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Víctor Sánchez del Real
Domingo, 24 de Febrero de 2019

Cuando en tu propia casa parece que estás en tierras lejanas

Ayer me paró en una plaza de Madrid un soldado español. Sargento. Un tipo de póster. Alto, guapo, en forma. Amable y sencillo. No daré datos de su unidad. Pero me dejó con el corazón encogido y el alma llena. Encogido por lo que me contó de falta de medios y ordenes cobardes.
 
 
Me contó -a ejemplo de nuestro “ejército pobre” pero valiente- cómo los soldados españoles tenían que pedirle a otras naciones en la misión un sencillo cable LAN para un ordenador, porque no se lo pagan. Y cómo los nórdicos veían ridiculo que eso pasará a nuestras tropas.
 
 
Me imaginaba a este soldado, tan alto como yo. Con un brazo dos veces el mío, con nuestra bandera allí pegada, justo donde se remangan los valientes, aguantando esa situación humillante.
 
 
Me lo contaba con una tranquilidad, con una entereza , de quien en pocas frases me daba los nombres de ciudades y grupos asssinos que nosotros sólo vemos en las noticias. Llenos de riesgo, dolor y muerte. Y donde él vive cada día.
 
 
Corazón encogido de cómo lograban llegar hasta donde estaban los malos, pero las órdenes cobardes no les dejaban acabar con el Mal... aún estando ya mirando a sus ojos. Listos para una misión que nunca llega.
 
 
Me contó con orgullo - compartido, como es lógico por mi- que el más humilde de nuestros soldados es capaz de estar al mismo nivel que cualquier SEAL o sigla de película. Pero material, recursos y órdenes les paran. Pero ellos pueden y están.
 
 
Se me quedó el corazón encogido de conocer a un valiente que dentro de unos días vuelve a las tierras pardas a llevar con orgullo y honor nuestra bandera. Estaba con su mujer. Me habló de su hijo. Con esa mirada limpia de quien sabe puede que no vuelva un día. Y esa paz. Esa paz.
 
 
O como le dije yo, que cuando vuelven no se les hacen los reconocimientos adecuados. Siempre por la puerta de atrás. Cuando deberían volver por la puerta grande de los aeropuertos. Con su uniforme. Y con nuestro aplauso.
Aplauso y reconocimiento que creo se merecen en cuanto acto público se produzca. Como hacen con normalidad los países serios. Y valientes. Como él y sus compañeros.
 
 
Y me dejó el corazón encogido, pero el alma llena. Porque a cada palabra, a cada frase, yo iba teniendo el orgullo de reconocer, no solo a un héroe, sino también a uno de nosotros. La mejor representación de la entrega y los males de este país.
 
 
Y me llenó el alma que un tipo en la treintena, con idiomas, experiencia internacional, tuviera un segundo para acercarse a mi y contármelo, solo porque me conoce “por defendernos”.
 
 
No solo te juro, Sargento valiente, que os voy a defender. Allí donde vaya. Porque os llevo en el corazón y en el alma. Te voy a defender. A ti y tus compañeros. Porque lo merecéis. Porque sois nosotros. Lo mejor de nosotros. Nuestro mejor “nosotros”.
 
 
Ojalá yo hubiera llevado ayer el mimeta y mi teresiana de otros tiempos, para haberme cuadrado con fuerza y haberte podido decir. A tus órdenes MI SARGENTO. Porque con héroes como tú yo me alisto a lo que sea. Y sin uniforme, estoy siempre contigo. En esas tierras lejanas.
 
 
Y en esta tierra que no debe trataros “de lejos” sino con el corazón... y el alma

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