De Gaulle visita Orán (1958) Ceuta y el fantasma de los pieds-noirs: una advertencia que ya no es exageración
Durante años se repite el mismo estribillo: “Ceuta es un ejemplo de convivencia”, “las tensiones están controladas”, “la ciudad mantiene su equilibrio histórico”. Pero a estas alturas, insistir en ese mantra no es optimismo: es autoengaño. Ceuta está inmersa en un proceso que sus dirigentes llevan décadas disfrazando de normalidad, cuando en realidad es una transformación profunda que amenaza con borrar un modelo social entero.
No hace falta recurrir a alarmismos ficticios. Basta con observar lo que ocurre.
La población de origen peninsular —la que históricamente ha sostenido la estructura administrativa, económica y cultural de la ciudad— se reduce, envejece y se marcha. No hablamos ya de una tendencia: hablamos de una hemorragia demográfica que ni se reconoce ni se intenta frenar. Mientras tanto, el crecimiento de otros grupos avanza con fuerza, modificando de manera acelerada la composición social, electoral y simbólica de la ciudad.
Las autoridades lo saben. Y, sin embargo, no existe ni una sola política pública de largo alcance que aborde el desequilibrio, ni un plan estratégico que contemple cómo sostener un tejido social que pierde a sus pilares históricos. La pasividad no es casual: es el resultado de años de mirar hacia otro lado para evitar la incomodidad del debate.
En este contexto, la analogía con los pieds-noirs deja de ser una exageración para convertirse en un espejo incómodo. No porque Ceuta viva un proceso colonial o una guerra —no la vive—, sino porque una comunidad asentada desde hace generaciones percibe que su peso disminuye a un ritmo que la convierte en irrelevante en su propia tierra. La pregunta ya no es si este proceso puede revertirse; la pregunta es si alguien tiene intención de intentarlo.
De Gaulle se dirige a los Pies Noirs de Argel (1958)
Los paralelismos con Argelia son incómodos, sí. Pero lo verdaderamente perturbador es que cada año parecen un poco menos descabellados. La sustitución no llegaría a través de expulsiones ni violencia; llegaría, simplemente, porque miles de familias seguirán haciendo lo que ya hacen: marcharse. Despedirse de Ceuta en silencio, sin épica ni titulares, dejando atrás viviendas, comercios, barrios enteros que se vacían de aquello que fueron.
Y mientras tanto, las instituciones continúan celebrando una estabilidad ficticia que solo existe en sus discursos.
La realidad es otra: Ceuta avanza hacia un punto de no retorno, y quienes deberían liderar su defensa parecen resignados a administrar su transformación en lugar de debatirla, frenarla o gestionarla.
La ciudad no está abocada al colapso, pero sí está expuesta a algo igual de devastador: la desaparición progresiva de una comunidad que, cansada de resistir sin apoyo, simplemente se irá.
Y esa marcha silenciosa —esa rendición por desgaste— será el auténtico fracaso. Un fracaso político, institucional y moral que nadie querrá asumir cuando ya sea demasiado tarde.
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