El traumático epílogo del bipartidismo
Antonio Gramsci afirmaba que toda crisis se produce precisamente cuando lo viejo muere y lo nuevo no acaba de nacer. En cierto modo, así es, sobre todo porque las grandes transformaciones sistémicas no empiezan cuando aparecen nuevas fórmulas políticas o ideológicas, sino cuando las estructuras existentes se extinguen al dejar de dar sentido a la vida colectiva que pretenden ordenar.
Y es que el debate sobre el fin del bipartidismo en España suele formularse como una disfunción o una anomalía del sistema. Sin embargo, observado con perspectiva histórica y comparada, responde a algo más profundo, un proceso de cierre de ciclo que no es patológico, sino inherente a cualquier régimen que ha agotado su capacidad de representación.
España no está viviendo una excepción. Está llegando, quizá con retraso, a una dinámica que ya se ha desplegado en buena parte de Europa y que guarda un paralelismo estructural evidente con el agotamiento del turnismo de la Restauración. Cuando un sistema político deja de reflejar la sociedad real, puede seguir funcionando durante un tiempo, pero lo hace por inercia, no por legitimidad. Esa fue la lógica del final del siglo XIX y vuelve a serlo hoy.
El turno conservador y liberal del siglo XIX y el bipartidismo surgido tras 1978 comparten una lógica profunda. La voluntad de ordenar el conflicto desde arriba, de limitar la competencia real y de preservar un marco político considerado incuestionable. Durante décadas, ambos sistemas funcionaron porque el contexto social, económico y generacional los hacía viables. Cuando ese contexto cambia, los partidos centrales dejan de ser instrumentos de representación y pasan a actuar como mecanismos de contención. En la Restauración, el sistema se aferró a sí mismo hasta quebrarse. En la España actual, el régimen político nacido en 1978, con sus partidos, consensos y rituales, entra en su epílogo histórico no por un colapso súbito, sino por asfixia interna.
El factor decisivo de este momento es generacional. Las nuevas cohortes no vivieron la Transición, no asocian las instituciones al progreso, no sienten lealtad hacia partidos convertidos en aparatos y no perciben el sistema como un pacto que las incluya. El resultado es un desenganche profundo, no solo del bipartidismo, sino del imaginario político que lo sostenía. Para estas generaciones, el sistema no es una conquista, sino un paisaje heredado que ya no funciona. Aquí se produce el error de diagnóstico de las élites políticas, que interpretan este desapego como radicalización cuando en realidad expresa la obsolescencia del marco.
En ese vacío emerge la llamada nueva derecha, no como una anomalía, sino como el producto lógico de una crisis prolongada de representación. En España, Vox encarnaría ese impulso de ruptura y de regeneración política que llega cuando el sistema ya no ofrece respuestas reconocibles. Un proyecto político que, muy a pesar de sus detractores, no surge contra la democracia, sino contra un modelo de gestión percibido como cerrado, autorreferencial y ajeno a amplios sectores sociales. Su papel se asemeja, en términos estructurales, al del regeneracionismo político que acompañó la crisis del turnismo, una corriente crítica y disruptiva que no buscaba sostener el sistema existente, sino forzarlo a transformarse.
Frente a ello, el Partido Popular representa la contradicción de una derecha que aspira a liderar el cambio sin abandonar del todo las coordenadas de la vieja política. El PP forma parte constitutiva del bipartidismo y de los equilibrios del régimen que hoy se agota. Su dificultad no es meramente estratégica, sino histórica. Al intentar preservar un sistema en descomposición, acaba siendo arrastrado por él. Como ocurrió con los partidos dinásticos en la Restauración, la defensa del orden heredado termina confundiendo estabilidad con inmovilidad y gestión con proyecto.
La nueva derecha introduce, con todas sus tensiones y límites, un elemento de ruptura que el centro político ya no puede ofrecer. Obliga a replantear consensos convertidos en dogmas, reabre debates clausurados por inercia y devuelve la política al terreno del conflicto real. Como ocurrió con el socialismo, el republicanismo o el maurismo durante el ocaso del sistema restauracional, estas fuerzas cumplen una función histórica incómoda pero necesaria. No garantizan aciertos ni mucho menos la excelencia de sus gobiernos, pero fuerzan una renovación que los partidos del sistema han demostrado no saber liderar.
El verdadero riesgo no es el fin del bipartidismo, sino la negativa a aceptar que este ha agotado su función histórica. Cuando las élites políticas se aferran a un modelo en declive, lo convierten en un lastre. El ciclo político inaugurado en 1978 no se derrumba, se extingue. Y cuanto más se intente prolongarlo artificialmente, más traumática será la transición. En ese sentido, partidos como Vox y sus homólogos europeos no son ni mucho menos la causa del cambio, sino más bien uno de sus vehículos. El relevo es inevitable. La cuestión decisiva es si España sabrá gestionarlo como una regeneración democrática o si preferirá prolongar la descomposición de un sistema cada vez más desvinculado de esa sociedad que pretende gobernar.
