Vasco de Ataide
Ceuta en el ojo del huracán
Durante demasiado tiempo España ha contemplado Ceuta como una cuestión periférica, casi exclusivamente local, reducida al debate sobre inmigración, frontera, financiación autonómica o relaciones de vecindad con Marruecos. Esa visión ha quedado definitivamente superada por los acontecimientos. La aceleración de la crisis internacional está devolviendo al Estrecho de Gibraltar la importancia estratégica que nunca perdió y, con ella, Ceuta aparece situada en medio de una de las grandes encrucijadas geopolíticas de nuestro tiempo. En un mundo que vuelve a organizarse alrededor de bloques enfrentados, conflictos regionales y una creciente competencia entre grandes potencias, los estrechos marítimos recuperan su condición histórica de piezas fundamentales del tablero mundial. Ormuz, Bab el-Mandeb, Malaca, Suez y Gibraltar son auténticos cuellos de botella por los que circulan energía, mercancías, fuerzas militares y una parte sustancial de los flujos económicos que sostienen el comercio mundial. El Estrecho de Gibraltar tiene además una singularidad excepcional. Une el Mediterráneo y el Atlántico, separa Europa y África y constituye una de las principales puertas de acceso al espacio mediterráneo. Su seguridad, por tanto, hace mucho tiempo que dejó de ser una cuestión exclusivamente española. Y Ceuta se encuentra exactamente en el centro de ese escenario.
Situada en la orilla meridional del Estrecho, frente a Gibraltar, junto a algunas de las principales rutas marítimas internacionales y a escasa distancia del gigantesco complejo portuario de Tánger Med, Ceuta posee un valor estratégico incomparablemente superior a sus reducidas dimensiones territoriales. Es territorio español y europeo en África, se encuentra junto a uno de los pasos marítimos fundamentales del planeta y forma parte de un espacio en el que confluyen los intereses de España, Marruecos, Estados Unidos, Reino Unido, la Unión Europea y la OTAN. A ello se añade una circunstancia imposible de ignorar. Mientras Gibraltar continúa siendo un territorio cuya soberanía reclama España, Marruecos mantiene sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla. Dos disputas territoriales históricas enfrentadas en apenas unos kilómetros y situadas precisamente sobre uno de los corredores marítimos más importantes del mundo.
Nada de esto es nuevo. Lo verdaderamente nuevo es el escenario internacional que rodea actualmente al Estrecho. La guerra en Oriente Próximo, las tensiones en el Golfo Pérsico, la inseguridad en el mar Rojo, la guerra de Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China, la expansión de Rusia en África y la creciente inestabilidad del Sahel han devuelto a la geografía su papel determinante en las relaciones internacionales. Las grandes potencias vuelven a mirar los mapas y, cuando lo hacen, los estrechos, los puertos, las bases militares y los territorios capaces de garantizar el control de las rutas marítimas recuperan inmediatamente su importancia. En ese mapa aparecen Gibraltar, Rota, Morón, Canarias, Marruecos y, necesariamente, Ceuta.
Es precisamente en este momento cuando la política exterior de Pedro Sánchez está provocando un deterioro de la confianza entre España y algunos de sus principales aliados, especialmente Estados Unidos. Las discrepancias sobre el esfuerzo militar, los continuos desencuentros en política internacional y las diferencias surgidas alrededor de la utilización de las bases españolas han dejado de ser episodios aislados. El problema comienza cuando Washington puede llegar a plantearse si España continuará siendo un socio plenamente fiable cuando sus intereses estratégicos exijan decisiones rápidas en medio de una crisis. Rota y Morón no son simples instalaciones militares situadas en territorio español. Constituyen piezas fundamentales del dispositivo occidental que conecta Estados Unidos con Europa, África, el Mediterráneo y Oriente Próximo. Introducir incertidumbre sobre su utilización significa introducir incertidumbre sobre uno de los principales corredores estratégicos occidentales.
La cuestión adquiere todavía mayor importancia cuando Estados Unidos comienza a señalar abiertamente el Estrecho de Gibraltar entre aquellos espacios susceptibles de convertirse en escenarios críticos dentro de futuros conflictos internacionales. Gibraltar vuelve a aparecer en el mismo razonamiento estratégico que otros grandes pasos marítimos como Ormuz o Malaca. Esto debería encender todas las alarmas en España. Cuando la primera potencia militar mundial vuelve su mirada hacia el Estrecho no lo hace por curiosidad geográfica. Lo hace porque considera imprescindible garantizar que una de las principales puertas del Mediterráneo permanezca abierta, segura y bajo control de aliados fiables.
