Rachid Sbihi Ahmed
Cuando el periodista-personaje se cree más importante que la noticia
Hace unos días leía una información sobre una nueva regulación relacionada con el derecho de rectificación en los medios de comunicación.
Más allá del debate jurídico o político que pueda suscitar, la noticia me llevó a reflexionar sobre un fenómeno cada vez más visible: la transformación de algunos periodistas en protagonistas de la información que deberían limitarse a contar.
Existe una degeneración silenciosa —aunque cada vez menos discreta— en una parte del periodismo actual.
Algunos profesionales han abandonado la función esencial de informar para abrazar una lógica basada en el protagonismo personal.
La realidad deja de ser el centro del relato y pasa a convertirse en el escenario donde el periodista construye y alimenta su propia imagen pública.
Durante mucho tiempo, el periodista ocupó un papel secundario.
Su misión consistía en buscar los hechos, contrastarlos y explicarlos con rigor.
La noticia era la protagonista.
Hoy, sucede exactamente lo contrario: la noticia queda relegada a un segundo plano y el periodista se convierte en la figura principal.
El problema no es que exista opinión.
La opinión forma parte legítima del debate público.
El problema aparece cuando la opinión se presenta como si fuera información objetiva y cuando el dato pierde relevancia frente al relato personal.
La frontera entre información y editorial, esencial para la salud democrática, comienza entonces a difuminarse.
En este modelo, los hechos importan menos que el impacto que generan.
La información deja de valorarse por su veracidad y pasa a medirse por su capacidad para provocar reacciones.
Si genera indignación, funciona.
Si crea polémica, mejor aún.
Y si logra monopolizar la conversación durante varios días, se considera un éxito aunque la realidad haya quedado distorsionada por el camino.
No se busca tanto esclarecer los acontecimientos, sino provocar debate, ruido y enfrentamiento.
La controversia deja de ser una consecuencia natural de una noticia relevante para convertirse en un producto cuidadosamente diseñado.
La polarización se convierte en una herramienta de fidelización de audiencias.
Para lograrlo, estos pseudoperiodistas recurren a una selección interesada de los hechos.
Se destacan determinados elementos y se ocultan otros.
Se exageran detalles secundarios, se recortan contextos y se utilizan palabras elegidas por su capacidad para activar emociones más que por su valor informativo.
En ocasiones, incluso se aplican criterios diferentes según quién protagonice la noticia.
Hay casos en los que el origen, la condición social o determinadas características personales aparecen destacadas desde el primer titular, mientras que en otros se recurre al anonimato o a descripciones genéricas.
Estas diferencias rara vez se explican y terminan alimentando la sospecha de que ciertos datos se publican no por su relevancia periodística, sino por el efecto que pueden producir en la opinión pública.
El periodista-personaje conoce perfectamente el poder de las palabras.
Sabe qué términos alimentarán la discusión en redes sociales, cuáles multiplicarán la visibilidad y cuáles garantizarán horas de debate estéril.
Cuando la polémica se convierte en objetivo, la información deja de ser un servicio público para convertirse en combustible de la confrontación.
A esta dinámica se suma otro fenómeno preocupante: la construcción deliberada de una identidad mediática.
El periodista deja de presentarse como observador para convertirse en protagonista permanente.
Un día es el azote del poder; al siguiente, el único capaz de revelar lo que nadie sabe; después, el experto que asegura haber anticipado todos los acontecimientos importantes.
Cuando la actualidad no proporciona suficiente protagonismo, siempre queda la historia propia.
Surgen entonces las anécdotas repetidas, las infumables batallitas convertidas en relatos épicos y los recuerdos contados una y otra vez como si fueran capítulos de una serie interminable.
Con el tiempo, el personaje acaba ocupando más espacio que los hechos que supuestamente debería explicar.
Esta lógica también favorece determinadas relaciones de dependencia dentro del ecosistema mediático.
Algunos comunicadores mantienen una actitud especialmente indulgente con organizaciones, asociaciones, entidades o grupos de interés que les proporcionan acceso privilegiado, exclusivas o visibilidad, es decir, con sus fuentes.
