FB Noelia Castillo Ramos Noelia, una grieta en la eutanasia
Me ha afectado mucho la muerte de la joven Noelia, estoy intentando tomar notas de mis reflexiones, pero por el momento solo tengo entre ellas una importante: se tiró de un quinto piso y no se mató, "alguien" le quería decir que todavía no había llegado su momento.
Noelia intentó suicidarse porque cargaba en su conciencia una mochila muy pesada: hija de padres divorciados de la que tuvo que hacerse cargo Servicios Sociales. Internada en un centro de menores donde sufrió una violación grupal de la que no recibió atención psicológica ni asistencia espiritual. Tras el intento de suicidio quedó parapléjica de las piernas, aunque tras un tratamiento consiguió caminar con muletas.
Una grieta en el sistema como la de la ley del "solo sí es sí", que un poder legislativo soberbio no regula ni modifica porque presume de bien hecha y la realidad es que el Estado "abandona" a las víctimas ante sus violadores con sus miedos y daños colaterales, como los de Noelia, que no fue tratada en su centro de menores tutelado, el cual debió haber aplicado un protocolo de psiquiatría o psicología infanto-juvenil, para retirar a la joven de ese túnel que solo le conducía al averno y a suplicar la muerte. La que consiguió con el empujón legal del sistema que la llevó a un suicidio asistido a encontrar su luz.
Noelia, que alegó sufrimiento insoportable, no tenía una enfermedad terminal, ni era un vegetal ni estaba condenada a una cama. Noelia tenía una angustia y una pena encallada en el alma, que no la dejaba vivir, estaba poseída por la amargura de sus recuerdos, los que la Administración pública, la que allí la "condenó", no supo rescatarla ya sabiendo de antemano que venía de una familia desestructurada con problemas graves de adicciones y salud mental.
La ley de eutanasia es como hablar con una IA, no distingue entre un sufrimiento físico irreversible y un psicológico tratable. La cura de Noelia estaba en el tiempo, sus 25 años no sentaban cátedra para valorar ni que valorase su vida.
Noelia, su vida no estaba desquiciada, el desquicio lo tenía, pero sin perder la cordura, era una abuela que ya no quería vivir, aunque a veces sonreía con su madre, ahí se abre una puerta para su tratamiento, el cual debería pagar el Estado por haberla abandonado. Un abandono institucional con firma legal y una madre que tiró al ring la toalla para evitar el castigo que padecía su hija, mientras su padre intentaba demostrar esa grieta legislativa.
El actual Gobierno y su corte, está acostumbrado a legislar castillos en el aire, no ve ni prevé ni entiende de flecos, lo demuestra con ciertas leyes: un desgobierno. No vamos a entrar en la guerra de las asociaciones impulsoras de provida o derecho a decidir, ya que también tienen sus grietas.
La ley no entiende de sentimientos, es ciega, aunque siendo ciega los debería percibir mejor, solo se basa en informes, no es compasiva y como Pilatos se lava las manos en la legitimidad de renunciar a la vida, solamente porque la persona no quiere vivir. En el caso de Noelia el sistema la abocó al fracaso.
El caso de Noelia, no el mental, está a la altura de una discapacidad, como la de muchos españoles, los que algunos hacen su gala en el deporte paralímpico. Noelia no se liberó, ni el Estado brazo ejecutor, le proporcionó el descanso eterno, lo que tiene que hacer los que votaron sí a esa ley, es mirarse ese fracaso, pues una grieta del sistema es síntoma de incompetencia, y en este caso no se calificaría como una muerte digna, de la que estamos a favor y apoyamos esa eutanasia que a muchos se les denegó, como a la mujer de Mallorca donde la LORE alegó "cansancio vital".
¿Y qué pasa con el juramento hipocrático? Existe una dicotomía, que abre un debate entre la atención médica y la ayuda a morir. Si bien la ley lo ampara, no así la mayoría de la comunidad médica que es garante del código deontológico. Es muy fácil firmar y ampararse en Estrasburgo, pero no lo es apretar el botón. Ser verdugo del Estado es legal, pero ni ético ni humano. En los otros casos, en vez de llamarlo muerte asistida que suena a patíbulo, lo podríamos encuadrar en paliativos como "última voluntad".
