Juan Redondo Villalba
Vivas, se acabaron las máscaras
Señor Vivas, voy a decir algo que, aunque pueda parecer paradójico, quizá termine siendo cierto. Esta gravísima crisis puede haber tenido al menos una consecuencia positiva para Ceuta. Ha servido para que se caiga definitivamente la máscara de una política que durante demasiado tiempo se presentó ante los ceutíes como prudencia, moderación y convivencia, cuando en realidad escondía resignación, cesión y una alarmante falta de previsión. Durante veinticinco años usted ha construido un relato, el de la Ceuta idílica, el del «recen como recen», el de los equilibrios permanentes y el de una pretendida concordia que debía mantenerse incluso al precio de no hablar de los problemas reales. Quien cuestionaba ese modelo era señalado como alarmista, radical o enemigo de la convivencia.
Pero la realidad tiene la desagradable costumbre de terminar imponiéndose a la propaganda. Cuando la frontera se desborda, cuando miles de personas intentan alcanzar territorio español y cuando nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y nuestros servicios públicos tienen que enfrentarse a una situación extraordinaria, los discursos cuidadosamente construidos durante décadas dejan de servir. Entonces queda al descubierto la política real. Y después de veinticinco años gobernando Ceuta, señor Vivas, usted no puede presentarse ahora simplemente como un espectador angustiado de lo sucedido. Quien lleva un cuarto de siglo al frente de una ciudad tiene derecho a reivindicar sus aciertos, pero también tiene la obligación de responder por sus errores.
No basta con aparecer compungido. No basta con elevar el tono. No basta con descubrir ahora la gravedad de unos problemas que estaban delante de nuestros ojos desde hace años. Tampoco sirve esa verborrea solemne, casi de poeta frustrado, con la que pretende envolver cada crisis. Las fronteras no se protegen con metáforas, la seguridad no se garantiza con discursos y los errores políticos no desaparecen derramando lágrimas. Su actitud recuerda inevitablemente aquella célebre imagen atribuida a la rendición de Granada, la de llorar después aquello que no se supo defender cuando todavía había tiempo para hacerlo.
Durante años eligió el seguidismo de las políticas de Pedro Sánchez y la búsqueda permanente de acuerdos con quienes sostenían un modelo que ha terminado debilitando a Ceuta. Prefirió mirar hacia otro lado y ahora contempla las consecuencias. ¿De qué han servido tantas cesiones, tantos silencios, tantos equilibrios y tantas bajadas de pantalones ante quienes siempre exigían una concesión más? Los ceutíes tienen derecho a preguntárselo. También tienen derecho a preguntarse dónde estaba toda esta preocupación cuando todavía existía tiempo para anticiparse, exigir soluciones y adoptar medidas.
Ahora ya no estamos hablando de hipótesis. Estamos hablando de hechos. Y ante los hechos, señor Vivas, su modelo ha quedado desnudo. Ceuta necesita saber que España está dispuesta a defender cada centímetro de su territorio, controlar eficazmente sus fronteras y garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Necesita determinación política, planificación y capacidad para anticiparse a las amenazas. No necesita dirigentes que descubran la gravedad del problema cuando este ya ha estallado.
Usted ha tenido veinticinco años. Veinticinco años de mayorías, presupuestos, instituciones y capacidad política. Veinticinco años para preparar Ceuta para situaciones como esta y para exigir al Gobierno de España una política fronteriza acorde con nuestra singularidad geográfica y estratégica. No puede pedir ahora que olvidemos todo eso ni refugiarse en llamadas genéricas a la unidad si por unidad entiende que nadie cuestione su responsabilidad política. La unidad de los ceutíes frente a una situación crítica es perfectamente compatible con la exigencia de responsabilidades.
Por eso ha llegado el momento de asumir las consecuencias de sus decisiones. Reconozca que su modelo ha fracasado. Reconozca que se equivocó. Reconozca que durante demasiado tiempo confundió convivencia con complacencia, prudencia con pasividad y moderación con cesión. Y después, dimita. No como un acto de humillación, sino como el último servicio que todavía puede prestar a una ciudad que lleva gobernando un cuarto de siglo.
Ceuta es infinitamente más importante que Juan Vivas, que Pedro Sánchez y que cualquier partido político. Precisamente por eso ha llegado la hora de dejar de esconder los problemas bajo discursos amables. La máscara ha caído, los ceutíes han visto lo que había detrás y ya no hay palabras capaces de volver a colocarla.