Y mientras España deteriora su posición, Marruecos desarrolla desde hace años una estrategia exactamente contraria. Rabat ha entendido perfectamente el nuevo escenario internacional. Ha reforzado sus relaciones militares y diplomáticas con Estados Unidos, ha profundizado su cooperación con Israel, ha modernizado aceleradamente sus Fuerzas Armadas y ha convertido su posición geográfica en uno de sus principales activos políticos. Al mismo tiempo, Tánger Med se ha consolidado como una infraestructura portuaria de dimensión mundial situada a escasos kilómetros de nuestras costas. Marruecos quiere presentarse ante Washington y ante las grandes potencias occidentales como el socio estable, previsible y necesario del norte de África. Y cada error de la política exterior española facilita ese objetivo.
En este contexto, la reciente crisis sufrida por Ceuta adquiere una dimensión completamente diferente. La frontera española ha demostrado nuevamente hasta qué punto puede convertirse en un instrumento de presión sobre España y, por extensión, sobre Europa. Ya ocurrió en mayo de 2021 y los acontecimientos recientes vuelven a demostrar la extraordinaria vulnerabilidad que supone depender de la voluntad marroquí para contener los movimientos migratorios en su territorio. Una frontera exterior europea situada junto a uno de los principales corredores estratégicos del planeta puede verse sometida en cuestión de horas a una presión humana extraordinaria. El problema deja entonces de ser exclusivamente migratorio. Se convierte en un problema de seguridad, soberanía y estabilidad internacional.
Ese es precisamente el cambio que muchos todavía parecen incapaces de comprender. Ceuta ya no puede analizarse solamente desde Madrid, Rabat o Bruselas. Su situación comienza inevitablemente a ser observada también desde Washington, Londres y desde cualquier capital interesada en garantizar la seguridad del Mediterráneo occidental. Ceuta deja de ser únicamente aquella pequeña ciudad española del norte de África que aparecía periódicamente en los medios por cuestiones fronterizas. Es una pieza territorial situada en la orilla africana del Estrecho, frente a Gibraltar, junto a Tánger Med y en las inmediaciones de una de las principales arterias comerciales y militares del planeta.
Pedro Sánchez está convirtiendo así una cuestión de política exterior española en un problema de confianza estratégica internacional. España debería representar justamente lo contrario. Nuestra posición geográfica, nuestras bases militares, Canarias, Ceuta, Melilla y nuestra presencia sobre el Estrecho deberían convertirnos en uno de los pilares más sólidos de la arquitectura occidental de seguridad. España posee una importancia geopolítica extraordinariamente superior a su peso económico o demográfico precisamente gracias a su posición. Pero la geografía solamente constituye una ventaja cuando existe detrás un Estado capaz de transmitir estabilidad, firmeza y confianza a sus aliados.
El verdadero riesgo comienza cuando nuestros socios empiezan a separar ambas cosas. Cuando consideran imprescindible la posición geográfica de España, pero comienzan a albergar dudas sobre la fiabilidad política del Gobierno encargado de gestionarla. Cuando necesitan Rota pero desconfían de Madrid. Cuando necesitan garantizar el acceso al Mediterráneo pero observan una creciente inestabilidad alrededor del Estrecho. Cuando contemplan cómo Marruecos fortalece sus relaciones con Washington mientras España acumula desencuentros con Estados Unidos. En ese momento Ceuta puede dejar de ser percibida únicamente como un activo estratégico español para empezar a ser contemplada también como un posible punto de vulnerabilidad dentro de un espacio absolutamente esencial para la seguridad occidental.
Mientras España pierde capacidad de influencia, Marruecos ocupa espacios. Mientras el Gobierno de Sánchez convierte demasiadas veces la política exterior en una prolongación de sus posiciones ideológicas, Rabat desarrolla una política de Estado pensada a décadas. Mientras nosotros seguimos discutiendo sobre Ceuta en términos casi exclusivamente locales, otros contemplan el Estrecho como lo que realmente es, una de las grandes arterias estratégicas del planeta. Marruecos conoce perfectamente el valor de Ceuta. Estados Unidos conoce perfectamente el valor del Estrecho. Reino Unido lleva tres siglos demostrando que conoce perfectamente el valor de Gibraltar. Resultaría incomprensible que España fuese la única incapaz de entender la dimensión de lo que tiene entre manos.
