Sábado, 08 de Agosto de 2026

Actualizada Sábado, 08 de Agosto de 2026 a las 20:13:54 horas

Arnaldo D. Torroja
Sábado, 08 de Agosto de 2026

El alcalde provinciano

El principal problema de Juan Vivas en estos momentos no es únicamente que se haya equivocado. Ni siquiera que su modelo político de los últimos veinticinco años haya saltado por los aires en cuestión de días. Su verdadero problema es mucho más profundo. Vivas se ha quedado fuera de juego. Como un boxeador que acaba de recibir un golpe demoledor, permanece en pie por pura inercia, tambaleándose sobre el cuadrilátero, desorientado y lanzando golpes al aire sin comprender siquiera por dónde continúa el combate. La pelea ha cambiado por completo y él todavía no parece haberse dado cuenta.

 

Vivas sigue pensando como lo que siempre ha sido políticamente, un alcalde provinciano. Un político acostumbrado al pequeño juego local, a controlar los tiempos de la ciudad, administrar subvenciones, inaugurar obras, cultivar relaciones personales, repartir sonrisas, mantener equilibrios entre comunidades y construir durante décadas ese peculiar entramado político ceutí en el que prácticamente todo podía resolverse mediante una negociación, una llamada telefónica o una partida presupuestaria. Esa ha sido su política durante un cuarto de siglo y probablemente ahí radique precisamente su incapacidad para comprender lo que está sucediendo ahora. Ceuta ha cambiado de dimensión en apenas unos días. Ya no estamos exclusivamente ante un problema municipal, autonómico o siquiera estrictamente nacional. La entrada masiva a través de nuestra frontera ha colocado de golpe a esta pequeña ciudad española del norte de África en el centro de un tablero mucho mayor.

 

Las consecuencias de lo sucedido trascienden ampliamente las dimensiones de Ceuta. La frontera, Marruecos, la inmigración, las relaciones con nuestros socios europeos y la posición de España en el Mediterráneo forman parte ahora de una misma ecuación. Ceuta se ha convertido de repente en una pieza de una partida internacional cuyas consecuencias todavía resulta difícil calcular. Y mientras todo eso sucede, aquí da la impresión de que todavía no se han enterado. Vivas continúa actuando como si estuviéramos ante otra de esas crisis locales que pueden solucionarse reuniéndose con un ministro, reclamando algunas partidas extraordinarias y ofreciendo posteriormente una rueda de prensa. Sigue recurriendo al discurso institucional de siempre, a las declaraciones solemnes y a las apelaciones genéricas que durante tantos años le han permitido atravesar prácticamente cualquier temporal político. Pero esta vez el temporal no se desarrolla dentro de los límites de la Plaza de África. Ceuta ha quedado súbitamente proyectada sobre un escenario internacional especialmente convulso y potencialmente inestable, en el que cualquier movimiento puede adquirir una dimensión y unas consecuencias que desbordan por completo los estrechos márgenes de la política local.

 

Pedro Sánchez, por obra y gracia de sus decisiones y de una política respecto a Marruecos cuyas consecuencias estamos comprobando, ha terminado colocando a Ceuta en medio de una partida geopolítica para la que el viejo manual de la política local sirve de muy poco. Ya no hablamos únicamente de inmigración o de capacidad de acogida. Hablamos de fronteras, soberanía, seguridad, relaciones internacionales y política europea. Ese cambio de escala es precisamente lo que parece haber dejado a Vivas completamente descolocado. Su mundo político estaba construido alrededor de una población relativamente pequeña y durante décadas políticamente domesticada, donde la administración pública, las subvenciones, el tejido asociativo, los medios institucionales y una gigantesca estructura pública permitieron construir una sensación permanente de estabilidad. Todo parecía controlado mientras nadie moviera demasiado las piezas. El problema aparece cuando alguien vuelca directamente el tablero.

 

Eso es exactamente lo que acaba de ocurrir. El pequeño mundo político construido durante veinticinco años se ha hecho añicos. Ya no sirven los viejos equilibrios, las fotografías institucionales, los llamamientos grandilocuentes ni las fórmulas políticas repetidas durante décadas. Tampoco sirve presentarse ante los ciudadanos con gesto compungido para explicar que la situación es gravísima. Eso ya lo sabemos. Lo verdaderamente importante es saber si quienes gobiernan comprenden la dimensión de aquello a lo que nos enfrentamos. Y observando a Vivas durante estos días vuelve inevitablemente la imagen de ese boxeador noqueado. Escucha voces desde la esquina, ve movimiento alrededor, trata de mantenerse en pie y lanza golpes al aire buscando un adversario que ya ni siquiera sabe dónde está. Sigue físicamente dentro del cuadrilátero, pero ha perdido completamente la referencia del combate.

 

Mientras Vivas habla de gestión, fuera de Ceuta se habla de fronteras, soberanía, inmigración y relaciones internacionales. Mientras continúa atrapado en la política doméstica ceutí, las consecuencias de lo ocurrido empiezan a proyectarse mucho más allá del Estrecho. Esa diferencia de escala explica perfectamente su desconcierto. Ceuta ya no es aquella pequeña ciudad relativamente tranquila y políticamente domesticada que Vivas aprendió a gobernar hace veinticinco años. Se ha convertido, quiera o no, en uno de los peones de una partida internacional mucho más compleja y peligrosa. Un peón situado entre Europa y África, entre España y Marruecos, en plena discusión continental sobre inmigración, fronteras, seguridad y soberanía. Cuando un territorio ocupa semejante posición, gobernarlo exige levantar la mirada mucho más allá de los equilibrios internos de una Asamblea municipal.

 

No sabemos todavía hasta dónde llegará esta crisis ni cuáles serán todas sus consecuencias. Lo que sí sabemos es que algo ha cambiado profundamente. Se han roto demasiadas certezas y han quedado expuestas demasiadas vulnerabilidades. También ha quedado vieja una determinada forma de entender Ceuta y de hacer política en ella. Vivas podía desenvolverse perfectamente en aquella Ceuta adormecida, previsible y controlable de los últimos veinticinco años. Ante la nueva realidad que acaba de irrumpir violentamente, se ha quedado pequeño, terriblemente pequeño. Y ese es quizá el dato más preocupante de todos. Mientras el mundo empieza a mirar hacia Ceuta, quienes llevan décadas gobernándola todavía parecen seguir mirando únicamente hacia la Plaza de África.

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