España anestesiada
8 años han pasado desde aquella moción de censura que quitó a unos corruptos para poner a otros, quienes vendiendo limpieza, convirtieron a España en el lodazal de corrupción en el que chapoteamos a diario.
8 años en los que el PSOE renunció al capullo, para sembrar de tilas y adormideras las calles, sabedores de que iban a hacerles mucha falta a la vista de las pretensiones que atesoraban.
Y consiguieron, al menos de momento, que entre paguitas, ayudas, bonos y lo que les quede por inventar, aquí no reacciona nadie porque, quien debe reaccionar, el pueblo, es el primer narcotizado. ¡Cómo se va a revelar contra este amo! Este que le da para que su silencio, tan cobarde hoy como peligroso mañana, se mantenga semper et ubique!
El PP no sirve, no se puede contar con él, porque cuando se le llama no aparece, porque no quiere (no sea que se le vea junto a VOX), o porque no puede (porque ha colaborado intensamente en el anestesiamiento del país con sus medidas o el apoyo a las del PSOE). Ya conocemos todo el colorín que comparten en forma de Agenda (el Evangelio de Garcia Margallo), al que deben todo su actuar, aunque el mismo, como en el famoso programa, todo sea mentira.
No es comprensible que el PP haya metamorfoseado en tal medida, y de ser la derechona, haya mutado primero en la derechita cobarde y, sin solución de continuidad, en el socialismo o el PSOE azul. No lo es, salvo que haya caído en manos de quien guía los pasos del socialismo original, para convertirse en una especie de bastón sobre el que apoyar todo el proyecto, hoy sanchista, mañana, no sabemos.
No se entiende este PP huidizo, acobardado, cómplice de cuanto vemos, que se ausenta de convocatorias a las que le invita la sociedad civil (véase el pasado 23 de mayo), después vocifera aquello del todo es todo y, al rato, recula. ¡Qué PP es este!
Lo de los sindicatos de clase es cosa aparte. Avergüenzan a los españoles, indignan a los suyos, sirven a su señor, el que les mantiene con nuestro dinero a base de bien. Permanecen silentes, en una quietud propia del respeto debido a quien te colma de todo lo necesario para mantener sosegado ese ímpetu que renacerá a poco que cambie el panorama. Lo dicho, una vergüenza este sindicalismo que dice representar a la clase trabajadora en España.
Nos quedan los medios de comunicación aunque, salvo honrosísima excepción, poco podemos esperar. El continuo untado por unos o por otros les priva en gran medida de pérdida de su condición de referencia de la libertad en España. De su imparcialidad ya ni hablamos. Todos vamos sabiendo de qué pata cojea cada uno y, a partir de ahí, qué esperar. Véanse si no los minutos dedicados a unos políticos y a otros, a unas manifestaciones y a otras, o lo tendencioso del comentario editorial de turno. En demasiadas ocasiones, no hay por dónde cogerlo.
Todo suma, pues, para la causa del amansamiento de la nación. Y ante la desesperanza creciente, el antídoto de las prebendas a los mejor situados y de las migajas para el resto. Porque saben quien siembra desesperanza, más tarde o más temprano, terminará recogiendo su fruto: la ira.
8 años han pasado desde aquella moción de censura que quitó a unos corruptos para poner a otros, quienes vendiendo limpieza, convirtieron a España en el lodazal de corrupción en el que chapoteamos a diario.
8 años en los que el PSOE renunció al capullo, para sembrar de tilas y adormideras las calles, sabedores de que iban a hacerles mucha falta a la vista de las pretensiones que atesoraban.
Y consiguieron, al menos de momento, que entre paguitas, ayudas, bonos y lo que les quede por inventar, aquí no reacciona nadie porque, quien debe reaccionar, el pueblo, es el primer narcotizado. ¡Cómo se va a revelar contra este amo! Este que le da para que su silencio, tan cobarde hoy como peligroso mañana, se mantenga semper et ubique!
El PP no sirve, no se puede contar con él, porque cuando se le llama no aparece, porque no quiere (no sea que se le vea junto a VOX), o porque no puede (porque ha colaborado intensamente en el anestesiamiento del país con sus medidas o el apoyo a las del PSOE). Ya conocemos todo el colorín que comparten en forma de Agenda (el Evangelio de Garcia Margallo), al que deben todo su actuar, aunque el mismo, como en el famoso programa, todo sea mentira.
No es comprensible que el PP haya metamorfoseado en tal medida, y de ser la derechona, haya mutado primero en la derechita cobarde y, sin solución de continuidad, en el socialismo o el PSOE azul. No lo es, salvo que haya caído en manos de quien guía los pasos del socialismo original, para convertirse en una especie de bastón sobre el que apoyar todo el proyecto, hoy sanchista, mañana, no sabemos.
No se entiende este PP huidizo, acobardado, cómplice de cuanto vemos, que se ausenta de convocatorias a las que le invita la sociedad civil (véase el pasado 23 de mayo), después vocifera aquello del todo es todo y, al rato, recula. ¡Qué PP es este!
Lo de los sindicatos de clase es cosa aparte. Avergüenzan a los españoles, indignan a los suyos, sirven a su señor, el que les mantiene con nuestro dinero a base de bien. Permanecen silentes, en una quietud propia del respeto debido a quien te colma de todo lo necesario para mantener sosegado ese ímpetu que renacerá a poco que cambie el panorama. Lo dicho, una vergüenza este sindicalismo que dice representar a la clase trabajadora en España.
Nos quedan los medios de comunicación aunque, salvo honrosísima excepción, poco podemos esperar. El continuo untado por unos o por otros les priva en gran medida de pérdida de su condición de referencia de la libertad en España. De su imparcialidad ya ni hablamos. Todos vamos sabiendo de qué pata cojea cada uno y, a partir de ahí, qué esperar. Véanse si no los minutos dedicados a unos políticos y a otros, a unas manifestaciones y a otras, o lo tendencioso del comentario editorial de turno. En demasiadas ocasiones, no hay por dónde cogerlo.
Todo suma, pues, para la causa del amansamiento de la nación. Y ante la desesperanza creciente, el antídoto de las prebendas a los mejor situados y de las migajas para el resto. Porque saben quien siembra desesperanza, más tarde o más temprano, terminará recogiendo su fruto: la ira.
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