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Economía azul… salvo cuando hay que mirar al mar

Ceuta presume de economía azul, verde e inteligente con la misma solemnidad con la que luego descubre, tarde y mal, que los peces no leen los planes estratégicos.

 

Este verano, la parte azul del relato —la del mar, la de la pesca, la del sector económico más antiguo, reconocible y propio de la ciudad— ha vuelto a naufragar no por falta de atunes, sino por falta de previsión, de defensa política y de atención administrativa.

 

La paradoja tiene un punto casi cómico, si no fuera porque detrás hay pescadores, familias, jornales, un mercado desabastecido y una Almadraba obligada a abrir sus redes para devolver al mar lo que el mar había puesto delante. Decenas de atunes de más de 200 kilos entraron en las artes y, al no disponer Ceuta de una cuota mínima que permitiera capturarlos legalmente, hubo que soltarlo todo: el atún y, con él, buena parte del género que sí podía llegar a los puestos del Mercado Central. Una economía azul de manual: azul de impotencia, azul de bochorno y azul de mirar al horizonte esperando que alguien en algún despacho se acuerde de que Ceuta también pesca.

 

No se trata de pedir privilegios, sino de exigir sentido común. Que Ceuta, lugar de paso natural del atún tras el desove en el Mediterráneo y su regreso por el Estrecho hacia el Atlántico, no pueda beneficiarse de una actividad histórica mientras otras zonas sí lo hacen, resulta difícil de explicar sin recurrir a la vieja receta de siempre: falta de peso político, falta de trabajo previo y exceso de propaganda. Porque discursos sobre sostenibilidad, innovación y futuro hay para llenar congresos; lo que escasea, por lo visto, es la diligencia para defender una cuota mínima, estable y justa para un sector que no aparece únicamente en las fotos de las festividades marineras.

 

El Gobierno local ha hecho bandera de la llamada economía azul, verde e inteligente. El eslogan suena moderno, europeo, financiable y hasta fotogénico. Pero la inteligencia de una política pública se mide precisamente antes del problema, no después; se demuestra anticipando normas, defendiendo intereses y evitando que el sector primario quede a la intemperie. Lo contrario es lo que ha ocurrido: cuando la Almadraba tuvo que abrir las redes y cuando las nuevas normas aduaneras en Algeciras empezaron a complicar el abastecimiento de Ceuta, entonces sí, a toro pasado, aparecieron las prisas, las gestiones urgentes y las promesas de solución.

 

La expresión “a toro pasado” nunca fue tan apropiada, aunque en este caso el animal sea un atún rojo de doscientos kilos escapando por la red mientras el pescador calcula las pérdidas. Alguien debió estar atento a las normas, a las cuotas, a los trámites, a los plazos y a las consecuencias. Alguien debió levantar la voz antes de que el daño estuviera hecho. Alguien debió comprender que la economía azul no consiste en inaugurar conceptos, sino en sostener oficios. Pero parece que, entre la incapacidad, la mediocridad o la comodidad de dejar que los problemas maduren solos, el resultado ha sido el de siempre: el sector productivo paga la factura de la dejadez institucional.

 

Lo más doloroso es que esta vez no hablamos de una actividad marginal ni de una rareza folclórica. La Almadraba de Ceuta forma parte de la memoria económica, cultural y marítima de la ciudad. No es un adorno para procesiones ni un decorado para discursos en el día de la Virgen del Carmen, Reina de los Mares y patrona de hombres y mujeres de la mar. Precisamente en esa celebración, los pescadores volvieron a recordarlo con una claridad que no admite demasiadas vueltas: se sienten abandonados por administraciones que se suman a la causa marinera cuando conviene, pero que no siempre están cuando toca defenderla en serio.

 

Mientras tanto, el consumidor ceutí también paga la contradicción. Ceuta consume atún, claro que lo consume, pero lo hace más caro de lo que podría si una parte de ese producto llegara al mercado desde capturas realizadas en sus propias aguas, como sí ocurre en la costa gaditana. Es decir: el atún pasa, la Almadraba lo ve, las redes lo atrapan, la norma lo expulsa y el ciudadano lo compra después a precio de resignación. Si esto es planificación económica, convendría revisar el diccionario.

 

La economía azul, si quiere ser algo más que una etiqueta de moda, debe empezar por proteger a quienes llevan generaciones trabajando en el mar. Debe servir para que la pesca tradicional tenga futuro, no para que la Administración descubra sus problemas cuando ya han saltado al titular. Debe traducirse en cuotas, recursos, interlocución, defensa ante el Estado y capacidad de anticipación. Lo demás es cartelería institucional con olor a salitre prestado.

 

Ceuta no necesita más proclamas sobre el mar. Necesita gobernantes que sepan mirar al mar antes de que el mar les ponga en evidencia. Porque resulta de traca que una ciudad que presume de azul no sea capaz de defender a tiempo a quienes viven precisamente de ese azul. Y más de traca aún que, cuando el daño ya está hecho, se pretenda vender como reacción diligente lo que no deja de ser una carrera tardía detrás de la propia imprevisión.

 

La opinión de Ceuta Ahora se refleja únicamente en sus editoriales. La libertad de expresión, la libertad en general, es una máxima de filosofía de este medio que puede compartir o no las opiniones de sus articulistas

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