La Nación como prioridad
¿La Nación o el Estado? Puesto a situarse, el gobierno español se decidió por lo segundo y en esas estamos. Y de ello se deriva el conflicto de intereses, agravado por el Ejecutivo, que enfrenta el interés nacional con el interés estatal en el que prevalece siempre lo segundo, esto es, lo burocrático al servicio de cualquier cosa menos de lo que le demande la necesidad nacional.
El orden de prioridades con este gobierno, que parece más bien un cargo intermedio al servicio de Bruselas, ha adquirido un nuevo sentido. El mismo gobierno que no quiere españoles de primera y de segunda, provoca eso mismo desde el momento en que atiende primero la necesidad del recién llegado, ese que jamás aportó nada a España, a la del español harto de ver cómo sus impuestos, cada vez más onerosos, sirven para mantener a los millones de inmigrantes a los que se les facilita la regularización, con todo lo que ello implica (voto, vivienda, ayudas económicas de distintos tipos, etc.), para el acceso a todo aquello que al español de cuna se le dificulta.
Esto sucede cuando fías tanta responsabilidad propia a cuánta consigna te viene de fuera. España es rea de su irresponsabilidad, por haber confiado tantos y tantos asuntos a lo que decidan en Bruselas, entre ellos el tratamiento de la inmigración ilegal. El gobierno español se ha convertido en poco más que en esa vasta oficina para el cumplimiento de la voz de su amo, inspirada en la Agenda 2030, ese prospecto de objetivos que convirtieron en el hilo conductor para la entrega del Viejo Continente a lo que hoy venimos viendo, un cúmulo de espurios intereses que, en extraños casos, coinciden con los reivindicados por los lugareños europeos.
De ahí que no podamos esperar de nuestro Estado ni modificación ni articulación alguna de nuestra legislación, para procurar aminorar las continuas oleadas de inmigrantes ilegales, porque chocaría con el efecto llamada que promueven los mismos (algunos con el corasón asin de grande) que debían evitar generar el polo de atracción en que han convertido a España. El proyecto, el suyo, debe seguir en marcha, no sabemos hasta cuándo ni por qué.
Ante tal interés estatal (y supraestatal), quienes vimos ninguneado nuestro interés como nación, conscientes de cuánto nos costó llegar a ser lo que somos - por encima de versos sueltos de cancioncillas nacionalistas, y más allá de la impostada idiosincrasia europea que, según parece, compartimos con nuestro socios europeos-. nos encontramos con la propuesta de VOX de la PRIORIDAD NACIONAL, esto es, anteponer la Nación, el pueblo que la conforma, al Estado que más que gobernarla la subyuga, reduciendo a los españoles a meros paganinis, financiadores de cuánto necesiten quienes inundan nuestras calles, clamando ser atendidos y cumplimentada su nueva nacionalidad, para poder seguir exigiendo…
No tardaron en salir voces contrarias a VOX esgrimiendo, incluso, la Constitución, para desvirtuar la única propuesta que sitúa a los españoles antes que cualquiera en el que aún es nuestro país.
La igualdad que tanto andan proclamando barandas de distinto signo, se supone una vez conseguida la nacionalidad, que no debería ser tan barata como el solo hecho de llegar hasta aquí. Aunque eso requeriría de otro artículo, si no se quiere tratar tan alegremente el tema, la misma alegría con la que algunos prometieron lealtades y cumplimientos que aún aguardan la ejecución debida.
Así, mientras VOX promete Sentido Común en sus campañas electorales -los españoles primero-, Europa y sus satélites nacionales en España (el socialismo rojo y el azul), insiste en ahogarnos en todas esas políticas woke que desvirtúan la realidad y esencia de las naciones, transformando a España, por mor de su Estado, en defensora de prioridades ajenas o, lo que es lo mismo, convirtiéndola en su propia enemiga.
¿La Nación o el Estado? Puesto a situarse, el gobierno español se decidió por lo segundo y en esas estamos. Y de ello se deriva el conflicto de intereses, agravado por el Ejecutivo, que enfrenta el interés nacional con el interés estatal en el que prevalece siempre lo segundo, esto es, lo burocrático al servicio de cualquier cosa menos de lo que le demande la necesidad nacional.
El orden de prioridades con este gobierno, que parece más bien un cargo intermedio al servicio de Bruselas, ha adquirido un nuevo sentido. El mismo gobierno que no quiere españoles de primera y de segunda, provoca eso mismo desde el momento en que atiende primero la necesidad del recién llegado, ese que jamás aportó nada a España, a la del español harto de ver cómo sus impuestos, cada vez más onerosos, sirven para mantener a los millones de inmigrantes a los que se les facilita la regularización, con todo lo que ello implica (voto, vivienda, ayudas económicas de distintos tipos, etc.), para el acceso a todo aquello que al español de cuna se le dificulta.
Esto sucede cuando fías tanta responsabilidad propia a cuánta consigna te viene de fuera. España es rea de su irresponsabilidad, por haber confiado tantos y tantos asuntos a lo que decidan en Bruselas, entre ellos el tratamiento de la inmigración ilegal. El gobierno español se ha convertido en poco más que en esa vasta oficina para el cumplimiento de la voz de su amo, inspirada en la Agenda 2030, ese prospecto de objetivos que convirtieron en el hilo conductor para la entrega del Viejo Continente a lo que hoy venimos viendo, un cúmulo de espurios intereses que, en extraños casos, coinciden con los reivindicados por los lugareños europeos.
De ahí que no podamos esperar de nuestro Estado ni modificación ni articulación alguna de nuestra legislación, para procurar aminorar las continuas oleadas de inmigrantes ilegales, porque chocaría con el efecto llamada que promueven los mismos (algunos con el corasón asin de grande) que debían evitar generar el polo de atracción en que han convertido a España. El proyecto, el suyo, debe seguir en marcha, no sabemos hasta cuándo ni por qué.
Ante tal interés estatal (y supraestatal), quienes vimos ninguneado nuestro interés como nación, conscientes de cuánto nos costó llegar a ser lo que somos - por encima de versos sueltos de cancioncillas nacionalistas, y más allá de la impostada idiosincrasia europea que, según parece, compartimos con nuestro socios europeos-. nos encontramos con la propuesta de VOX de la PRIORIDAD NACIONAL, esto es, anteponer la Nación, el pueblo que la conforma, al Estado que más que gobernarla la subyuga, reduciendo a los españoles a meros paganinis, financiadores de cuánto necesiten quienes inundan nuestras calles, clamando ser atendidos y cumplimentada su nueva nacionalidad, para poder seguir exigiendo…
No tardaron en salir voces contrarias a VOX esgrimiendo, incluso, la Constitución, para desvirtuar la única propuesta que sitúa a los españoles antes que cualquiera en el que aún es nuestro país.
La igualdad que tanto andan proclamando barandas de distinto signo, se supone una vez conseguida la nacionalidad, que no debería ser tan barata como el solo hecho de llegar hasta aquí. Aunque eso requeriría de otro artículo, si no se quiere tratar tan alegremente el tema, la misma alegría con la que algunos prometieron lealtades y cumplimientos que aún aguardan la ejecución debida.
Así, mientras VOX promete Sentido Común en sus campañas electorales -los españoles primero-, Europa y sus satélites nacionales en España (el socialismo rojo y el azul), insiste en ahogarnos en todas esas políticas woke que desvirtúan la realidad y esencia de las naciones, transformando a España, por mor de su Estado, en defensora de prioridades ajenas o, lo que es lo mismo, convirtiéndola en su propia enemiga.
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