Matriarcado versus Feminismo
Resulta sangrante el que, un segmento de mujeres de izquierdas, se haya apropiado de forma indebida de la palabra “feminismo” y hayan hecho de lo que fuera un fenómeno social en positivo (feminista madame Curie, feminista Hildegarda de Bingen, feminista Golda Meir, feminista Margaret Thatcher, feminista Agustina de Aragón, feminista Zoé Oldenbourg, feminista Eliette Abecassis, feminista Evita Perón) conformado por mujeres excelentes que sobresalieron por méritos propios y que nada tienen que ver con las individuas que se pasean con unas bragas en la cabeza, ni las que postulan una especie de maligna inquina al varón por el hecho de serlo, un esperpento. Eso no es feminismo sino menoscabo y una extraña y rencorosa hostilidad hacia el arquetipo femenino.
¿Un ejemplo de feminismo auténtico? Le preguntaron a Golda Meir, Primera Ministra de Israel: ¿Cómo se siente siendo Primera Ministra en un gobierno de hombres? Golda respondió “No lo sé, nunca he sido un hombre”.
¿Y me dicen que “esto” de ahora merece ser llamado “feminismo”? El feminismo nació excelente. Nunca rencoroso, mediocre, rabioso y amargado. Y ya abaratado el término en la casquería de los subvencionados chiringuitos “de género” que tanta hambre ha quitado a sus beneficiarias, la reacción es que se cae en el horror de la cursilería de frases tan manidas como “soy femenina y no feminista” o el invento entre acaramelado y belicoso del “feminismo liberal” de Ciudadanos, acepción oportunista digna de dar nombre a una de las siniestras y retorcidas oenegés del turbio globalista Soros.
Entonces me preguntarán cómo palpo, desde mi insignificancia, el “hecho femenino” en el pujante fenómeno VOX, llamado a convertirse en el perejil de todas las salsas que se cocinen en nuestra Iberia Vieja. Y diré que lo percibo en las mujeres que he conocido y que voy conociendo como un claro rechazo a la siniestra y simiesca “ideología de género” y una clara apuesta hacia la dignidad y categoría del auténtico Matriarcado. Nos sentimos (y es cuestión de piel, adobada con la raigambre del ADN parido en Atapuerca) nos consideramos en clave ancestral y esotérica como esa “mano que mueve la cuna, que es la mano que mueve al mundo”. Nada que ver con conductas histriónicas. Distanciadas por un Universo de las tiparracas de Femen que son una vergüenza para todas las mujeres y de aquellas que llevan su “sincero” radicalismo a enseñar el culo frente a las iglesias, escenifican sangrientos abortos o llevan su “sana rebeldía” a atentar contra los sentimientos religiosos de los cristianos. Porque lo saben sin consecuencias pese a la existencia de leyes, por ahora, más tarde no.
Para mí el Matriarcado que ejercemos es de otra leche, de otras luces y sombras, defendemos sin paliativos, sin fisuras, a las mujeres iraníes que, agobiadas y angustiadas por imposiciones medievales, defienden el derecho a quitarse el pañuelo y hacerse selfies a cara y cabeza descubiertas y acaban por ello en prisión. Es a esas, a las víctimas, a quienes estamos llamadas a apoyar a ellas y a todas las mujeres de los regímenes teocráticos y absolutistas que nacen con sus libertades cercenadas de raíz y que son cruelmente perseguidas. Somos matriarcas. Auténticas. Sin que quepa la hipocresía miedosa y babosa de la izquierda “de género” doméstica. Fieras cerriles ante las azafatas de Formula 1 por “sexistas”, pero no por “sexismo” sino por rencorosa envidia y los traumas arrastrados por la ausencia absoluta de atractivo. Hostiles a la belleza y a sus manifestaciones, pero calladas y despistadas ante lapidaciones, Sharia, matrimonios con niñas o ablación del clítoris. Les reto a que me informen de una sola marcha feminista presidida por las “de género” con sus tristes banderas moradas y su agresividad ante la Embajada de un solo país donde los derechos de las mujeres son abatidos a pedradas. No existen antecedentes. En eso ha derivado el “feminismo” en cobardía y pavor ante el auténtico peligro.
