Carlos Jiménez Cabrera
¿El fútbol excluye a las mujeres o simplemente todavía no ha sabido atraerlas?
De las 48 selecciones que participan en el Mundial, solo 5 tienen a una mujer al frente de su federación nacional. El dato, leído de forma aislada, parece demoledor. Y probablemente lo sea. Pero conviene preguntarse si estamos ante un problema exclusivamente de poder masculino o ante una realidad más compleja, más cultural y más histórica.
Porque no todo debate sobre la presencia de mujeres y hombres en determinados espacios puede reducirse a una lectura simple de cuotas, porcentajes o enfrentamiento entre sexos. A veces, detrás de una cifra hay muchas capas: educación, tradición, referentes, oportunidades, gustos, pasiones, barreras culturales y también decisiones personales.
El fútbol ha sido, durante décadas, un deporte profundamente masculinizado. No solo en sus órganos de gobierno, también en la práctica deportiva, en las gradas, en los vestuarios, en los medios de comunicación, en los banquillos y en la propia conversación social.
Durante mucho tiempo, el fútbol fue presentado casi como un territorio natural de los hombres. A los niños se les regalaban balones; a muchas niñas, sencillamente, no se les ofrecía ese camino con la misma naturalidad.
Eso ha tenido consecuencias evidentes. Si durante generaciones han jugado muchos más hombres que mujeres al fútbol, también es razonable que haya muchos más hombres en las estructuras posteriores del deporte: entrenadores, árbitros, directivos, presidentes, representantes o gestores. No porque las mujeres no puedan ocupar esos espacios, sino porque históricamente han estado mucho menos presentes en la base que alimenta todo el sistema.
Algo parecido ocurrió, durante muchos años, en ámbitos como la ingeniería, la tecnología o determinadas profesiones industriales. No siempre porque existiera una incapacidad, sino porque faltaban referentes, estímulos, expectativas sociales y entornos que hicieran ver a muchas niñas y jóvenes que ese también podía ser su lugar.
Por eso, quizá la pregunta no debería ser únicamente por qué hay pocas mujeres en los órganos de poder del fútbol, sino qué hemos hecho durante décadas para que muchas mujeres no vieran el fútbol como un espacio propio.
Ahora bien, dicho esto, también deberíamos ser prudentes con las soluciones fáciles. Obligar a que haya mujeres en determinados puestos solo para cumplir una fotografía estadística puede ser un error si no va acompañado de desarrollo real de talento, trayectoria, preparación y oportunidades auténticas. La igualdad no debería consistir en colocar personas por obligación, sino en garantizar que nadie quede fuera por prejuicio, tradición o falta de acceso.
El fútbol actual ya no es solo un deporte. Es una industria global, con enormes intereses económicos, sociales y mediáticos. Los clubes y federaciones necesitan perfiles capaces de dirigir, gestionar, negociar, liderar equipos, tomar decisiones y generar resultados. Y esos perfiles pueden ser hombres o mujeres. Lo importante no debería ser el sexo de quien ocupa el cargo, sino su capacidad, su preparación y su idoneidad para asumir esa responsabilidad.
El verdadero avance no estará en sustituir una imposición por otra, sino en abrir el sistema. En generar referentes femeninos, facilitar el acceso de niñas y jóvenes al fútbol, profesionalizar el liderazgo deportivo, eliminar barreras invisibles y permitir que el talento llegue. Todo el talento. También el de las mujeres que quieran estar ahí, que sientan pasión por este deporte y que estén preparadas para aportar valor.
Quizá el problema no sea solo que el fútbol tenga pocas mujeres en sus órganos de poder. Quizá el problema sea que durante demasiado tiempo el fútbol no hizo lo suficiente para que muchas mujeres quisieran, pudieran o imaginaran llegar hasta allí.
Y ahí sí hay una responsabilidad colectiva.
No se trata de elegir entre hombres o mujeres. Se trata de construir un fútbol más abierto, más profesional y más capaz de reconocer el talento venga de donde venga. Menos imposición, más oportunidades reales. Menos debate superficial, más desarrollo de talento.