Juan Sergio Redondo Pacheco
Fundación Denaes
Antonio Gramsci afirmaba que toda crisis se produce precisamente cuando lo viejo muere y lo nuevo no acaba de nacer. En cierto modo, así es, sobre todo porque las grandes transformaciones sistémicas no empiezan cuando aparecen nuevas fórmulas políticas o ideológicas, sino cuando las estructuras existentes se extinguen al dejar de dar sentido a la vida colectiva que pretenden ordenar.
Y es que el debate sobre el fin del bipartidismo en España suele formularse como una disfunción o una anomalía del sistema. Sin embargo, observado con perspectiva histórica y comparada, responde a algo más profundo, un proceso de cierre de ciclo que no es patológico, sino inherente a cualquier régimen que ha agotado su capacidad de representación.
España no está viviendo una excepción. Está llegando, quizá con retraso, a una dinámica que ya se ha desplegado en buena parte de Europa y que guarda un paralelismo estructural evidente con el agotamiento del turnismo de la Restauración. Cuando un sistema político deja de reflejar la sociedad real, puede seguir funcionando durante un tiempo, pero lo hace por inercia, no por legitimidad. Esa fue la lógica del final del siglo XIX y vuelve a serlo hoy.
El turno conservador y liberal del siglo XIX y el bipartidismo surgido tras 1978 comparten una lógica profunda. La voluntad de ordenar el conflicto desde arriba, de limitar la competencia real y de preservar un marco político considerado incuestionable. Durante décadas, ambos sistemas funcionaron porque el contexto social, económico y generacional los hacía viables. Cuando ese contexto cambia, los partidos centrales dejan de ser instrumentos de representación y pasan a actuar como mecanismos de contención. En la Restauración, el sistema se aferró a sí mismo hasta quebrarse. En la España actual, el régimen político nacido en 1978, con sus partidos, consensos y rituales, entra en su epílogo histórico no por un colapso súbito, sino por asfixia interna.
El factor decisivo de este momento es generacional. Las nuevas cohortes no vivieron la Transición, no asocian las instituciones al progreso, no sienten lealtad hacia partidos convertidos en aparatos y no perciben el sistema como un pacto que las incluya. El resultado es un desenganche profundo, no solo del bipartidismo, sino del imaginario político que lo sostenía. Para estas generaciones, el sistema no es una conquista, sino un paisaje heredado que ya no funciona. Aquí se produce el error de diagnóstico de las élites políticas, que interpretan este desapego como radicalización cuando en realidad expresa la obsolescencia del marco.
En ese vacío emerge la llamada nueva derecha, no como una anomalía, sino como el producto lógico de una crisis prolongada de representación. En España, Vox encarnaría ese impulso de ruptura y de regeneración política que llega cuando el sistema ya no ofrece respuestas reconocibles. Un proyecto político que, muy a pesar de sus detractores, no surge contra la democracia, sino contra un modelo de gestión percibido como cerrado, autorreferencial y ajeno a amplios sectores sociales. Su papel se asemeja, en términos estructurales, al del regeneracionismo político que acompañó la crisis del turnismo, una corriente crítica y disruptiva que no buscaba sostener el sistema existente, sino forzarlo a transformarse.
Frente a ello, el Partido Popular representa la contradicción de una derecha que aspira a liderar el cambio sin abandonar del todo las coordenadas de la vieja política. El PP forma parte constitutiva del bipartidismo y de los equilibrios del régimen que hoy se agota. Su dificultad no es meramente estratégica, sino histórica. Al intentar preservar un sistema en descomposición, acaba siendo arrastrado por él. Como ocurrió con los partidos dinásticos en la Restauración, la defensa del orden heredado termina confundiendo estabilidad con inmovilidad y gestión con proyecto.
La nueva derecha introduce, con todas sus tensiones y límites, un elemento de ruptura que el centro político ya no puede ofrecer. Obliga a replantear consensos convertidos en dogmas, reabre debates clausurados por inercia y devuelve la política al terreno del conflicto real. Como ocurrió con el socialismo, el republicanismo o el maurismo durante el ocaso del sistema restauracional, estas fuerzas cumplen una función histórica incómoda pero necesaria. No garantizan aciertos ni mucho menos la excelencia de sus gobiernos, pero fuerzan una renovación que los partidos del sistema han demostrado no saber liderar.
El verdadero riesgo no es el fin del bipartidismo, sino la negativa a aceptar que este ha agotado su función histórica. Cuando las élites políticas se aferran a un modelo en declive, lo convierten en un lastre. El ciclo político inaugurado en 1978 no se derrumba, se extingue. Y cuanto más se intente prolongarlo artificialmente, más traumática será la transición. En ese sentido, partidos como Vox y sus homólogos europeos no son ni mucho menos la causa del cambio, sino más bien uno de sus vehículos. El relevo es inevitable. La cuestión decisiva es si España sabrá gestionarlo como una regeneración democrática o si preferirá prolongar la descomposición de un sistema cada vez más desvinculado de esa sociedad que pretende gobernar.
Juan Sergio Redondo Pacheco
Fundación Denaes
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