No se trata de cuestionar los derechos que asisten a cualquier persona. Se trata de algo elemental en cualquier Estado de derecho: saber quién está dentro del territorio nacional, en qué situación administrativa se encuentra y qué procedimiento corresponde aplicar en cada caso.
Un país no puede desaparecer de su propia frontera
Lo más preocupante de todo este episodio es la sensación de vacío político que deja.
Los policías, guardias civiles, militares, servicios de emergencia, trabajadores sociales y empleados públicos han tenido que afrontar las consecuencias de una situación extraordinaria. Ceuta ha tenido que resistir y lo sigue haciendo con sus propios medios mientras reclama ayuda y soluciones.
Pero la frontera de Ceuta no puede depender únicamente de la capacidad de resistencia de los ceutíes.
La frontera de Ceuta es una frontera de España. Y cuando esa frontera es puesta bajo una presión extraordinaria, tiene que aparecer España, tiene que aparecer, por ende, Europa.
Tiene que aparecer el Gobierno. Tiene que aparecer la diplomacia. Tiene que aparecer la Unión Europea. Tiene que aparecer el Estado.
Y, sobre todo, tiene que aparecer una política clara.
Sánchez está dejando a España en evidencia
Pedro Sánchez puede intentar presentar la crisis como un episodio migratorio más o refugiarse en la diplomacia de la prudencia-cobardía. Pero hay acontecimientos que obligan a levantar la mirada.
Lo ocurrido en Ceuta exige una explicación política mucho más profunda: cómo se produjo, qué información tenía el Gobierno, qué falló en la prevención, qué medidas se han adoptado para impedir que vuelva a suceder y qué respuesta diplomática ha dado España a Marruecos.
Porque mientras esas preguntas sigan sin una respuesta convincente, la imagen que queda es la de un Ejecutivo que se muestra firme con Italia y extraordinariamente cauteloso con Marruecos.
Y esa diferencia de trato es precisamente lo que está convirtiendo la crisis de Ceuta en algo más que una emergencia migratoria.
Es una cuestión de autoridad del Estado.
Es una cuestión de soberanía.
Es una cuestión de seguridad.
Y es, sobre todo, una cuestión de credibilidad.
España no puede exigir a sus socios europeos que protejan sus fronteras mientras da la impresión de no haber sabido proteger la suya.
Mucho menos puede permitirse el lujo de enfrentarse diplomáticamente con quienes intentan reforzar el espacio Schengen mientras guarda silencio o mantiene una respuesta insuficiente ante quien está al otro lado de la frontera de Ceuta.
La diplomacia no consiste en ser duro con los amigos y prudente con los problemas. Consiste en defender los intereses de España ante todos.
Y en Ceuta, después de lo sucedido, el Gobierno de Sánchez tiene todavía una respuesta pendiente.
Una respuesta a los ceutíes.
Una respuesta a España.
Y una respuesta, sobre todo, a Marruecos.

Hay momentos en los que la política exterior de un país deja de ser una cuestión de matices diplomáticos y se convierte en una cuestión de dignidad nacional. La crisis vivida en Ceuta a finales de julio es uno de esos momentos. Y la actuación del Gobierno de Pedro Sánchez está dejando una pregunta cada vez más difícil de esquivar: ¿por qué España parece mucho más contundente con Italia que con Marruecos?
La contradicción es tan evidente como preocupante.
Ante Italia, un socio de la Unión Europea, el Gobierno español eleva el tono por las medidas adoptadas para reforzar temporalmente los controles en el espacio Schengen. Ante Marruecos, en cambio, después de la entrada masiva de decenas de miles de personas en Ceuta y de una crisis que puso en jaque la capacidad de respuesta de las administraciones españolas, la reacción diplomática de España ha resultado extraordinariamente contenida. Mucho músculo con Roma y demasiada prudencia con Rabat
Ese es el retrato que está proyectando el Ejecutivo.
¿Dónde está la respuesta de España a Marruecos?
La cuestión no es reclamar una ruptura con Marruecos ni provocar una crisis diplomática innecesaria. La cuestión es mucho más sencilla: cuando la frontera de España es desbordada, el Estado debe responder como Estado.
Ceuta es España. Su frontera es española y, al mismo tiempo, frontera exterior de la Unión Europea.
Por eso, si lo sucedido durante los días 30 y 31 de julio alcanzó las dimensiones denunciadas por las autoridades y distintos sectores políticos, sociales y policiales, la respuesta de Madrid debería haber estado a la altura de la gravedad de los acontecimientos.
Y, sin embargo, resulta llamativo el contraste con la actitud exhibida frente a Italia.
¿Dónde está la contundencia diplomática con Marruecos? ¿Dónde están las explicaciones exigidas públicamente? ¿Dónde está una respuesta política inequívoca que deje claro que una frontera española no puede quedar expuesta de esta manera? ¿Dónde está la comparecencia del Gobierno para explicar qué falló y quién asume responsabilidades?
La ciudadanía de Ceuta lleva días esperando respuestas.
Italia protege su frontera y España parece enfadarse
El episodio con Italia resulta todavía más difícil de comprender en este contexto.
Italia adopta medidas preventivas para proteger su frontera y garantizar el funcionamiento del espacio Schengen y el Gobierno español reacciona con firmeza.