La función fiscalizadora del periodismo corre entonces el riesgo de quedar subordinada a intereses ajenos al derecho de los ciudadanos a estar informados.
La consecuencia es una ética variable.
Se denuncian determinadas injusticias mientras otras reciben escasa atención.
Se exige transparencia a unos actores y se muestra comprensión hacia otros.
El rigor deja paso a la conveniencia y la coherencia se convierte en una víctima más de la estrategia comunicativa.
Quizá uno de los rasgos más llamativos del periodista-personaje sea su relación con la crítica.
Puede cuestionar a cualquiera, examinar a cualquiera y exigir responsabilidades a cualquiera.
Sin embargo, cuando él mismo se convierte en objeto de esa crítica, la reacción suele ser muy distinta.
Lo que considera crítica legítima cuando afecta a terceros se transforma en ataque personal cuando le afecta a él.
Lo que para otros es discrepancia, pasa a interpretarse como una agresión intolerable.
En lugar de responder a los argumentos, responde contra quien los formula con rencor, odio y censura.
Esa discrepancia se convierte en una ofensa y el crítico en un enemigo al que desacreditar.
El problema de fondo es que, con el tiempo, el personaje termina devorando al periodista.
La búsqueda de notoriedad sustituye a la búsqueda de la verdad.
La opinión desplaza al dato.
El espectáculo reemplaza a la información.
Y el ego ocupa el espacio que antes pertenecía a los hechos.
Una sociedad democrática no necesita periodistas obsesionados con ser protagonistas.
Necesita profesionales capaces de recordar que la historia nunca trata sobre ellos.
Trata sobre la verdad de lo que ocurre.
Cuando el periodista se vuelve más importante que la noticia, lo que queda ya no es periodismo.
Es espectáculo.
A veces propaganda.
Y casi siempre ruido.
Porque el periodismo no está para protagonizar la historia, sino para contarla.
Hace unos días leía una información sobre una nueva regulación relacionada con el derecho de rectificación en los medios de comunicación.
Más allá del debate jurídico o político que pueda suscitar, la noticia me llevó a reflexionar sobre un fenómeno cada vez más visible: la transformación de algunos periodistas en protagonistas de la información que deberían limitarse a contar.
Existe una degeneración silenciosa —aunque cada vez menos discreta— en una parte del periodismo actual.
Algunos profesionales han abandonado la función esencial de informar para abrazar una lógica basada en el protagonismo personal.
La realidad deja de ser el centro del relato y pasa a convertirse en el escenario donde el periodista construye y alimenta su propia imagen pública.
Durante mucho tiempo, el periodista ocupó un papel secundario.
Su misión consistía en buscar los hechos, contrastarlos y explicarlos con rigor.
La noticia era la protagonista.
Hoy, sucede exactamente lo contrario: la noticia queda relegada a un segundo plano y el periodista se convierte en la figura principal.
El problema no es que exista opinión.
La opinión forma parte legítima del debate público.
El problema aparece cuando la opinión se presenta como si fuera información objetiva y cuando el dato pierde relevancia frente al relato personal.
La frontera entre información y editorial, esencial para la salud democrática, comienza entonces a difuminarse.
En este modelo, los hechos importan menos que el impacto que generan.
La información deja de valorarse por su veracidad y pasa a medirse por su capacidad para provocar reacciones.
Si genera indignación, funciona.
Si crea polémica, mejor aún.
Y si logra monopolizar la conversación durante varios días, se considera un éxito aunque la realidad haya quedado distorsionada por el camino.
No se busca tanto esclarecer los acontecimientos, sino provocar debate, ruido y enfrentamiento.
La controversia deja de ser una consecuencia natural de una noticia relevante para convertirse en un producto cuidadosamente diseñado.
La polarización se convierte en una herramienta de fidelización de audiencias.
Para lograrlo, estos pseudoperiodistas recurren a una selección interesada de los hechos.
Se destacan determinados elementos y se ocultan otros.