Tienen miedo a la oscuridad. Acusar de “sexismo” en una pasarela iluminada donde las misses enseñan la cacha porque son libres de hacerlo y además les da la gana y les apetece, recortar las libertades de las proclives a enseñar el canalillo en plan “lo que se comen los gusanos que lo aprovechen los cristianos” eso es muy fácil. Carece de riesgos. Pontificar en Occidente no tiene mérito. El mérito es atender a las mujeres yemeníes, torturadas y violadas hasta la muerte por el Daesh de los cojones, apoyar con toda el alma, como yo apoyo a las niñas de Tzahal ,las Fuerzas de Defensa de Israel, el mejor y más valiente ejército del mundo, donde todas las adolescentes de dieciocho años se convierten por ley en soldados durante tres años para defender a Eretz Israel, su patria. Entran niñas y salen mujeres. Pero no hay alabanzas en la tibia y cobardica UE para ellas. Los aplausos son para quienes logran un escaño en cualquier parlamento o institución y lo hacen alardeando de ir con pañuelo en Occidente, presumiendo de una especie de “hecho diferencial” cuando las mujeres de Irán acaban en una mazmorra por tratar de liberarse de ese mismo “hecho diferencial”. Miedo, tibieza, hipocresía :los cojones se demuestran en una calle de Teheran luciendo mechas y en pantalón corto. Eso es reivindicar. Lo otro puro show pamplinero y estéticamente deleznable.
Matriarcado contra Feminismo no existe comparación. No puede existir. Y lo más importante, nosotras defendemos la dignidad auténtica de la mujer y nunca nos han subvencionado por ello. No nos van los avíos del puchero ni el pago de las letras del coche en manifestar nuestra excelencia, lo hacemos gratis, nunca vamos a mamar de la inquina ni de “la denuncia”. Nos importa un carajo el “sexismo” y lo “políticamente correcto” que es otra forma insidiosa de dictadura, allá cada cual con sus libertades y que las administre como quiera. Moral siempre. Moralina vocinglera jamás.
No nos vayan a comparar: nosotras somos Matriarcas, las otras Feministas.
Resulta sangrante el que, un segmento de mujeres de izquierdas, se haya apropiado de forma indebida de la palabra “feminismo” y hayan hecho de lo que fuera un fenómeno social en positivo (feminista madame Curie, feminista Hildegarda de Bingen, feminista Golda Meir, feminista Margaret Thatcher, feminista Agustina de Aragón, feminista Zoé Oldenbourg, feminista Eliette Abecassis, feminista Evita Perón) conformado por mujeres excelentes que sobresalieron por méritos propios y que nada tienen que ver con las individuas que se pasean con unas bragas en la cabeza, ni las que postulan una especie de maligna inquina al varón por el hecho de serlo, un esperpento. Eso no es feminismo sino menoscabo y una extraña y rencorosa hostilidad hacia el arquetipo femenino.
¿Un ejemplo de feminismo auténtico? Le preguntaron a Golda Meir, Primera Ministra de Israel: ¿Cómo se siente siendo Primera Ministra en un gobierno de hombres? Golda respondió “No lo sé, nunca he sido un hombre”.
¿Y me dicen que “esto” de ahora merece ser llamado “feminismo”? El feminismo nació excelente. Nunca rencoroso, mediocre, rabioso y amargado. Y ya abaratado el término en la casquería de los subvencionados chiringuitos “de género” que tanta hambre ha quitado a sus beneficiarias, la reacción es que se cae en el horror de la cursilería de frases tan manidas como “soy femenina y no feminista” o el invento entre acaramelado y belicoso del “feminismo liberal” de Ciudadanos, acepción oportunista digna de dar nombre a una de las siniestras y retorcidas oenegés del turbio globalista Soros.