Pero cuando la crisis afecta directamente a España, la vara de medir parece cambiar.
España reclama a un socio europeo que no adopte determinadas medidas de control mientras, al mismo tiempo, miles de personas que entraron irregularmente en Ceuta siguen siendo objeto de una gestión que continúa generando enormes interrogantes.
La paradoja evidentemente es demoledora: España parece estar más preocupada por explicar a Italia cómo debe controlar su frontera que por explicar a los españoles cómo pudo producirse el desbordamiento de la frontera de Ceuta.
Y eso no es una política exterior coherente. Es una política exterior que transmite desconcierto y confirma lo errático de 'Al-Bares' como prestigitador de pacotilla de un Sánchez noqueado.
La comparación que Moncloa debería evitar
El Gobierno debería preguntarse qué imagen está trasladando.
Porque desde fuera puede parecer que España es capaz de ejercer presión política sobre un país aliado de la Unión Europea, pero evita cualquier gesto de máxima firmeza hacia Marruecos, un vecino estratégico con el que mantiene importantes intereses económicos, migratorios y diplomáticos, o ¿hay algo más que todo eso?
Precisamente por esa relación, la exigencia debería ser todavía mayor, o no porque no se pudiera.
Un socio estratégico no es un socio al que se le consiente todo. Al contrario: la verdadera fortaleza diplomática consiste en poder mantener una relación de cooperación y, al mismo tiempo, defender con firmeza los intereses nacionales, a no ser que lo que interese sea defender el interés propio.
España puede y debe cooperar con Marruecos sin renunciar a defender su soberanía, sus fronteras y la seguridad de sus ciudadanos.
Lo que no puede hacer es transmitir la sensación de que la cooperación bilateral obliga a guardar silencio cuando una ciudad española afronta una crisis de esta magnitud. ¿Es que Sánchez es rehén y con él arrastra a los ceutíes?
El Gobierno controla al viajero europeo, pero no explica quién sigue dentro de Ceuta
La contradicción alcanza incluso al terreno práctico.
España mantiene controles y exigencias documentales a quienes llegan legalmente desde otros países europeos, mientras continúa afrontando dificultades para identificar y gestionar a las personas que permanecen en Ceuta después de la entrada masiva.
La pregunta es inevitable: ¿cómo puede ser más sencillo controlar al ciudadano que llega legalmente desde Italia que identificar a quien ha entrado irregularmente en territorio español?
No se trata de cuestionar los derechos que asisten a cualquier persona. Se trata de algo elemental en cualquier Estado de derecho: saber quién está dentro del territorio nacional, en qué situación administrativa se encuentra y qué procedimiento corresponde aplicar en cada caso.
Un país no puede desaparecer de su propia frontera
Lo más preocupante de todo este episodio es la sensación de vacío político que deja.
Los policías, guardias civiles, militares, servicios de emergencia, trabajadores sociales y empleados públicos han tenido que afrontar las consecuencias de una situación extraordinaria. Ceuta ha tenido que resistir y lo sigue haciendo con sus propios medios mientras reclama ayuda y soluciones.
Pero la frontera de Ceuta no puede depender únicamente de la capacidad de resistencia de los ceutíes.
La frontera de Ceuta es una frontera de España. Y cuando esa frontera es puesta bajo una presión extraordinaria, tiene que aparecer España, tiene que aparecer, por ende, Europa.
Tiene que aparecer el Gobierno. Tiene que aparecer la diplomacia. Tiene que aparecer la Unión Europea. Tiene que aparecer el Estado.
Y, sobre todo, tiene que aparecer una política clara.
Sánchez está dejando a España en evidencia
Pedro Sánchez puede intentar presentar la crisis como un episodio migratorio más o refugiarse en la diplomacia de la prudencia-cobardía. Pero hay acontecimientos que obligan a levantar la mirada.
Lo ocurrido en Ceuta exige una explicación política mucho más profunda: cómo se produjo, qué información tenía el Gobierno, qué falló en la prevención, qué medidas se han adoptado para impedir que vuelva a suceder y qué respuesta diplomática ha dado España a Marruecos.
Porque mientras esas preguntas sigan sin una respuesta convincente, la imagen que queda es la de un Ejecutivo que se muestra firme con Italia y extraordinariamente cauteloso con Marruecos.
Y esa diferencia de trato es precisamente lo que está convirtiendo la crisis de Ceuta en algo más que una emergencia migratoria.
Es una cuestión de autoridad del Estado.
Es una cuestión de soberanía.
Es una cuestión de seguridad.
Y es, sobre todo, una cuestión de credibilidad.
España no puede exigir a sus socios europeos que protejan sus fronteras mientras da la impresión de no haber sabido proteger la suya.
Mucho menos puede permitirse el lujo de enfrentarse diplomáticamente con quienes intentan reforzar el espacio Schengen mientras guarda silencio o mantiene una respuesta insuficiente ante quien está al otro lado de la frontera de Ceuta.
La diplomacia no consiste en ser duro con los amigos y prudente con los problemas. Consiste en defender los intereses de España ante todos.
Y en Ceuta, después de lo sucedido, el Gobierno de Sánchez tiene todavía una respuesta pendiente.
Una respuesta a los ceutíes.
Una respuesta a España.
Y una respuesta, sobre todo, a Marruecos.




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