Hacer oposición también es gobernar
En tiempos donde la política parece haber quedado reducida a trincheras, conviene detenerse un momento y preguntarse para qué estamos aquí. No es una cuestión retórica, ni un ejercicio de nostalgia: es una necesidad urgente. Porque cuando la polarización se impone como norma, el sentido común corre el riesgo de convertirse en una excepción.
Soy socialista. Y lo soy en una ciudad donde mi partido no gobierna desde hace décadas. Esa realidad, lejos de ser una losa, debería ser una escuela. Una escuela de humildad, de aprendizaje constante y, sobre todo, de responsabilidad. Porque cuando no se gobierna, se tiene una oportunidad igual de importante: hacer una oposición útil.
Durante años, el PSOE de Ceuta ha atravesado momentos difíciles. Desde la etapa de José Antonio Carracao hasta las más recientes de Manuel Hernández y Juan Gutiérrez, hemos vivido reveses que nos obligaron a mirarnos hacia dentro. Pero también hubo algo más: en esas dos últimas etapas se empezó a recuperar algo fundamental, la ilusión. Y con ella, la posibilidad real de cambio.
Ese cambio no fue fruto de la casualidad ni de un golpe de efecto. Fue consecuencia de entender algo básico que a veces olvidamos: la oposición también es una forma de gobernar. Gobernar desde la vigilancia, desde la propuesta, desde el acuerdo.
Supimos, en aquel momento, aparcar el ruido para centrarnos en lo importante. Dejamos a un lado el ideario cuando era necesario para alcanzar acuerdos beneficiosos para la ciudadanía. Rebajamos el ego para fortalecer el trabajo en equipo. Renunciamos a protagonismos individuales en favor de soluciones colectivas. En definitiva, entendimos que la política no va de nosotros, sino de la gente.
Porque servir a la ciudadanía no es un eslogan: es una obligación. Y eso implica, muchas veces, saber ceder, escuchar y construir con quien piensa diferente. No hay una única forma de hacer política, y quien crea lo contrario está contribuyendo, quizá sin saberlo, a estrechar el camino de las soluciones.
Hacer buena oposición es gobernar también. Es preparar el terreno, es generar confianza, es demostrar que se puede gestionar antes incluso de tener la responsabilidad directa de hacerlo. Es, si se me permite, un examen constante ante la ciudadanía.
Tampoco deberíamos caer en la tentación de medir el socialismo en grados de pureza. Nadie es más socialista que nadie. Entre quienes nos votan hay personas que no se consideran socialistas, que quizá ni siquiera sienten interés por la política, pero que confían en nosotros para mejorar su vida. A ellos también nos debemos.
Anclarse en el pasado puede ser cómodo, pero es profundamente irresponsable. Porque mientras discutimos sobre lo que fuimos, dejamos de ocuparnos de lo que debemos ser. Y lo que debemos ser es útiles. Útiles para quienes esperan de nosotros algo tan sencillo —y tan complejo— como vivir mejor.
Esa es la tarea. Intentarlo cada día. Equivocarse, rectificar y volver a intentarlo. Con sentido común, con vocación de servicio y sin olvidar nunca que la política, cuando merece la pena, no se mide en titulares, sino en soluciones.
Mientras me dejen, seguiré en ese empeño.
En tiempos donde la política parece haber quedado reducida a trincheras, conviene detenerse un momento y preguntarse para qué estamos aquí. No es una cuestión retórica, ni un ejercicio de nostalgia: es una necesidad urgente. Porque cuando la polarización se impone como norma, el sentido común corre el riesgo de convertirse en una excepción.
Soy socialista. Y lo soy en una ciudad donde mi partido no gobierna desde hace décadas. Esa realidad, lejos de ser una losa, debería ser una escuela. Una escuela de humildad, de aprendizaje constante y, sobre todo, de responsabilidad. Porque cuando no se gobierna, se tiene una oportunidad igual de importante: hacer una oposición útil.
Durante años, el PSOE de Ceuta ha atravesado momentos difíciles. Desde la etapa de José Antonio Carracao hasta las más recientes de Manuel Hernández y Juan Gutiérrez, hemos vivido reveses que nos obligaron a mirarnos hacia dentro. Pero también hubo algo más: en esas dos últimas etapas se empezó a recuperar algo fundamental, la ilusión. Y con ella, la posibilidad real de cambio.
Ese cambio no fue fruto de la casualidad ni de un golpe de efecto. Fue consecuencia de entender algo básico que a veces olvidamos: la oposición también es una forma de gobernar. Gobernar desde la vigilancia, desde la propuesta, desde el acuerdo.
Supimos, en aquel momento, aparcar el ruido para centrarnos en lo importante. Dejamos a un lado el ideario cuando era necesario para alcanzar acuerdos beneficiosos para la ciudadanía. Rebajamos el ego para fortalecer el trabajo en equipo. Renunciamos a protagonismos individuales en favor de soluciones colectivas. En definitiva, entendimos que la política no va de nosotros, sino de la gente.
Porque servir a la ciudadanía no es un eslogan: es una obligación. Y eso implica, muchas veces, saber ceder, escuchar y construir con quien piensa diferente. No hay una única forma de hacer política, y quien crea lo contrario está contribuyendo, quizá sin saberlo, a estrechar el camino de las soluciones.
Hacer buena oposición es gobernar también. Es preparar el terreno, es generar confianza, es demostrar que se puede gestionar antes incluso de tener la responsabilidad directa de hacerlo. Es, si se me permite, un examen constante ante la ciudadanía.
Tampoco deberíamos caer en la tentación de medir el socialismo en grados de pureza. Nadie es más socialista que nadie. Entre quienes nos votan hay personas que no se consideran socialistas, que quizá ni siquiera sienten interés por la política, pero que confían en nosotros para mejorar su vida. A ellos también nos debemos.
Anclarse en el pasado puede ser cómodo, pero es profundamente irresponsable. Porque mientras discutimos sobre lo que fuimos, dejamos de ocuparnos de lo que debemos ser. Y lo que debemos ser es útiles. Útiles para quienes esperan de nosotros algo tan sencillo —y tan complejo— como vivir mejor.
Esa es la tarea. Intentarlo cada día. Equivocarse, rectificar y volver a intentarlo. Con sentido común, con vocación de servicio y sin olvidar nunca que la política, cuando merece la pena, no se mide en titulares, sino en soluciones.
Mientras me dejen, seguiré en ese empeño.
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