"Julio Iglesias, cuando el poder huele a abuso sexual"
No es la denuncia lo que debería escandalizar.
Lo verdaderamente perturbador es la sorpresa fingida con la que una parte de la sociedad recibe las acusaciones cuando el señalado es un hombre poderoso, rico y admirado durante décadas.
Las denuncias por presunto acoso y agresión sexual contra Julio Iglesias no caen del cielo ni nacen en el vacío: emergen de una estructura social que durante demasiado tiempo ha normalizado el abuso cuando este se ejerce desde arriba.
Que las denunciantes sean mujeres que trabajaban para él no es un detalle menor.
Es, de hecho, el núcleo del problema.
El feminismo lleva años señalando que la violencia sexual no es solo un acto individual, sino una expresión extrema de desigualdad de poder.
Cuando una mujer depende económica, laboral y —según los relatos conocidos— incluso físicamente de su empleador, el consentimiento deja de ser una palabra neutra y se convierte en un terreno profundamente contaminado.
La masculinidad impune hecha icono.
Julio Iglesias no es solo un cantante: es un símbolo de una masculinidad celebrada durante décadas.
El seductor incansable, el hombre al que "todas desean", el genio al que se le perdona todo porque "así ha sido siempre".
Esa narrativa no es inocente.
Ha servido para justificar comportamientos abusivos, trivializar límites y silenciar a mujeres que, cuando hablaban, eran inmediatamente cuestionadas.
El problema no es únicamente lo que Iglesias haya hecho o no —eso deberá determinarlo la justicia—, sino lo que la sociedad ha estado dispuesta a tolerar cuando ese "todo" lo encarnaba una figura admirada.
El mensaje ha sido claro durante años: el prestigio protege, la fama blanquea y el dinero compra credibilidad.
La presunción de inocencia no es misoginia preventiva.
Reivindicarla por lo tanto, es imprescindible.
Usarla como arma para desacreditar a quienes denuncian, NO.
Cada vez que se responde a una acusación con un "¿por qué ahora?", "¿por qué no lo denunció antes?" o "quiere dinero", se está reproduciendo el mismo mecanismo que ha mantenido a tantas víctimas en silencio.
El feminismo no pide condenas sin juicio.
Exige algo mucho más básico y, paradójicamente, más revolucionario: que la palabra de las mujeres tenga valor, incluso —y especialmente— cuando incomoda, cuando señala a hombres poderosos, cuando obliga a revisar mitos nacionales y figuras intocables.
El foco debe estar donde siempre ha estado: el poder.
Reducir este caso a la reputación de Julio Iglesias es un error interesado.
El verdadero escándalo es que durante décadas los espacios privados de los poderosos hayan funcionado como territorios sin ley.
Que el trabajo doméstico y de cuidados —feminizado, racializado, precarizado e invisibilizado— siga siendo uno de los entornos más propicios para el abuso.
Las denuncias no cuestionan solo a un individuo, sino a un sistema que ha fallado sistemáticamente a las mujeres más vulnerables.
Un sistema que duda de ellas, las expone, las desacredita y las obliga a demostrar una y otra vez que su dolor es "suficiente" para ser creído.
Caer del pedestal no es una injusticia, es un ajuste de cuentas moral.
A nadie se le juzga por sus canciones.
Se le juzga por su comportamiento.
El arte no otorga patente de corso, ni el éxito convierte en intocable.
Si algo incomoda de este caso es que obliga a mirar de frente una verdad que el feminismo repite desde hace años: los abusos no siempre vienen de monstruos evidentes, sino de hombres respetados, admirados y protegidos por el sistema.
Escuchar a las denunciantes no destruye la cultura.
Lo que la destruye es el silencio cómplice.
Lo que la degrada es seguir enseñando que el talento masculino vale más que la dignidad femenina.
La justicia dirá la última palabra.
Pero la sociedad ya ha dicho demasiadas veces la misma: mirar hacia otro lado.
Y eso, hoy, ya no es una opción aceptable.
No es la denuncia lo que debería escandalizar.
Lo verdaderamente perturbador es la sorpresa fingida con la que una parte de la sociedad recibe las acusaciones cuando el señalado es un hombre poderoso, rico y admirado durante décadas.
