Viernes, 19 de Junio de 2026

Actualizada Viernes, 19 de Junio de 2026 a las 11:44:27 horas

Juan Sergio Redondo Juan Sergio Redondo
Viernes, 19 de Junio de 2026

Versalles frente al Estrecho. Si tienen hambre que coman pasteles

Hay dos Ceutas. La primera aparece en los cócteles, en las recepciones institucionales, en las fotografías cuidadosamente preparadas para la prensa y en los discursos complacientes de quienes llevan décadas administrando el poder local. Es la Ceuta de las galas, de los foros empresariales, de las cumbres tecnológicas, de los encuentros exclusivos junto a las piscinas del Parque Marítimo del Mediterráneo. La Ceuta que se exhibe ante las cámaras mientras brinda por su supuesto éxito.

 

La segunda apenas aparece en las fotografías oficiales. Es la Ceuta de quienes madrugan para buscar un empleo que no encuentran, de los autónomos que bajan la persiana, de los jóvenes que hacen las maletas porque no encuentran futuro en su tierra, de las familias que dependen cada vez más de ayudas públicas para llegar a fin de mes. Es la Ceuta que vive la realidad cotidiana lejos de los focos y de las copas de champán.

 

Mientras la ciudad encabeza año tras año los índices de pobreza, exclusión social y dependencia económica, la élite dirigente continúa representando una función teatral que parece desarrollarse en una realidad paralela. Las estadísticas hablan de una de las mayores tasas de exclusión social de España. La destrucción del tejido productivo continúa. El empleo privado sigue sin despegar. Los autónomos desaparecen. La dependencia de las administraciones públicas crece. La presión migratoria aumenta. Sin embargo, la respuesta institucional parece consistir en organizar una nueva gala, un nuevo foro o una nueva recepción.

 

La imagen resulta especialmente obscena cuando se contempla desde la perspectiva de quienes sostienen con sus impuestos todo este entramado. Y es que la Ceuta oficial no solo dirige los recursos públicos. También controla su distribución. Decide quién recibe contratos, subvenciones, patrocinios, ayudas o favores. Y, mientras tanto, reparte algunas migajas entre una población cada vez más dependiente de un sistema clientelar cuidadosamente construido durante décadas.

 

La vieja frase atribuida a María Antonieta resuena con fuerza; “Si tienen hambre, que coman pasteles”. En la Ceuta actual la traducción sería distinta. Si tienen problemas para llegar a fin de mes, si no encuentran empleo, si sus hijos tienen que marcharse de la ciudad, siempre podrán contemplar desde la distancia alguna nueva recepción institucional en el Parque Marítimo.

 

Sin duda, el Parque Marítimo del Mediterráneo se ha convertido en algo más que un espacio de ocio. Se ha transformado en el escenario simbólico de una determinada forma de entender el poder. Allí se reúne periódicamente una reducida minoría de privilegiados para celebrar los supuestos éxitos de un modelo que, sin embargo, sigue produciendo pobreza, dependencia y falta de oportunidades para miles de ceutíes.

 

Pan y circo. Aunque quizá ni siquiera esa expresión describa con precisión lo que sucede. Porque en la antigua Roma, al menos, el pan llegaba al pueblo. En la Ceuta de hoy, el circo parece reservado para una élite cada vez más desconectada de la realidad social de la ciudad, mientras el pan se reparte de manera selectiva entre quienes forman parte de los círculos adecuados.

 

Y lo más preocupante es que una parte importante de la sociedad ha terminado normalizando esta situación. Se ha acostumbrado a conformarse con las migajas. A no cuestionar demasiado el sistema. A aceptar que las oportunidades, los recursos y los privilegios se distribuyan siempre entre los mismos. A guardar silencio por miedo a perder incluso lo poco que recibe.

 

Mientras tanto, la Ceuta oficial continúa celebrándose a sí misma. Continúa felicitándose por unos éxitos que no perciben la mayoría de los ciudadanos. Continúa organizando eventos, recepciones y encuentros donde los asistentes se convencen mutuamente de que todo marcha bien.

 

Pero la realidad siempre acaba imponiéndose.

 

Y la realidad es que ninguna ciudad puede sostener indefinidamente un modelo basado en la dependencia, el clientelismo y la propaganda institucional. Ninguna sociedad puede prosperar cuando una minoría controla los recursos, disfruta de los privilegios y monopoliza las oportunidades mientras una parte creciente de la población apenas sobrevive.

 

La verdadera pregunta es cuánto tiempo más seguirá separándose la Ceuta oficial de la Ceuta real. Cuando la distancia entre ambas se vuelva demasiado grande, ni las galas, ni los cócteles, ni las fotografías cuidadosamente preparadas serán capaces de ocultar lo evidente.

 

Y lo evidente es que detrás de la música, de las luces y de los brindis sigue existiendo una ciudad que espera algo más que migajas.

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