Viernes, 06 de Marzo de 2026

Actualizada Viernes, 06 de Marzo de 2026 a las 14:36:33 horas

José Antonio Carbonell Buzzian
Viernes, 06 de Marzo de 2026

En qué Ceuta Vives Tú? El discurso de los ¡Viva Ceuta! frente a la Ceuta que no aparece en ningún discurso

Cada cierto tiempo, alguien sube a un atril en Ceuta y pronuncia el discurso. Ya saben cuál. El de la ciudad resiliente, la joya del Estrecho, el puente entre dos continentes, el ejemplo de convivencia que el mundo debería imitar. Aplausos. Foto. Titular en el medio afín. Y vuelta a casa. Mientras tanto, a tres calles de ese atril, hay familias que llevan una semana mirando la nevera con la misma ansiedad con la que el orador miraba el teleprónter.

 

I. El gran discurso de los ¡Vivas!

Permítanme que lo reconstruya, porque no hace falta inventar nada. El discurso oficial de Ceuta lleva décadas perfeccionándose con una consistencia que, hay que reconocerlo, tiene su mérito técnico. Suena más o menos así:

 

"Ceuta es una ciudad extraordinaria. Una ciudad que ha sabido superar sus dificultades con la fortaleza y el orgullo que nos caracterizan. Somos un ejemplo de convivencia para España y para Europa. Gracias a nuestra singularidad, a nuestra posición estratégica y al esfuerzo de todos los ceutíes, seguimos avanzando. El Gobierno de la Ciudad trabaja sin descanso para mejorar la calidad de vida de nuestros ciudadanos. Tenemos proyectos ambiciosos, inversiones históricas, un futuro brillante. ¡Viva Ceuta! ¡Viva España!"

 

 

— Cualquier acto oficial. Cualquier año. Prácticamente sin cambios.

Bonito discurso. Tan bonito que uno casi se olvida de preguntarse para quiénes son esos proyectos ambiciosos, a quiénes llegan esas inversiones históricas, y de qué sirve proclamar la convivencia cuando las dos comunidades mayoritarias de esta ciudad siguen viviendo en universos paralelos que solo se cruzan en el mercado, en el discurso oficial y en el día a día de quienes no tienen el lujo de elegir su entorno.

 

Porque la convivencia, señores del atril, no es un logro. Es una necesidad. No se aplaude que el agua moje. Lo que se exige es que esa convivencia venga acompañada de igualdad de oportunidades, de acceso equitativo a los servicios, de una distribución justa de los recursos que esta ciudad recibe. Y en eso, el discurso falla. Sistemática, estructural y cómodamente.

 

 

II. Los números que nunca caben en el discurso

Mientras el orador de turno proclama el futuro brillante, Ceuta ostenta una tasa de desempleo que dobla la media nacional. El abandono escolar temprano supera el treinta por ciento en algunos barrios, una cifra que en cualquier capital europea generaría una crisis de gobierno. Aquí genera un párrafo en el plan estratégico del siguiente mandato.

 

Los barrios del Príncipe, Benzú, el Recinto Sur —hay que nombrarlos, porque nombrarlos ya es un acto político en esta ciudad donde algunos topónimos se evitan como si tuvieran maldición— concentran una pobreza que no es nueva, no es coyuntural y no es invisible. Es estructural. Y estructural significa que la han construido varias generaciones de decisiones políticas, o más exactamente, de no-decisiones. De mirar hacia otro lado con la elegancia de quien sabe que el barrio no vota en mayoría a los suyos.

 

Hay niños en esta ciudad que llegan al colegio sin desayunar. No como excepción anecdótica. Como patrón. Los maestros lo saben, los orientadores lo documentan, los trabajadores sociales lo denuncian. Y el concejal de turno lo lamenta profundamente en una rueda de prensa antes de aprobar un presupuesto que no lo resuelve.