Por eso la cuestión de Ceuta ha cambiado definitivamente de escala. Ya no basta con preguntarse qué pretende Marruecos. Debemos preguntarnos también qué percepción están construyendo nuestros aliados sobre la capacidad española para garantizar permanentemente la seguridad y estabilidad de este espacio. Ceuta se encuentra frente a Gibraltar, junto a Tánger Med, en la entrada del Mediterráneo, en territorio español y europeo sobre el continente africano y sometida a una reivindicación territorial permanente por parte de Marruecos. A todo ello se suma ahora una presión migratoria utilizada recurrentemente como elemento de tensión, el creciente poder militar y diplomático marroquí, el fortalecimiento de las relaciones entre Rabat y Washington y el deterioro de las relaciones entre Washington y el Gobierno de Pedro Sánchez.
La acumulación de todos estos factores configura una situación que España no puede permitirse ignorar. Defender Ceuta ya no significa únicamente proteger una frontera nacional. Significa garantizar la estabilidad de la orilla sur de uno de los corredores marítimos más importantes del mundo. Significa seguridad española, mediterránea, europea y atlántica. Significa demostrar que España continúa siendo capaz de garantizar por sí misma la soberanía y estabilidad de un territorio situado en uno de los lugares estratégicamente más sensibles del planeta.
Ceuta ha dejado de ser periferia. Se encuentra en el centro de un tablero internacional cada vez más peligroso y en el que las grandes potencias vuelven a pensar en términos de territorio, bases, rutas marítimas y áreas de influencia. El problema es que mientras el mundo redescubre el extraordinario valor estratégico del Estrecho, Pedro Sánchez está debilitando la confianza internacional en España precisamente cuando más necesitamos fortalecerla. Y cuando las grandes potencias empiezan a preguntarse quién puede garantizar de manera fiable la seguridad de un espacio estratégico, el problema deja de ser exclusivamente diplomático.
Ese es el verdadero peligro que hoy se cierne sobre Ceuta.
Durante demasiado tiempo España ha contemplado Ceuta como una cuestión periférica, casi exclusivamente local, reducida al debate sobre inmigración, frontera, financiación autonómica o relaciones de vecindad con Marruecos. Esa visión ha quedado definitivamente superada por los acontecimientos. La aceleración de la crisis internacional está devolviendo al Estrecho de Gibraltar la importancia estratégica que nunca perdió y, con ella, Ceuta aparece situada en medio de una de las grandes encrucijadas geopolíticas de nuestro tiempo. En un mundo que vuelve a organizarse alrededor de bloques enfrentados, conflictos regionales y una creciente competencia entre grandes potencias, los estrechos marítimos recuperan su condición histórica de piezas fundamentales del tablero mundial. Ormuz, Bab el-Mandeb, Malaca, Suez y Gibraltar son auténticos cuellos de botella por los que circulan energía, mercancías, fuerzas militares y una parte sustancial de los flujos económicos que sostienen el comercio mundial. El Estrecho de Gibraltar tiene además una singularidad excepcional. Une el Mediterráneo y el Atlántico, separa Europa y África y constituye una de las principales puertas de acceso al espacio mediterráneo. Su seguridad, por tanto, hace mucho tiempo que dejó de ser una cuestión exclusivamente española. Y Ceuta se encuentra exactamente en el centro de ese escenario.
Situada en la orilla meridional del Estrecho, frente a Gibraltar, junto a algunas de las principales rutas marítimas internacionales y a escasa distancia del gigantesco complejo portuario de Tánger Med, Ceuta posee un valor estratégico incomparablemente superior a sus reducidas dimensiones territoriales. Es territorio español y europeo en África, se encuentra junto a uno de los pasos marítimos fundamentales del planeta y forma parte de un espacio en el que confluyen los intereses de España, Marruecos, Estados Unidos, Reino Unido, la Unión Europea y la OTAN. A ello se añade una circunstancia imposible de ignorar. Mientras Gibraltar continúa siendo un territorio cuya soberanía reclama España, Marruecos mantiene sus reivindicaciones sobre Ceuta y Melilla. Dos disputas territoriales históricas enfrentadas en apenas unos kilómetros y situadas precisamente sobre uno de los corredores marítimos más importantes del mundo.