Carlos Jiménez
Fundador y CEO de Innotalent LAB
https://www.linkedin.com/in/carlos-jimenez-cabrera/
De las 48 selecciones que participan en el Mundial, solo 5 tienen a una mujer al frente de su federación nacional. El dato, leído de forma aislada, parece demoledor. Y probablemente lo sea. Pero conviene preguntarse si estamos ante un problema exclusivamente de poder masculino o ante una realidad más compleja, más cultural y más histórica.
Porque no todo debate sobre la presencia de mujeres y hombres en determinados espacios puede reducirse a una lectura simple de cuotas, porcentajes o enfrentamiento entre sexos. A veces, detrás de una cifra hay muchas capas: educación, tradición, referentes, oportunidades, gustos, pasiones, barreras culturales y también decisiones personales.
El fútbol ha sido, durante décadas, un deporte profundamente masculinizado. No solo en sus órganos de gobierno, también en la práctica deportiva, en las gradas, en los vestuarios, en los medios de comunicación, en los banquillos y en la propia conversación social.
Durante mucho tiempo, el fútbol fue presentado casi como un territorio natural de los hombres. A los niños se les regalaban balones; a muchas niñas, sencillamente, no se les ofrecía ese camino con la misma naturalidad.
Eso ha tenido consecuencias evidentes. Si durante generaciones han jugado muchos más hombres que mujeres al fútbol, también es razonable que haya muchos más hombres en las estructuras posteriores del deporte: entrenadores, árbitros, directivos, presidentes, representantes o gestores. No porque las mujeres no puedan ocupar esos espacios, sino porque históricamente han estado mucho menos presentes en la base que alimenta todo el sistema.
Algo parecido ocurrió, durante muchos años, en ámbitos como la ingeniería, la tecnología o determinadas profesiones industriales. No siempre porque existiera una incapacidad, sino porque faltaban referentes, estímulos, expectativas sociales y entornos que hicieran ver a muchas niñas y jóvenes que ese también podía ser su lugar.
Por eso, quizá la pregunta no debería ser únicamente por qué hay pocas mujeres en los órganos de poder del fútbol, sino qué hemos hecho durante décadas para que muchas mujeres no vieran el fútbol como un espacio propio.
Ahora bien, dicho esto, también deberíamos ser prudentes con las soluciones fáciles. Obligar a que haya mujeres en determinados puestos solo para cumplir una fotografía estadística puede ser un error si no va acompañado de desarrollo real de talento, trayectoria, preparación y oportunidades auténticas. La igualdad no debería consistir en colocar personas por obligación, sino en garantizar que nadie quede fuera por prejuicio, tradición o falta de acceso.
El fútbol actual ya no es solo un deporte. Es una industria global, con enormes intereses económicos, sociales y mediáticos. Los clubes y federaciones necesitan perfiles capaces de dirigir, gestionar, negociar, liderar equipos, tomar decisiones y generar resultados. Y esos perfiles pueden ser hombres o mujeres. Lo importante no debería ser el sexo de quien ocupa el cargo, sino su capacidad, su preparación y su idoneidad para asumir esa responsabilidad.
El verdadero avance no estará en sustituir una imposición por otra, sino en abrir el sistema. En generar referentes femeninos, facilitar el acceso de niñas y jóvenes al fútbol, profesionalizar el liderazgo deportivo, eliminar barreras invisibles y permitir que el talento llegue. Todo el talento. También el de las mujeres que quieran estar ahí, que sientan pasión por este deporte y que estén preparadas para aportar valor.
Quizá el problema no sea solo que el fútbol tenga pocas mujeres en sus órganos de poder. Quizá el problema sea que durante demasiado tiempo el fútbol no hizo lo suficiente para que muchas mujeres quisieran, pudieran o imaginaran llegar hasta allí.
Y ahí sí hay una responsabilidad colectiva.
No se trata de elegir entre hombres o mujeres. Se trata de construir un fútbol más abierto, más profesional y más capaz de reconocer el talento venga de donde venga. Menos imposición, más oportunidades reales. Menos debate superficial, más desarrollo de talento.
Carlos Jiménez
Fundador y CEO de Innotalent LAB
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