La noche de la política
En Andalucía decimos que hay noche cerrá cuando está oscura, negra hasta lo zahino, impenetrable a la Luna más necesitada de desparramar sus rayos por el éter que nos sobrevuela, tenebrosa y advirtente de cuanto oculta.
De esa noche cerrá, como boca de lobo, parece que emergieron quienes nos decían traer la regeneración de la degeneración a la que ahora, se dijera, nos regresan.
Esa noche de la política que les parapeta de tanta degradación personal e institucional a la que se abocan ellos solos y nos empapan al resto.
Esa noche de la política, seto en el que enmarañar la comprensión de tanta decisión obtusa, rancia…
Esa noche de la política, cueva gestante de tanta trama para el dispendio desmesurado de las arcas dinerarias y, aún peor, y de la moral de España de las que, en su vecindad en lo oscuro, incluso Epstein, dicen, tuvo conocimiento previo.
Esa noche de la política, desde semejante oquedad disimulada en lo negro que la engulle, hubo de ser el escenario de la iniquidad hacia todo lo español que, en la misma medida, habrá de ser reconquistado, recobrado, restaurado en lo más aproximado a su ser y devuelto a quienes les fue detraido, como si de un pecado se hubiese tratado.
Esa noche de la política lúgubre y mezquina sólo podía parir proyectos destinados a la zozobra de sus destinatarios, los españoles que difícilmente comprendemos cómo se puede llegar tan lejos en el daño, incluso, a quienes te pusieron ahí.
Esa noche de la política desvela y vomita resentimientos, pretendiendo estimular enfrentamientos cuasi olvidados que nadie entiende, que sólo comparten quienes bien viven de la desazón ajena.
Sin embargo, no hay noche sin su día, sin la claridad que todo lo disipa, el alba del que rehúsan aquellos que de la discordia disfrazada de gestión interesada hicieron su modo de vida.
Porque habrá una mañana en que, espabilada por la voluntad del pueblo, la reconquista anunciada, la recuperación de lo perdido comenzará a darse, paulatinamente, sin lugar a la pausa, con toda la determinación que requiere tal causa, esa que dice que España ha de ser de los españoles, urgiendo reivindicar rayana evidencia. Porque hasta lo evidente quedó tasado para su desprecio.
Ese será el momento para imponer la esperanza frente al conformismo y la dejadez. Para que los valores, postergados para mejor ocasión, se encuentren en el instante exacto para ser ondeados en la blancura del nuevo día que se despereza, libres de engaños, pues esa es la libertad real, ninguna otra, esa que emerge de la verdad. Esa libertad que siendo la de todos, tiene un dueño en cada uno de nosotros.
La noche de la política no admite albas, ni esperanzas; no sabe de necesidad ni de libertad; es puro proyecto de sumisión al mismo, búsqueda del enfrentamiento y desnaturalización de la cordura (eso que vinieron a llamar lo woke, la cultura de la cancelación, la anormalidad como norma).
Mas, como todo peligro, ese también lleva inserto la salvación en su esencia, precisamente aquella de la que carece y, por tal razón, volverá a sucumbir, para que el día vuelva a prevalecer.
En Andalucía decimos que hay noche cerrá cuando está oscura, negra hasta lo zahino, impenetrable a la Luna más necesitada de desparramar sus rayos por el éter que nos sobrevuela, tenebrosa y advirtente de cuanto oculta.
De esa noche cerrá, como boca de lobo, parece que emergieron quienes nos decían traer la regeneración de la degeneración a la que ahora, se dijera, nos regresan.
Esa noche de la política que les parapeta de tanta degradación personal e institucional a la que se abocan ellos solos y nos empapan al resto.
Esa noche de la política, seto en el que enmarañar la comprensión de tanta decisión obtusa, rancia…
Esa noche de la política, cueva gestante de tanta trama para el dispendio desmesurado de las arcas dinerarias y, aún peor, y de la moral de España de las que, en su vecindad en lo oscuro, incluso Epstein, dicen, tuvo conocimiento previo.
Esa noche de la política, desde semejante oquedad disimulada en lo negro que la engulle, hubo de ser el escenario de la iniquidad hacia todo lo español que, en la misma medida, habrá de ser reconquistado, recobrado, restaurado en lo más aproximado a su ser y devuelto a quienes les fue detraido, como si de un pecado se hubiese tratado.
Esa noche de la política lúgubre y mezquina sólo podía parir proyectos destinados a la zozobra de sus destinatarios, los españoles que difícilmente comprendemos cómo se puede llegar tan lejos en el daño, incluso, a quienes te pusieron ahí.
Esa noche de la política desvela y vomita resentimientos, pretendiendo estimular enfrentamientos cuasi olvidados que nadie entiende, que sólo comparten quienes bien viven de la desazón ajena.
Sin embargo, no hay noche sin su día, sin la claridad que todo lo disipa, el alba del que rehúsan aquellos que de la discordia disfrazada de gestión interesada hicieron su modo de vida.
Porque habrá una mañana en que, espabilada por la voluntad del pueblo, la reconquista anunciada, la recuperación de lo perdido comenzará a darse, paulatinamente, sin lugar a la pausa, con toda la determinación que requiere tal causa, esa que dice que España ha de ser de los españoles, urgiendo reivindicar rayana evidencia. Porque hasta lo evidente quedó tasado para su desprecio.
Ese será el momento para imponer la esperanza frente al conformismo y la dejadez. Para que los valores, postergados para mejor ocasión, se encuentren en el instante exacto para ser ondeados en la blancura del nuevo día que se despereza, libres de engaños, pues esa es la libertad real, ninguna otra, esa que emerge de la verdad. Esa libertad que siendo la de todos, tiene un dueño en cada uno de nosotros.
La noche de la política no admite albas, ni esperanzas; no sabe de necesidad ni de libertad; es puro proyecto de sumisión al mismo, búsqueda del enfrentamiento y desnaturalización de la cordura (eso que vinieron a llamar lo woke, la cultura de la cancelación, la anormalidad como norma).
Mas, como todo peligro, ese también lleva inserto la salvación en su esencia, precisamente aquella de la que carece y, por tal razón, volverá a sucumbir, para que el día vuelva a prevalecer.
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