Nada de esto es nuevo. Lo verdaderamente nuevo es el escenario internacional que rodea actualmente al Estrecho. La guerra en Oriente Próximo, las tensiones en el Golfo Pérsico, la inseguridad en el mar Rojo, la guerra de Ucrania, la rivalidad entre Estados Unidos y China, la expansión de Rusia en África y la creciente inestabilidad del Sahel han devuelto a la geografía su papel determinante en las relaciones internacionales. Las grandes potencias vuelven a mirar los mapas y, cuando lo hacen, los estrechos, los puertos, las bases militares y los territorios capaces de garantizar el control de las rutas marítimas recuperan inmediatamente su importancia. En ese mapa aparecen Gibraltar, Rota, Morón, Canarias, Marruecos y, necesariamente, Ceuta.
Es precisamente en este momento cuando la política exterior de Pedro Sánchez está provocando un deterioro de la confianza entre España y algunos de sus principales aliados, especialmente Estados Unidos. Las discrepancias sobre el esfuerzo militar, los continuos desencuentros en política internacional y las diferencias surgidas alrededor de la utilización de las bases españolas han dejado de ser episodios aislados. El problema comienza cuando Washington puede llegar a plantearse si España continuará siendo un socio plenamente fiable cuando sus intereses estratégicos exijan decisiones rápidas en medio de una crisis. Rota y Morón no son simples instalaciones militares situadas en territorio español. Constituyen piezas fundamentales del dispositivo occidental que conecta Estados Unidos con Europa, África, el Mediterráneo y Oriente Próximo. Introducir incertidumbre sobre su utilización significa introducir incertidumbre sobre uno de los principales corredores estratégicos occidentales.
La cuestión adquiere todavía mayor importancia cuando Estados Unidos comienza a señalar abiertamente el Estrecho de Gibraltar entre aquellos espacios susceptibles de convertirse en escenarios críticos dentro de futuros conflictos internacionales. Gibraltar vuelve a aparecer en el mismo razonamiento estratégico que otros grandes pasos marítimos como Ormuz o Malaca. Esto debería encender todas las alarmas en España. Cuando la primera potencia militar mundial vuelve su mirada hacia el Estrecho no lo hace por curiosidad geográfica. Lo hace porque considera imprescindible garantizar que una de las principales puertas del Mediterráneo permanezca abierta, segura y bajo control de aliados fiables.
Y mientras España deteriora su posición, Marruecos desarrolla desde hace años una estrategia exactamente contraria. Rabat ha entendido perfectamente el nuevo escenario internacional. Ha reforzado sus relaciones militares y diplomáticas con Estados Unidos, ha profundizado su cooperación con Israel, ha modernizado aceleradamente sus Fuerzas Armadas y ha convertido su posición geográfica en uno de sus principales activos políticos. Al mismo tiempo, Tánger Med se ha consolidado como una infraestructura portuaria de dimensión mundial situada a escasos kilómetros de nuestras costas. Marruecos quiere presentarse ante Washington y ante las grandes potencias occidentales como el socio estable, previsible y necesario del norte de África. Y cada error de la política exterior española facilita ese objetivo.
En este contexto, la reciente crisis sufrida por Ceuta adquiere una dimensión completamente diferente. La frontera española ha demostrado nuevamente hasta qué punto puede convertirse en un instrumento de presión sobre España y, por extensión, sobre Europa. Ya ocurrió en mayo de 2021 y los acontecimientos recientes vuelven a demostrar la extraordinaria vulnerabilidad que supone depender de la voluntad marroquí para contener los movimientos migratorios en su territorio. Una frontera exterior europea situada junto a uno de los principales corredores estratégicos del planeta puede verse sometida en cuestión de horas a una presión humana extraordinaria. El problema deja entonces de ser exclusivamente migratorio. Se convierte en un problema de seguridad, soberanía y estabilidad internacional.
Ese es precisamente el cambio que muchos todavía parecen incapaces de comprender. Ceuta ya no puede analizarse solamente desde Madrid, Rabat o Bruselas. Su situación comienza inevitablemente a ser observada también desde Washington, Londres y desde cualquier capital interesada en garantizar la seguridad del Mediterráneo occidental. Ceuta deja de ser únicamente aquella pequeña ciudad española del norte de África que aparecía periódicamente en los medios por cuestiones fronterizas. Es una pieza territorial situada en la orilla africana del Estrecho, frente a Gibraltar, junto a Tánger Med y en las inmediaciones de una de las principales arterias comerciales y militares del planeta.