Me ha afectado mucho la muerte de la joven Noelia, estoy intentando tomar notas de mis reflexiones, pero por el momento solo tengo entre ellas una importante: se tiró de un quinto piso y no se mató, "alguien" le quería decir que todavía no había llegado su momento.
Noelia intentó suicidarse porque cargaba en su conciencia una mochila muy pesada: hija de padres divorciados de la que tuvo que hacerse cargo Servicios Sociales. Internada en un centro de menores donde sufrió una violación grupal de la que no recibió atención psicológica ni asistencia espiritual. Tras el intento de suicidio quedó parapléjica de las piernas, aunque tras un tratamiento consiguió caminar con muletas.
Una grieta en el sistema como la de la ley del "solo sí es sí", que un poder legislativo soberbio no regula ni modifica porque presume de bien hecha y la realidad es que el Estado "abandona" a las víctimas ante sus violadores con sus miedos y daños colaterales, como los de Noelia, que no fue tratada en su centro de menores tutelado, el cual debió haber aplicado un protocolo de psiquiatría o psicología infanto-juvenil, para retirar a la joven de ese túnel que solo le conducía al averno y a suplicar la muerte. La que consiguió con el empujón legal del sistema que la llevó a un suicidio asistido a encontrar su luz.
Noelia, que alegó sufrimiento insoportable, no tenía una enfermedad terminal, ni era un vegetal ni estaba condenada a una cama. Noelia tenía una angustia y una pena encallada en el alma, que no la dejaba vivir, estaba poseída por la amargura de sus recuerdos, los que la Administración pública, la que allí la "condenó", no supo rescatarla ya sabiendo de antemano que venía de una familia desestructurada con problemas graves de adicciones y salud mental.
La ley de eutanasia es como hablar con una IA, no distingue entre un sufrimiento físico irreversible y un psicológico tratable. La cura de Noelia estaba en el tiempo, sus 25 años no sentaban cátedra para valorar ni que valorase su vida.
Noelia, su vida no estaba desquiciada, el desquicio lo tenía, pero sin perder la cordura, era una abuela que ya no quería vivir, aunque a veces sonreía con su madre, ahí se abre una puerta para su tratamiento, el cual debería pagar el Estado por haberla abandonado. Un abandono institucional con firma legal y una madre que tiró al ring la toalla para evitar el castigo que padecía su hija, mientras su padre intentaba demostrar esa grieta legislativa.
El actual Gobierno y su corte, está acostumbrado a legislar castillos en el aire, no ve ni prevé ni entiende de flecos, lo demuestra con ciertas leyes: un desgobierno. No vamos a entrar en la guerra de las asociaciones impulsoras de provida o derecho a decidir, ya que también tienen sus grietas.
La ley no entiende de sentimientos, es ciega, aunque siendo ciega los debería percibir mejor, solo se basa en informes, no es compasiva y como Pilatos se lava las manos en la legitimidad de renunciar a la vida, solamente porque la persona no quiere vivir. En el caso de Noelia el sistema la abocó al fracaso.
El caso de Noelia, no el mental, está a la altura de una discapacidad, como la de muchos españoles, los que algunos hacen su gala en el deporte paralímpico. Noelia no se liberó, ni el Estado brazo ejecutor, le proporcionó el descanso eterno, lo que tiene que hacer los que votaron sí a esa ley, es mirarse ese fracaso, pues una grieta del sistema es síntoma de incompetencia, y en este caso no se calificaría como una muerte digna, de la que estamos a favor y apoyamos esa eutanasia que a muchos se les denegó, como a la mujer de Mallorca donde la LORE alegó "cansancio vital".
¿Y qué pasa con el juramento hipocrático? Existe una dicotomía, que abre un debate entre la atención médica y la ayuda a morir. Si bien la ley lo ampara, no así la mayoría de la comunidad médica que es garante del código deontológico. Es muy fácil firmar y ampararse en Estrasburgo, pero no lo es apretar el botón. Ser verdugo del Estado es legal, pero ni ético ni humano. En los otros casos, en vez de llamarlo muerte asistida que suena a patíbulo, lo podríamos encuadrar en paliativos como "última voluntad".
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