Entonces me preguntarán cómo palpo, desde mi insignificancia, el “hecho femenino” en el pujante fenómeno VOX, llamado a convertirse en el perejil de todas las salsas que se cocinen en nuestra Iberia Vieja. Y diré que lo percibo en las mujeres que he conocido y que voy conociendo como un claro rechazo a la siniestra y simiesca “ideología de género” y una clara apuesta hacia la dignidad y categoría del auténtico Matriarcado. Nos sentimos (y es cuestión de piel, adobada con la raigambre del ADN parido en Atapuerca) nos consideramos en clave ancestral y esotérica como esa “mano que mueve la cuna, que es la mano que mueve al mundo”. Nada que ver con conductas histriónicas. Distanciadas por un Universo de las tiparracas de Femen que son una vergüenza para todas las mujeres y de aquellas que llevan su “sincero” radicalismo a enseñar el culo frente a las iglesias, escenifican sangrientos abortos o llevan su “sana rebeldía” a atentar contra los sentimientos religiosos de los cristianos. Porque lo saben sin consecuencias pese a la existencia de leyes, por ahora, más tarde no.
Para mí el Matriarcado que ejercemos es de otra leche, de otras luces y sombras, defendemos sin paliativos, sin fisuras, a las mujeres iraníes que, agobiadas y angustiadas por imposiciones medievales, defienden el derecho a quitarse el pañuelo y hacerse selfies a cara y cabeza descubiertas y acaban por ello en prisión. Es a esas, a las víctimas, a quienes estamos llamadas a apoyar a ellas y a todas las mujeres de los regímenes teocráticos y absolutistas que nacen con sus libertades cercenadas de raíz y que son cruelmente perseguidas. Somos matriarcas. Auténticas. Sin que quepa la hipocresía miedosa y babosa de la izquierda “de género” doméstica. Fieras cerriles ante las azafatas de Formula 1 por “sexistas”, pero no por “sexismo” sino por rencorosa envidia y los traumas arrastrados por la ausencia absoluta de atractivo. Hostiles a la belleza y a sus manifestaciones, pero calladas y despistadas ante lapidaciones, Sharia, matrimonios con niñas o ablación del clítoris. Les reto a que me informen de una sola marcha feminista presidida por las “de género” con sus tristes banderas moradas y su agresividad ante la Embajada de un solo país donde los derechos de las mujeres son abatidos a pedradas. No existen antecedentes. En eso ha derivado el “feminismo” en cobardía y pavor ante el auténtico peligro.
Tienen miedo a la oscuridad. Acusar de “sexismo” en una pasarela iluminada donde las misses enseñan la cacha porque son libres de hacerlo y además les da la gana y les apetece, recortar las libertades de las proclives a enseñar el canalillo en plan “lo que se comen los gusanos que lo aprovechen los cristianos” eso es muy fácil. Carece de riesgos. Pontificar en Occidente no tiene mérito. El mérito es atender a las mujeres yemeníes, torturadas y violadas hasta la muerte por el Daesh de los cojones, apoyar con toda el alma, como yo apoyo a las niñas de Tzahal ,las Fuerzas de Defensa de Israel, el mejor y más valiente ejército del mundo, donde todas las adolescentes de dieciocho años se convierten por ley en soldados durante tres años para defender a Eretz Israel, su patria. Entran niñas y salen mujeres. Pero no hay alabanzas en la tibia y cobardica UE para ellas. Los aplausos son para quienes logran un escaño en cualquier parlamento o institución y lo hacen alardeando de ir con pañuelo en Occidente, presumiendo de una especie de “hecho diferencial” cuando las mujeres de Irán acaban en una mazmorra por tratar de liberarse de ese mismo “hecho diferencial”. Miedo, tibieza, hipocresía :los cojones se demuestran en una calle de Teheran luciendo mechas y en pantalón corto. Eso es reivindicar. Lo otro puro show pamplinero y estéticamente deleznable.
Matriarcado contra Feminismo no existe comparación. No puede existir. Y lo más importante, nosotras defendemos la dignidad auténtica de la mujer y nunca nos han subvencionado por ello. No nos van los avíos del puchero ni el pago de las letras del coche en manifestar nuestra excelencia, lo hacemos gratis, nunca vamos a mamar de la inquina ni de “la denuncia”. Nos importa un carajo el “sexismo” y lo “políticamente correcto” que es otra forma insidiosa de dictadura, allá cada cual con sus libertades y que las administre como quiera. Moral siempre. Moralina vocinglera jamás.
No nos vayan a comparar: nosotras somos Matriarcas, las otras Feministas.
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