Pedro Sánchez está convirtiendo así una cuestión de política exterior española en un problema de confianza estratégica internacional. España debería representar justamente lo contrario. Nuestra posición geográfica, nuestras bases militares, Canarias, Ceuta, Melilla y nuestra presencia sobre el Estrecho deberían convertirnos en uno de los pilares más sólidos de la arquitectura occidental de seguridad. España posee una importancia geopolítica extraordinariamente superior a su peso económico o demográfico precisamente gracias a su posición. Pero la geografía solamente constituye una ventaja cuando existe detrás un Estado capaz de transmitir estabilidad, firmeza y confianza a sus aliados.
El verdadero riesgo comienza cuando nuestros socios empiezan a separar ambas cosas. Cuando consideran imprescindible la posición geográfica de España, pero comienzan a albergar dudas sobre la fiabilidad política del Gobierno encargado de gestionarla. Cuando necesitan Rota pero desconfían de Madrid. Cuando necesitan garantizar el acceso al Mediterráneo pero observan una creciente inestabilidad alrededor del Estrecho. Cuando contemplan cómo Marruecos fortalece sus relaciones con Washington mientras España acumula desencuentros con Estados Unidos. En ese momento Ceuta puede dejar de ser percibida únicamente como un activo estratégico español para empezar a ser contemplada también como un posible punto de vulnerabilidad dentro de un espacio absolutamente esencial para la seguridad occidental.
Mientras España pierde capacidad de influencia, Marruecos ocupa espacios. Mientras el Gobierno de Sánchez convierte demasiadas veces la política exterior en una prolongación de sus posiciones ideológicas, Rabat desarrolla una política de Estado pensada a décadas. Mientras nosotros seguimos discutiendo sobre Ceuta en términos casi exclusivamente locales, otros contemplan el Estrecho como lo que realmente es, una de las grandes arterias estratégicas del planeta. Marruecos conoce perfectamente el valor de Ceuta. Estados Unidos conoce perfectamente el valor del Estrecho. Reino Unido lleva tres siglos demostrando que conoce perfectamente el valor de Gibraltar. Resultaría incomprensible que España fuese la única incapaz de entender la dimensión de lo que tiene entre manos.
Por eso la cuestión de Ceuta ha cambiado definitivamente de escala. Ya no basta con preguntarse qué pretende Marruecos. Debemos preguntarnos también qué percepción están construyendo nuestros aliados sobre la capacidad española para garantizar permanentemente la seguridad y estabilidad de este espacio. Ceuta se encuentra frente a Gibraltar, junto a Tánger Med, en la entrada del Mediterráneo, en territorio español y europeo sobre el continente africano y sometida a una reivindicación territorial permanente por parte de Marruecos. A todo ello se suma ahora una presión migratoria utilizada recurrentemente como elemento de tensión, el creciente poder militar y diplomático marroquí, el fortalecimiento de las relaciones entre Rabat y Washington y el deterioro de las relaciones entre Washington y el Gobierno de Pedro Sánchez.
La acumulación de todos estos factores configura una situación que España no puede permitirse ignorar. Defender Ceuta ya no significa únicamente proteger una frontera nacional. Significa garantizar la estabilidad de la orilla sur de uno de los corredores marítimos más importantes del mundo. Significa seguridad española, mediterránea, europea y atlántica. Significa demostrar que España continúa siendo capaz de garantizar por sí misma la soberanía y estabilidad de un territorio situado en uno de los lugares estratégicamente más sensibles del planeta.
Ceuta ha dejado de ser periferia. Se encuentra en el centro de un tablero internacional cada vez más peligroso y en el que las grandes potencias vuelven a pensar en términos de territorio, bases, rutas marítimas y áreas de influencia. El problema es que mientras el mundo redescubre el extraordinario valor estratégico del Estrecho, Pedro Sánchez está debilitando la confianza internacional en España precisamente cuando más necesitamos fortalecerla. Y cuando las grandes potencias empiezan a preguntarse quién puede garantizar de manera fiable la seguridad de un espacio estratégico, el problema deja de ser exclusivamente diplomático.
Ese es el verdadero peligro que hoy se cierne sobre Ceuta.
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