No existe mayor incertidumbre que vivir (Soul Etspes)
La incertidumbre suele pesar demasiado en el alma humana. Por eso estoy convencido, al igual que la ciencia, de que la teoría de los 21 gramos es errónea. Absolutamente desacertada.
El principal objetivo de cualquier elemento vivo es la supervivencia, intrínsecamente unida a la procreación como medio de transmisión de los genes y proyección futura de garantía de continuidad de la especie. Venimos programados así. Luego si existe Dios nos creó inevitablemente egoístas y con un punto elevado de narcisismo. Para contrarrestar estos defectos de serie tenemos la cultura.
Desde el punto de vista de la biología parece evidente que el cerebro humano busca control y certeza como mecanismo biológico para garantizar la perpetuación. Es mejor emocional y energéticamente para él una “pésima noticia” que una incertidumbre prolongada que provocaría una continua reconfiguración de los esquemas neuronales con el consiguiente gasto calórico.
Lo desconocido mantiene al sistema nervioso en un estado de alerta constante. Este estado de hipervigilancia es metabólicamente carísimo. El cerebro funciona como una “máquina de predicción” cuyo objetivo principal es minimizar el error y maximizar la eficiencia energética. Por eso, por ejemplo, nos resulta muy fácil admitir que Trump es un loco en lugar de analizar quién le ha permitido, y cómo, llegar al poder, o qué intereses más allá de los puramente económicos hay tras sus decisiones. O pensar que el estado de paz y bienestar social del que disfrutamos los europeos se mantendrá eternamente sin querer examinar con precisión los síntomas de un debilitamiento endémico que está a punto de destruir el sistema.
La vida es imprevisible por definición. Y esto causa desasosiego de tarde en tarde, o continuamente si eres un hipocondriaco. Si partimos de esta premisa debemos, tenemos la obligación, de reorientar estas inquietudes para fomentar la creatividad y la flexibilidad, desarrollar la resiliencia y la capacidad de adaptación, e incluso lanzarnos apasionadamente a la acción. Y si no, siempre nos quedará la poesía. Y si ¡sí! ¡Ahí está la poesía! Incido en ello porque si pienso en algo que jamás podría producir miedo, provocar temor o resultar amenazante, eso es la poesía.
No se preocupe por lo que pueda acaecer mañana sino por las oportunidades que ha dejado pasar hoy, para que no se vuelva a repetir.
También tenga en cuenta el siguiente aforismo de Etspes: “Los ábacos intelectuales viven más felices que los computacionales porque sus tiempos de respuesta son diferentes”
Es decir, la tranquilidad, huir de la impulsividad, reaccionar con la suficiente lentitud, preferiblemente porque sea el resultado de un proceso de reflexión e introspección más que por una falta de capacitación, son valores que nos ayudarán a transformar la zozobra en serenidad y la amenaza de tormenta en la posibilidad de respirar aire limpio. El principio del final siempre será el comienzo.
Como dijera Soul Etspes: “La inteligencia se mide por el desapego a nuestro ego”.
La incertidumbre suele pesar demasiado en el alma humana. Por eso estoy convencido, al igual que la ciencia, de que la teoría de los 21 gramos es errónea. Absolutamente desacertada.
El principal objetivo de cualquier elemento vivo es la supervivencia, intrínsecamente unida a la procreación como medio de transmisión de los genes y proyección futura de garantía de continuidad de la especie. Venimos programados así. Luego si existe Dios nos creó inevitablemente egoístas y con un punto elevado de narcisismo. Para contrarrestar estos defectos de serie tenemos la cultura.
Desde el punto de vista de la biología parece evidente que el cerebro humano busca control y certeza como mecanismo biológico para garantizar la perpetuación. Es mejor emocional y energéticamente para él una “pésima noticia” que una incertidumbre prolongada que provocaría una continua reconfiguración de los esquemas neuronales con el consiguiente gasto calórico.
Lo desconocido mantiene al sistema nervioso en un estado de alerta constante. Este estado de hipervigilancia es metabólicamente carísimo. El cerebro funciona como una “máquina de predicción” cuyo objetivo principal es minimizar el error y maximizar la eficiencia energética. Por eso, por ejemplo, nos resulta muy fácil admitir que Trump es un loco en lugar de analizar quién le ha permitido, y cómo, llegar al poder, o qué intereses más allá de los puramente económicos hay tras sus decisiones. O pensar que el estado de paz y bienestar social del que disfrutamos los europeos se mantendrá eternamente sin querer examinar con precisión los síntomas de un debilitamiento endémico que está a punto de destruir el sistema.
La vida es imprevisible por definición. Y esto causa desasosiego de tarde en tarde, o continuamente si eres un hipocondriaco. Si partimos de esta premisa debemos, tenemos la obligación, de reorientar estas inquietudes para fomentar la creatividad y la flexibilidad, desarrollar la resiliencia y la capacidad de adaptación, e incluso lanzarnos apasionadamente a la acción. Y si no, siempre nos quedará la poesía. Y si ¡sí! ¡Ahí está la poesía! Incido en ello porque si pienso en algo que jamás podría producir miedo, provocar temor o resultar amenazante, eso es la poesía.
No se preocupe por lo que pueda acaecer mañana sino por las oportunidades que ha dejado pasar hoy, para que no se vuelva a repetir.
También tenga en cuenta el siguiente aforismo de Etspes: “Los ábacos intelectuales viven más felices que los computacionales porque sus tiempos de respuesta son diferentes”
Es decir, la tranquilidad, huir de la impulsividad, reaccionar con la suficiente lentitud, preferiblemente porque sea el resultado de un proceso de reflexión e introspección más que por una falta de capacitación, son valores que nos ayudarán a transformar la zozobra en serenidad y la amenaza de tormenta en la posibilidad de respirar aire limpio. El principio del final siempre será el comienzo.
Como dijera Soul Etspes: “La inteligencia se mide por el desapego a nuestro ego”.
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