José Antonio Carbonell Buzzian
Ceuta mueve 37,3 millones entre la propaganda y las dudas del Tribunal de Cuentas
Ceuta ha aprobado una modificación presupuestaria de 37,3 millones de euros y el Gobierno intenta presentarla como una muestra de solvencia, agilidad y compromiso social. Pero la realidad es bastante menos amable: cuando el Tribunal de Cuentas ha puesto bajo la lupa la fiabilidad de la contabilidad de la Ciudad, cualquier movimiento de ese calibre deja de ser una simple operación técnica y pasa a ser una cuestión de credibilidad institucional.
La jugada es conocida. Se mezclan en una misma bolsa la amortización de deuda, el refuerzo de servicios básicos, algunas obras necesarias, ayudas sociales y un guiño muy visible a la AD Ceuta. Así se construye un relato fácil de consumir: menos deuda, más inversión, más ciudad. El problema es que ese relato no despeja la pregunta esencial, sino que la esquiva. ¿Sobre qué base real se está moviendo ese dinero? ¿Y qué fiabilidad tienen las cifras cuando el órgano fiscalizador ha señalado salvedades relevantes en el inventario, en el remanente y en el control interno?
Ahí es donde la operación deja de parecer una buena noticia y empieza a oler a estrategia política. Porque no hablamos solo de gastar mejor o de reasignar partidas. Hablamos de una administración que necesita demostrar que sus cuentas son sólidas mientras arrastra dudas serias sobre la calidad de esa misma contabilidad. Y cuando eso ocurre, cada euro que se anuncia con grandilocuencia se convierte también en una forma de fabricar confianza.
El Gobierno sabe perfectamente lo que hace. Sabe que una aportación fuerte al AD Ceuta genera titulares, que las obras permiten exhibir gestión y que la reducción de deuda suena responsable. También sabe que, en política, el orden de los mensajes importa tanto como los números. Por eso la modificación se presenta como un paquete coherente, casi modélico, cuando en realidad funciona como una suma de prioridades con alto rendimiento mediático y un trasfondo mucho menos inocente.
La oposición ha puesto el dedo en la llaga: falta transparencia, sobran prisas y el expediente llega en un contexto demasiado incómodo. No es casual que las críticas hablen de ocultación, de cambios de última hora y de una utilización del presupuesto más pensada para sostener un relato que para abrir un debate honesto sobre las necesidades reales de la ciudad. Porque cuando una institución arrastra advertencias del Tribunal de Cuentas, el primer deber político no es presumir de músculo financiero, sino demostrar limpieza, rigor y trazabilidad.
Ceuta necesita inversión, sí. Necesita servicios públicos fuertes, sí. Necesita también apoyo a su equipo de fútbol si así lo decide democráticamente su Gobierno, aunque esa apuesta sea discutible. Pero lo que no necesita es que se le maquillen las cuentas con una retórica de eficacia mientras siguen sin resolverse las dudas de fondo sobre cómo se contabiliza, cómo se controla y cómo se decide el dinero público.
La modificación de 37,3 millones no es solo una operación presupuestaria. Es una prueba de estrés para la credibilidad del Ejecutivo. Y ahora mismo, con el Tribunal de Cuentas en el horizonte y la sospecha política en el ambiente, esa prueba no se gana con titulares, sino con transparencia real.
Ceuta ha aprobado una modificación presupuestaria de 37,3 millones de euros y el Gobierno intenta presentarla como una muestra de solvencia, agilidad y compromiso social. Pero la realidad es bastante menos amable: cuando el Tribunal de Cuentas ha puesto bajo la lupa la fiabilidad de la contabilidad de la Ciudad, cualquier movimiento de ese calibre deja de ser una simple operación técnica y pasa a ser una cuestión de credibilidad institucional.
La jugada es conocida. Se mezclan en una misma bolsa la amortización de deuda, el refuerzo de servicios básicos, algunas obras necesarias, ayudas sociales y un guiño muy visible a la AD Ceuta. Así se construye un relato fácil de consumir: menos deuda, más inversión, más ciudad. El problema es que ese relato no despeja la pregunta esencial, sino que la esquiva. ¿Sobre qué base real se está moviendo ese dinero? ¿Y qué fiabilidad tienen las cifras cuando el órgano fiscalizador ha señalado salvedades relevantes en el inventario, en el remanente y en el control interno?
Ahí es donde la operación deja de parecer una buena noticia y empieza a oler a estrategia política. Porque no hablamos solo de gastar mejor o de reasignar partidas. Hablamos de una administración que necesita demostrar que sus cuentas son sólidas mientras arrastra dudas serias sobre la calidad de esa misma contabilidad. Y cuando eso ocurre, cada euro que se anuncia con grandilocuencia se convierte también en una forma de fabricar confianza.
El Gobierno sabe perfectamente lo que hace. Sabe que una aportación fuerte al AD Ceuta genera titulares, que las obras permiten exhibir gestión y que la reducción de deuda suena responsable. También sabe que, en política, el orden de los mensajes importa tanto como los números. Por eso la modificación se presenta como un paquete coherente, casi modélico, cuando en realidad funciona como una suma de prioridades con alto rendimiento mediático y un trasfondo mucho menos inocente.
La oposición ha puesto el dedo en la llaga: falta transparencia, sobran prisas y el expediente llega en un contexto demasiado incómodo. No es casual que las críticas hablen de ocultación, de cambios de última hora y de una utilización del presupuesto más pensada para sostener un relato que para abrir un debate honesto sobre las necesidades reales de la ciudad. Porque cuando una institución arrastra advertencias del Tribunal de Cuentas, el primer deber político no es presumir de músculo financiero, sino demostrar limpieza, rigor y trazabilidad.
Ceuta necesita inversión, sí. Necesita servicios públicos fuertes, sí. Necesita también apoyo a su equipo de fútbol si así lo decide democráticamente su Gobierno, aunque esa apuesta sea discutible. Pero lo que no necesita es que se le maquillen las cuentas con una retórica de eficacia mientras siguen sin resolverse las dudas de fondo sobre cómo se contabiliza, cómo se controla y cómo se decide el dinero público.
La modificación de 37,3 millones no es solo una operación presupuestaria. Es una prueba de estrés para la credibilidad del Ejecutivo. Y ahora mismo, con el Tribunal de Cuentas en el horizonte y la sospecha política en el ambiente, esa prueba no se gana con titulares, sino con transparencia real.
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