El Mundo
Anda el Mundo a vueltas consigo mismo. El Mundo anda mutando, desarrollando su propia naturaleza, que no es otra que la de seguir tirando para adelante a la voz de lo que sus pasajeros le indiquen.
Sus pasajeros… los que en él viajamos, los que pasamos por él hasta que lleguen otros, creyéndonos no sé qué cosas, y a saber qué se creerán aquellos que nos sucedan. Y, mientras, el Mundo a lo suyo, que es lo nuestro hasta que nos dejemos mutuamente en paz.
Anda el Mundo como loco, a tirones de unos y de otros, de allá para acá. Que si Venezuela, que si Gaza, que si Taiwán, que si Ucrania o las mil guerras en África, y así continuamos los del Mundo…
Estamos siendo testigos mudos a veces, víctimas casi siempre y, en ocasiones, autores activos de lo que pasa en el Mundo que conformamos y nos conforma en función de donde nos hallemos. Lo que hagamos será lo que dejemos y, por ello, la responsabilidad nos debería mover a un activismo más acentuado desde la posición mundana, de privilegio o no, que nos toque. Todo suma, dicen.
Los viejos imperios espabilan ansias ancestrales de expansión de sus fronteras, ora apelando a la autodefensa, ora reclamando titularidades territoriales históricas, ofreciendo a quien se asocie protección y prebendas, y a quien ose despreciar el ofrecimiento, represalias van y vienen en forma de amenazas, a veces económicas (los consabidos aranceles), otras veces de exposición a ser invadidos. Lo que vimos en tantas ocasiones en la historia, pero ahora a nivel planetario.
Hoy el aliado no es necesariamente el de al lado, las alianzas pueden ser intercontinentales. Ni el enemigo tampoco ha de ser indefectiblemente el vecino, el alcance del armamento (intercontinental como las alianzas) ya no conoce de límites, como la avaricia humana.
A usted y a mí nos dejaron, en algunos lugares, al menos nuestra más preciada herramienta: la democracia, para entretenernos y creer en la trascendentalidad de nuestras decisiones vía voto. En otros sitios, ni esa mínima distracción es posible. Mientras, continúan disponiendo de nuestra existencia en la resolución de todos esos conflictos destinados a la nueva redistribución de zonas y fronteras.
No lo duden, la pertinencia de todas esas decisiones nos será debidamente justificada. Otra cosa sea la credibilidad de la justificación. De nuevo, lo de siempre.
Por lo que a España concierne, ni la tesitura mundial se da en un buen momento para nuestra nación, ni el gobierno para afrontarla tampoco. Porque España, por mor de nuestro gobierno, se ha ido escorando hacia una situación cuasi irreversible de irrelevancia en las mesas de decisiones internacionales. Como país, somos los últimos (cuando lo somos), en ser llamados para requerir nuestro parecer sobre la resolución de turno. En tal circunstancia, sólo nos queda aguardar el destino que se nos provea.
El problema se agrava cuando, por parte de nuestros gobernantes, únicamente constatamos a diario su empeño en incidir y reincidir en su propia y recurrente ineptitud e inoperancia, las que nos mantienen anclados entre quienes se limitan a observar el futuro que, unos u otros, consideren otorgarnos.
El Mundo, entre tanto, prosigue, mutando.
Anda el Mundo a vueltas consigo mismo. El Mundo anda mutando, desarrollando su propia naturaleza, que no es otra que la de seguir tirando para adelante a la voz de lo que sus pasajeros le indiquen.
Sus pasajeros… los que en él viajamos, los que pasamos por él hasta que lleguen otros, creyéndonos no sé qué cosas, y a saber qué se creerán aquellos que nos sucedan. Y, mientras, el Mundo a lo suyo, que es lo nuestro hasta que nos dejemos mutuamente en paz.
Anda el Mundo como loco, a tirones de unos y de otros, de allá para acá. Que si Venezuela, que si Gaza, que si Taiwán, que si Ucrania o las mil guerras en África, y así continuamos los del Mundo…
Estamos siendo testigos mudos a veces, víctimas casi siempre y, en ocasiones, autores activos de lo que pasa en el Mundo que conformamos y nos conforma en función de donde nos hallemos. Lo que hagamos será lo que dejemos y, por ello, la responsabilidad nos debería mover a un activismo más acentuado desde la posición mundana, de privilegio o no, que nos toque. Todo suma, dicen.
Los viejos imperios espabilan ansias ancestrales de expansión de sus fronteras, ora apelando a la autodefensa, ora reclamando titularidades territoriales históricas, ofreciendo a quien se asocie protección y prebendas, y a quien ose despreciar el ofrecimiento, represalias van y vienen en forma de amenazas, a veces económicas (los consabidos aranceles), otras veces de exposición a ser invadidos. Lo que vimos en tantas ocasiones en la historia, pero ahora a nivel planetario.
Hoy el aliado no es necesariamente el de al lado, las alianzas pueden ser intercontinentales. Ni el enemigo tampoco ha de ser indefectiblemente el vecino, el alcance del armamento (intercontinental como las alianzas) ya no conoce de límites, como la avaricia humana.
A usted y a mí nos dejaron, en algunos lugares, al menos nuestra más preciada herramienta: la democracia, para entretenernos y creer en la trascendentalidad de nuestras decisiones vía voto. En otros sitios, ni esa mínima distracción es posible. Mientras, continúan disponiendo de nuestra existencia en la resolución de todos esos conflictos destinados a la nueva redistribución de zonas y fronteras.
No lo duden, la pertinencia de todas esas decisiones nos será debidamente justificada. Otra cosa sea la credibilidad de la justificación. De nuevo, lo de siempre.
Por lo que a España concierne, ni la tesitura mundial se da en un buen momento para nuestra nación, ni el gobierno para afrontarla tampoco. Porque España, por mor de nuestro gobierno, se ha ido escorando hacia una situación cuasi irreversible de irrelevancia en las mesas de decisiones internacionales. Como país, somos los últimos (cuando lo somos), en ser llamados para requerir nuestro parecer sobre la resolución de turno. En tal circunstancia, sólo nos queda aguardar el destino que se nos provea.
El problema se agrava cuando, por parte de nuestros gobernantes, únicamente constatamos a diario su empeño en incidir y reincidir en su propia y recurrente ineptitud e inoperancia, las que nos mantienen anclados entre quienes se limitan a observar el futuro que, unos u otros, consideren otorgarnos.
El Mundo, entre tanto, prosigue, mutando.
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