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Historia

El 4 de julio y la deuda histórica de EE.UU. con España 250 años después de la Declaración de Independencia

El aniversario del Día de la Independencia de Estados Unidos no puede entenderse solo como una celebración doméstica de las Trece Colonias frente a Gran Bretaña

La fecha del 4 de julio de 1776 marca el nacimiento político de una nación, pero la supervivencia militar de aquella causa dependió de una realidad internacional más amplia: sin la intervención de España, financiera, logística, naval y militar, el desenlace de la guerra habría sido muy distinto.

 

Durante demasiado tiempo, el relato dominante de la independencia estadounidense ha reservado el primer plano a George Washington, Thomas Jefferson, Benjamin Franklin, el marqués de Lafayette y la alianza francesa. Sin embargo, la historiografía contemporánea ha recuperado con fuerza una dimensión esencial: la Guerra de Independencia de Estados Unidos fue también una guerra global contra el poder británico, librada en Norteamérica, el Caribe, el Golfo de México, el Atlántico y Europa. En ese tablero, la España de Carlos III no actuó como espectadora, sino como potencia decisiva.

 

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Una ayuda que sostuvo a las Trece Colonias

Antes incluso de la entrada formal de España en la guerra contra Gran Bretaña en 1779, la Corona española facilitó a los rebeldes norteamericanos dinero, pólvora, armas, mantas, uniformes y suministros. Esa ayuda se canalizó por vías discretas, especialmente a través de La Habana, Nueva Orleans y el río Misisipi. Para un Ejército Continental que padecía escasez crónica de munición, ropa y recursos básicos, aquella red de abastecimiento fue algo más que un apoyo diplomático: fue una condición material de resistencia.

 

La importancia de esa contribución fue reconocida ya por los propios protagonistas de la revolución. George Washington consideró indispensable la ayuda que llegaba desde las posiciones españolas en Norteamérica y desde la flota española. Dos siglos después, Ronald Reagan evocaría públicamente la ayuda prestada por el general Bernardo de Gálvez durante la Revolución Americana como parte de la tradición hispana en defensa de la libertad. No se trata, por tanto, de una reivindicación retrospectiva sin base, sino de una memoria histórica documentada, aunque a menudo insuficientemente difundida.

 

 

Bernardo de Gálvez: el frente sur que cambió la guerra

El nombre que mejor simboliza la aportación militar española es Bernardo de Gálvez, nacido en Macharaviaya, Málaga, y gobernador de la Luisiana española desde 1777. Desde Nueva Orleans, Gálvez permitió y organizó el envío de suministros al Ejército Continental y, tras la declaración de guerra de España a Gran Bretaña, abrió un frente decisivo en el sur.

 

Sus campañas contra los británicos en el valle del Misisipi y el Golfo de México —Baton Rouge, Natchez, Mobile y, sobre todo, Pensacola— obligaron a Londres a dispersar fuerzas, protegieron las rutas de abastecimiento y neutralizaron la posibilidad de que los británicos consolidaran un gran frente meridional contra las colonias rebeldes. La toma de Pensacola en 1781 fue una victoria estratégica de primer orden: liberó el Golfo de México de la presión británica y reforzó la posición aliada en el tramo final del conflicto.

 

El reconocimiento estadounidense llegó tarde, pero llegó. El Congreso de Estados Unidos concedió a Bernardo de Gálvez la ciudadanía honoraria en 2014, una distinción reservada a muy pocas figuras históricas extranjeras. Su retrato fue incorporado al Capitolio, cumpliendo una promesa formulada en el siglo XVIII. La tardanza de ese homenaje explica, en parte, la larga invisibilidad de España en el imaginario popular de la independencia norteamericana.

 

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Fernando de Leyba: el ceutí que defendió San Luis

Junto a Gálvez, la historia española de la independencia estadounidense tiene otro nombre imprescindible y especialmente cercano a Ceuta: Fernando de Leyba. Nacido en Ceuta en 1734, Leyba desarrolló buena parte de su carrera en la Luisiana española y ejerció como teniente gobernador de la Alta Luisiana, con sede en San Luis de los Ilinueses, en el actual Misuri.

 

Su actuación más relevante se produjo en mayo de 1780, cuando organizó la defensa de San Luis frente a un ataque británico y aliado muy superior en número. Leyba, con recursos limitados y en un territorio de frontera, impulsó fortificaciones, coordinó la defensa local y consiguió rechazar una ofensiva que, de haber prosperado, habría abierto a los británicos el control del valle del Misisipi y habría puesto en riesgo las rutas de apoyo a la causa estadounidense.

 

La figura de Leyba resulta especialmente significativa para Ceuta porque no representa solo una biografía militar olvidada, sino una conexión directa entre la ciudad y uno de los episodios fundacionales de Estados Unidos. Los recientes homenajes celebrados en Ceuta han contribuido a rescatar su memoria y a situarlo en el lugar que le corresponde: el de un oficial español cuya defensa de San Luis ayudó a preservar un eje estratégico de la guerra.

 

 

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España no fue una nota a pie de página

El aniversario de la independencia estadounidense invita a celebrar los ideales de libertad política, representación y soberanía que inspiraron la Declaración de 1776. Pero una mirada rigurosa exige recordar que esos ideales necesitaron barcos, pólvora, crédito, puertos, rutas fluviales, soldados y frentes de distracción. Ahí estuvo España.

 

La intervención española respondió, naturalmente, a intereses geopolíticos propios: debilitar a Gran Bretaña, recuperar posiciones perdidas y reequilibrar el poder atlántico tras la Guerra de los Siete Años. Pero el hecho de que España actuara por razones estratégicas no reduce su impacto histórico. Al contrario: demuestra que la independencia de Estados Unidos fue el resultado de una guerra internacional en la que la causa norteamericana se sostuvo gracias a alianzas, rivalidades imperiales y decisiones militares tomadas mucho más allá de Filadelfia o Yorktown.

 

Por eso, cada 4 de julio, junto a los nombres canónicos de la revolución estadounidense, deberían recordarse también los de Bernardo de Gálvez y Fernando de Leyba. Uno abrió y ganó el frente del Golfo; el otro defendió San Luis y protegió el Misisipi. Ambos encarnan una verdad incómoda para los relatos simplificados, pero imprescindible para la historia: Estados Unidos no habría podido ser lo que fue —ni lo que llegó a ser— sin la participación decisiva de España.

 

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