Señor Vivas, voy a decir algo que, aunque pueda parecer paradójico, quizá termine siendo cierto. Esta gravísima crisis puede haber tenido al menos una consecuencia positiva para Ceuta. Ha servido para que se caiga definitivamente la máscara de una política que durante demasiado tiempo se presentó ante los ceutíes como prudencia, moderación y convivencia, cuando en realidad escondía resignación, cesión y una alarmante falta de previsión. Durante veinticinco años usted ha construido un relato, el de la Ceuta idílica, el del «recen como recen», el de los equilibrios permanentes y el de una pretendida concordia que debía mantenerse incluso al precio de no hablar de los problemas reales. Quien cuestionaba ese modelo era señalado como alarmista, radical o enemigo de la convivencia.
Pero la realidad tiene la desagradable costumbre de terminar imponiéndose a la propaganda. Cuando la frontera se desborda, cuando miles de personas intentan alcanzar territorio español y cuando nuestras Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y nuestros servicios públicos tienen que enfrentarse a una situación extraordinaria, los discursos cuidadosamente construidos durante décadas dejan de servir. Entonces queda al descubierto la política real. Y después de veinticinco años gobernando Ceuta, señor Vivas, usted no puede presentarse ahora simplemente como un espectador angustiado de lo sucedido. Quien lleva un cuarto de siglo al frente de una ciudad tiene derecho a reivindicar sus aciertos, pero también tiene la obligación de responder por sus errores.
No basta con aparecer compungido. No basta con elevar el tono. No basta con descubrir ahora la gravedad de unos problemas que estaban delante de nuestros ojos desde hace años. Tampoco sirve esa verborrea solemne, casi de poeta frustrado, con la que pretende envolver cada crisis. Las fronteras no se protegen con metáforas, la seguridad no se garantiza con discursos y los errores políticos no desaparecen derramando lágrimas. Su actitud recuerda inevitablemente aquella célebre imagen atribuida a la rendición de Granada, la de llorar después aquello que no se supo defender cuando todavía había tiempo para hacerlo.
Durante años eligió el seguidismo de las políticas de Pedro Sánchez y la búsqueda permanente de acuerdos con quienes sostenían un modelo que ha terminado debilitando a Ceuta. Prefirió mirar hacia otro lado y ahora contempla las consecuencias. ¿De qué han servido tantas cesiones, tantos silencios, tantos equilibrios y tantas bajadas de pantalones ante quienes siempre exigían una concesión más? Los ceutíes tienen derecho a preguntárselo. También tienen derecho a preguntarse dónde estaba toda esta preocupación cuando todavía existía tiempo para anticiparse, exigir soluciones y adoptar medidas.
Ahora ya no estamos hablando de hipótesis. Estamos hablando de hechos. Y ante los hechos, señor Vivas, su modelo ha quedado desnudo. Ceuta necesita saber que España está dispuesta a defender cada centímetro de su territorio, controlar eficazmente sus fronteras y garantizar la seguridad de sus ciudadanos. Necesita determinación política, planificación y capacidad para anticiparse a las amenazas. No necesita dirigentes que descubran la gravedad del problema cuando este ya ha estallado.
Usted ha tenido veinticinco años. Veinticinco años de mayorías, presupuestos, instituciones y capacidad política. Veinticinco años para preparar Ceuta para situaciones como esta y para exigir al Gobierno de España una política fronteriza acorde con nuestra singularidad geográfica y estratégica. No puede pedir ahora que olvidemos todo eso ni refugiarse en llamadas genéricas a la unidad si por unidad entiende que nadie cuestione su responsabilidad política. La unidad de los ceutíes frente a una situación crítica es perfectamente compatible con la exigencia de responsabilidades.
Por eso ha llegado el momento de asumir las consecuencias de sus decisiones. Reconozca que su modelo ha fracasado. Reconozca que se equivocó. Reconozca que durante demasiado tiempo confundió convivencia con complacencia, prudencia con pasividad y moderación con cesión. Y después, dimita. No como un acto de humillación, sino como el último servicio que todavía puede prestar a una ciudad que lleva gobernando un cuarto de siglo.
Ceuta es infinitamente más importante que Juan Vivas, que Pedro Sánchez y que cualquier partido político. Precisamente por eso ha llegado la hora de dejar de esconder los problemas bajo discursos amables. La máscara ha caído, los ceutíes han visto lo que había detrás y ya no hay palabras capaces de volver a colocarla.
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