Las denuncias por presunto acoso y agresión sexual contra Julio Iglesias no caen del cielo ni nacen en el vacío: emergen de una estructura social que durante demasiado tiempo ha normalizado el abuso cuando este se ejerce desde arriba.
Que las denunciantes sean mujeres que trabajaban para él no es un detalle menor.
Es, de hecho, el núcleo del problema.
El feminismo lleva años señalando que la violencia sexual no es solo un acto individual, sino una expresión extrema de desigualdad de poder.
Cuando una mujer depende económica, laboral y —según los relatos conocidos— incluso físicamente de su empleador, el consentimiento deja de ser una palabra neutra y se convierte en un terreno profundamente contaminado.
La masculinidad impune hecha icono.
Julio Iglesias no es solo un cantante: es un símbolo de una masculinidad celebrada durante décadas.
El seductor incansable, el hombre al que "todas desean", el genio al que se le perdona todo porque "así ha sido siempre".
Esa narrativa no es inocente.
Ha servido para justificar comportamientos abusivos, trivializar límites y silenciar a mujeres que, cuando hablaban, eran inmediatamente cuestionadas.
El problema no es únicamente lo que Iglesias haya hecho o no —eso deberá determinarlo la justicia—, sino lo que la sociedad ha estado dispuesta a tolerar cuando ese "todo" lo encarnaba una figura admirada.
El mensaje ha sido claro durante años: el prestigio protege, la fama blanquea y el dinero compra credibilidad.
La presunción de inocencia no es misoginia preventiva.
Reivindicarla por lo tanto, es imprescindible.
Usarla como arma para desacreditar a quienes denuncian, NO.
Cada vez que se responde a una acusación con un "¿por qué ahora?", "¿por qué no lo denunció antes?" o "quiere dinero", se está reproduciendo el mismo mecanismo que ha mantenido a tantas víctimas en silencio.
El feminismo no pide condenas sin juicio.
Exige algo mucho más básico y, paradójicamente, más revolucionario: que la palabra de las mujeres tenga valor, incluso —y especialmente— cuando incomoda, cuando señala a hombres poderosos, cuando obliga a revisar mitos nacionales y figuras intocables.
El foco debe estar donde siempre ha estado: el poder.
Reducir este caso a la reputación de Julio Iglesias es un error interesado.
El verdadero escándalo es que durante décadas los espacios privados de los poderosos hayan funcionado como territorios sin ley.
Que el trabajo doméstico y de cuidados —feminizado, racializado, precarizado e invisibilizado— siga siendo uno de los entornos más propicios para el abuso.
Las denuncias no cuestionan solo a un individuo, sino a un sistema que ha fallado sistemáticamente a las mujeres más vulnerables.
Un sistema que duda de ellas, las expone, las desacredita y las obliga a demostrar una y otra vez que su dolor es "suficiente" para ser creído.
Caer del pedestal no es una injusticia, es un ajuste de cuentas moral.
A nadie se le juzga por sus canciones.
Se le juzga por su comportamiento.
El arte no otorga patente de corso, ni el éxito convierte en intocable.
Si algo incomoda de este caso es que obliga a mirar de frente una verdad que el feminismo repite desde hace años: los abusos no siempre vienen de monstruos evidentes, sino de hombres respetados, admirados y protegidos por el sistema.
Escuchar a las denunciantes no destruye la cultura.
Lo que la destruye es el silencio cómplice.
Lo que la degrada es seguir enseñando que el talento masculino vale más que la dignidad femenina.
La justicia dirá la última palabra.
Pero la sociedad ya ha dicho demasiadas veces la misma: mirar hacia otro lado.
Y eso, hoy, ya no es una opción aceptable.
La opinión de Ceuta Ahora se refleja únicamente en sus editoriales. La libertad de expresión, la libertad en general, es una máxima de filosofía de este medio que puede compartir o no las opiniones de sus articulistas






















Normas de participación
Esta es la opinión de los lectores, no la de este medio.
Nos reservamos el derecho a eliminar los comentarios inapropiados.
La participación implica que ha leído y acepta las Normas de Participación y Política de Privacidad
Normas de Participación
Política de privacidad
Por seguridad guardamos tu IP
216.73.216.168