 

 

III. La Ceuta que funciona —para algunos—

Seamos justos: hay una Ceuta que funciona. Que tiene bares llenos, restaurantes que no conocen la crisis, empresas que facturan bien, funcionarios que cobran puntual y veranean con tranquilidad. Una Ceuta donde los hijos de los bien relacionados encuentran trabajo antes de acabar la carrera, donde los contratos públicos tienen un recorrido que, visto desde fuera, parece diseñado por alguien con muy buena memoria para los favores.

 

Esta Ceuta no es mala gente. Eso sería demasiado fácil. Son personas que han aprendido a navegar un sistema que premia la lealtad sobre la competencia, la cercanía sobre el mérito, el silencio cómplice sobre la pregunta incómoda. Y como el sistema funciona para ellos, no tienen ningún incentivo estructural para cambiarlo. ¿Por qué iban a hacerlo?

 

La pregunta que habría que hacerle al que da el discurso no es si quiere a Ceuta. Seguramente sí. La pregunta es: ¿a cuál de las dos? Porque querer a la ciudad de los vivas, de los aplausos y del fotógrafo oficial mientras se ignora la ciudad del hambre silenciosa y la esperanza aplazada, no es querer a Ceuta. Es quererse a uno mismo usando a Ceuta de decorado.

 

 

IV. La frontera más cruel no está en el Tarajal

Ceuta es conocida internacionalmente por su verja, por su frontera física con Marruecos, por las imágenes que cada cierto tiempo recorren el mundo mostrando cuerpos en el agua o figuras encaramadas a una alambrada. Es la frontera que sale en la prensa internacional, la que genera debates en el Parlamento Europeo, la que convierte a esta ciudad en símbolo de algo más grande que ella misma.

 

Pero hay otra frontera. No tiene alambrada. No la vigila ningún agente. No aparece en ningún mapa. Es la frontera invisible que separa a los ceutíes que tienen acceso real a la movilidad social de los que nacen condenados a repetir el ciclo de su barrio. La que divide a los que ven en Ceuta un trampolín y a los que la ven como una trampa. Esa frontera atraviesa colegios, hospitales, oposiciones, contratos, pisos de alquiler y, sobre todo, expectativas.

 

Y esa frontera, a diferencia de la del Tarajal, no genera ninguna cumbre bilateral, ninguna reunión de urgencia, ningún comunicado de Bruselas. Porque sus víctimas son ceutíes. Y los ceutíes pobres, al parecer, no son noticia suficiente.

 

 

V. Lo que nadie dice desde el atril

Tendría gracia —o quizás sería un shock colectivo— que un día alguien subiera al atril y dijera la verdad. Algo así como: 'Ceuta tiene una deuda impagada con la mitad de sus ciudadanos. Las inversiones no llegan donde más se necesitan. El clientelismo nos cuesta más caro que ninguna crisis económica. El abandono escolar es nuestra mayor vergüenza. Y si seguimos hablando de convivencia sin hablar de equidad, estamos construyendo una bomba de relojería con fondos europeos.'

 

Nadie lo dirá. Porque decirlo cuesta votos en una parte del electorado, incomoda a los que financian campañas y rompe el relato tranquilizador que permite dormir bien a quienes toman las decisiones. El ¡Viva Ceuta! es, entre otras cosas, un anestésico. Un modo de cerrar el acto, de hacer que todos aplaudan juntos por un momento y de no tener que responder a ninguna pregunta.

 

No es un grito de orgullo. Es una cortina.

 

Así que la próxima vez que escuche el discurso, permítase hacerse una sola pregunta: ¿de qué Ceuta está hablando? ¿De la suya? ¿De la de usted? ¿O de esa ciudad imaginaria, perfecta y resiliente que existe solo en los atriles y que nadie, absolutamente nadie, ha visto nunca desde una cola del SEPE?

 

Ceuta es real. Merece un debate real. Y sus ciudadanos merecen algo más que vítores.

La opinión de Ceuta Ahora se refleja únicamente en sus editoriales. La libertad de expresión, la libertad en general, es una máxima de filosofía de este medio que puede compartir o no las opiniones de sus articulistas

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