Se exageran detalles secundarios, se recortan contextos y se utilizan palabras elegidas por su capacidad para activar emociones más que por su valor informativo.
En ocasiones, incluso se aplican criterios diferentes según quién protagonice la noticia.
Hay casos en los que el origen, la condición social o determinadas características personales aparecen destacadas desde el primer titular, mientras que en otros se recurre al anonimato o a descripciones genéricas.
Estas diferencias rara vez se explican y terminan alimentando la sospecha de que ciertos datos se publican no por su relevancia periodística, sino por el efecto que pueden producir en la opinión pública.
El periodista-personaje conoce perfectamente el poder de las palabras.
Sabe qué términos alimentarán la discusión en redes sociales, cuáles multiplicarán la visibilidad y cuáles garantizarán horas de debate estéril.
Cuando la polémica se convierte en objetivo, la información deja de ser un servicio público para convertirse en combustible de la confrontación.
A esta dinámica se suma otro fenómeno preocupante: la construcción deliberada de una identidad mediática.
El periodista deja de presentarse como observador para convertirse en protagonista permanente.
Un día es el azote del poder; al siguiente, el único capaz de revelar lo que nadie sabe; después, el experto que asegura haber anticipado todos los acontecimientos importantes.
Cuando la actualidad no proporciona suficiente protagonismo, siempre queda la historia propia.
Surgen entonces las anécdotas repetidas, las infumables batallitas convertidas en relatos épicos y los recuerdos contados una y otra vez como si fueran capítulos de una serie interminable.
Con el tiempo, el personaje acaba ocupando más espacio que los hechos que supuestamente debería explicar.
Esta lógica también favorece determinadas relaciones de dependencia dentro del ecosistema mediático.
Algunos comunicadores mantienen una actitud especialmente indulgente con organizaciones, asociaciones, entidades o grupos de interés que les proporcionan acceso privilegiado, exclusivas o visibilidad, es decir, con sus fuentes.
La función fiscalizadora del periodismo corre entonces el riesgo de quedar subordinada a intereses ajenos al derecho de los ciudadanos a estar informados.
La consecuencia es una ética variable.
Se denuncian determinadas injusticias mientras otras reciben escasa atención.
Se exige transparencia a unos actores y se muestra comprensión hacia otros.
El rigor deja paso a la conveniencia y la coherencia se convierte en una víctima más de la estrategia comunicativa.
Quizá uno de los rasgos más llamativos del periodista-personaje sea su relación con la crítica.
Puede cuestionar a cualquiera, examinar a cualquiera y exigir responsabilidades a cualquiera.
Sin embargo, cuando él mismo se convierte en objeto de esa crítica, la reacción suele ser muy distinta.
Lo que considera crítica legítima cuando afecta a terceros se transforma en ataque personal cuando le afecta a él.
Lo que para otros es discrepancia, pasa a interpretarse como una agresión intolerable.
En lugar de responder a los argumentos, responde contra quien los formula con rencor, odio y censura.
Esa discrepancia se convierte en una ofensa y el crítico en un enemigo al que desacreditar.
El problema de fondo es que, con el tiempo, el personaje termina devorando al periodista.
La búsqueda de notoriedad sustituye a la búsqueda de la verdad.
La opinión desplaza al dato.
El espectáculo reemplaza a la información.
Y el ego ocupa el espacio que antes pertenecía a los hechos.
Una sociedad democrática no necesita periodistas obsesionados con ser protagonistas.
Necesita profesionales capaces de recordar que la historia nunca trata sobre ellos.
Trata sobre la verdad de lo que ocurre.
Cuando el periodista se vuelve más importante que la noticia, lo que queda ya no es periodismo.
Es espectáculo.
A veces propaganda.
Y casi siempre ruido.
Porque el periodismo no está para protagonizar la historia, sino para contarla.
La opinión de Ceuta Ahora se refleja únicamente en sus editoriales. La libertad de expresión, la libertad en general, es una máxima de filosofía de este medio que puede compartir o no las opiniones de sus articulistas





















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.217.123