Lunes, 27 de Abril de 2026

Actualizada Lunes, 27 de Abril de 2026 a las 11:52:28 horas

Rachid Sbihi Ahmed
Lunes, 27 de Abril de 2026

Ceuta, Portugal y la herencia musulmana: ¿memoria selectiva o historia completa?

Recientemente tuvo lugar en nuestra ciudad una conferencia bajo el título "El pasado portugués de Ceuta".

 

Al acto asistieron, entre otras autoridades, el presidente de la ciudad y el delegado del Gobierno, lo que reforzó su dimensión pública.

 

También nos visitaba el Director del Instituto de Historia y Cultura Militar, junto a homólogos portugueses, lo que otorgó al acto un carácter institucional y simbólico evidente.

 

Como cabía esperar, la atención se centró en la etapa portuguesa y su legado, algo plenamente legítimo dentro del marco del evento.

 

Durante su intervención, el cronista oficial de la ciudad destacó los algo más de dos siglos de presencia portuguesa en Ceuta desde su conquista en 1415 por Juan I de Portugal, subrayando su importancia en la configuración de la identidad local. 

 

Nadie discute que aquella llegada marcó un punto de inflexión: la ciudad pasó a convertirse en una plaza estratégica dentro de la expansión europea, reforzó su carácter militar y se integró en una nueva lógica política y religiosa.

 

En un contexto como el de esta visita institucional, es comprensible que ese episodio cobre protagonismo. 

 

Sin embargo, desde el respeto institucional y el rigor académico, cabría animar a cronistas oficiales, historiadores y conferenciantes a ampliar el foco en futuras intervenciones. 

 

Es decir, a incorporar un ejercicio de memoria más completo.

 

Por ejemplo, una memoria que incluya también los siglos de presencia musulmana cuyo legado, aunque a veces menos visible en el discurso público, forma parte inseparable de la historia de Ceuta. 

 

Nada desmesurado: bastaría con añadir unos setecientos años que, en ocasiones, parecen haberse quedado en la sala de espera del relato oficial.

 

Ceuta tiene la incómoda costumbre de haber existido antes. 

 

Su historia, dependiendo de quién la cuente, parece comenzar en momentos distintos. 

 

Sin embargo, mucho antes de 1415, la ciudad ya contaba con una trayectoria prolongada. 

 

Durante aproximadamente siete siglos formó parte del mundo islámico, en un proceso no uniforme ni lineal, pero decisivo en su desarrollo social, económico y cultural.

 

No se trata de un episodio marginal, sino de una etapa extensa en la que Ceuta se consolidó como núcleo urbano relevante, espacio de intercambio y enclave estratégico entre África y Europa. 

 

Bajo distintos poderes —omeyas, almorávides, almohades o benimerines—, la ciudad participó en una red política, económica y cultural de gran amplitud.

 

Esa etapa dejó una huella profunda en su evolución urbana, en su función geoestratégica y en su diversidad social. 

 

La presencia musulmana, por tanto, no constituye un paréntesis, sino un proceso histórico de largo alcance. 

 

Siete siglos difícilmente pueden considerarse una nota a pie de página, aunque en determinados discursos a veces lo parezcan.

 

Conviene, además, situar ese periodo en su contexto. 

 

Ceuta no fue un gran centro intelectual comparable a otras ciudades del mundo islámico, pero sí formó parte activa de un espacio de intercambio de conocimiento, comercio y circulación de ideas que conectaba ambas orillas del Mediterráneo. 

 

Un ámbito que impulsó avances significativos en campos como la medicina, la astronomía, la filosofía, las matemáticas o la arquitectura. 

 

Mientras en otros lugares el conocimiento antiguo apenas se conservaba, en el mundo islámico se traducía, se ampliaba y se desarrollaba. 

 

Y Ceuta formaba parte de ese circuito.

 

Resulta llamativo —por no decir revelador— cómo algunos relatos históricos detallan con precisión determinados periodos mientras otros, sin explicación aparente, quedan diluidos en una especie de silencio narrativo: una historia en modo mute, donde siglos enteros desaparecen con sorprendente discreción.

 

Ceuta, afortunadamente, no comenzó en el siglo XV, ni tampoco en el VIII. 

 

Su historia es más larga, más compleja y, sobre todo, acumulativa. 

 

Y no gana cuando se simplifica, sino cuando se cuenta en su totalidad.

 

La ciudad no necesita elegir entre unas raíces u otras. 

 

No se trata de contraponer etapas ni de establecer jerarquías entre herencias. 

 

Su singularidad reside, precisamente, en la superposición de culturas, en la convivencia de influencias diversas que han ido configurando su identidad a lo largo del tiempo.

 

Reducir reiteradamente esa complejidad a un único periodo o a una sola identidad —por relevante que sea— implica empobrecer el relato y perder de vista lo que verdaderamente la define.

 

Una ciudad con la trayectoria histórica de Ceuta merece ser narrada en toda su amplitud y complejidad, incluso —y especialmente— en aquellos contextos en los que sería más sencillo simplificarla. 

 

Aunque, para ello, haya que hacer un poco más de espacio en el guion.

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